jueves, 3 de agosto de 2017

¿QUÉ HACEMOS CON ROMANOS 13 Y NICOLÁS MADURO?



Todos deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él.  Por lo tanto, todo el que se opone a la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido. Los que así proceden recibirán castigo.  Porque los gobernantes no están para infundir terror a los que hacen lo bueno, sino a los que hacen lo malo. ¿Quieres librarte del miedo a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás su aprobación, pues está al servicio de Dios para tu bien. Pero, si haces lo malo, entonces debes tener miedo. No en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para impartir justicia y castigar al malhechor.
(Romanos 13:1-3)
Quien escribe estas líneas es el apóstol Pablo. Con mucha frecuencia se citan según la conveniencia y el gusto personal. Normalmente las escucho de labios de personas que están de acuerdo con el gobierno de turno, mientras que los detractores las evaden sutilmente y tocan otros textos bíblicos. El problema es que las palabras están ahí, más allá de nuestros caprichos momentáneos, para referirse a todos los gobiernos, de derecha o de izquierda…incluso cuando el presidente es Nicolás Maduro.
¿Qué hacemos con eso?
¿Cómo entender este texto en medio de una vorágine política, social, económica y humanitaria como la que atraviesa la querida Venezuela?
Cada palabra debe ser vista dentro del marco amplio que le otorga la realidad. El apóstol escribe estas palabras cuando el Imperio Romano en la figura del César era quien estaba al mando de la mayor parte del mundo conocido. Era un emperador que llegaba al poder sin mediar elecciones ni ningún tipo de democracia, con tales ínfulas de grandeza que desde Augusto se concebía a sí mismo como dios en la tierra. El término “señor” era exclusivo para él. Ninguna rodilla en el mundo podía negarse a doblegarse ante su nombre o, de lo contrario, probaría la muerte.
Pablo fue uno de los líderes de un movimiento contracultural conocido como cristianismo. Él, como maestro, enseñó a todas las congregaciones y dejó escrito en sus cartas que Jesús, no el César, era el Señor. No se nos debe hacer extraño que una gran parte de su ministerio lo ejerció desde la cárcel y, eventualmente, fue decapitado por los romanos.
Sus prácticas eran abiertamente rebeldes.
César ordenaba que sólo se le adorara a él, pero Pablo se negó a ello.
A la luz de la experiencia de este hombre debemos hacernos una pregunta sumamente importante: ¿por qué escribe estas palabras? ¿Cómo es que nos dice que nos sometamos a las autoridades en la misma carta donde da una declaración tan revolucionaria como que Cristo es el Señor? ¿Será que este cuadro más amplio nos provee una forma adicional para entenderlo? Creo que sí.
El concepto clave es soberanía. Cuando hablamos de esa palabra para referirnos a Dios podemos confundirnos respecto a su valor. Comúnmente usamos la frase “Dios es soberano” al enfrentarnos con resignación a situaciones que están fuera de nuestro control, con la idea que Dios tiene el guion de la historia, lo escribió, y nosotros sencillamente tenemos que aprendernos a rendirnos a ello. Si bien es cierto que esta concepción tiene un grado de verdad, me parece que nos impide ver la soberanía desde un punto de vista que nos ayuda a comprender mejor esta enseñanza.
La soberanía significa que Dios es el poder absoluto. Por encima de él no hay nadie. El trono del Universo ya está ocupado y en ese lugar nunca ha estado ni estará ningún ser humano. Ni César, ni Trump, ni Putin, ni Santos, ni Maduro. Por más poder que pueda tener algún presidente, siempre será un poder relativo. Él no es Dios. Su autoridad se mide en tanto que hace las cosas bien, según los parámetros divinos. Un gobernante está en su lugar para hacer lo bueno, es un servidor que está bajo autoridad para rendir cuentas delante del verdadero Rey.
Así que, si un gobernador no hace el bien y pervierte la bondad, ¿es autoridad?
Creo que por esa razón es que Pablo escribió estas palabras pero también fue perseguido por el Imperio Romano. Respetó la autoridad y se sometió a ella, al mismo tiempo que entendía que hay Alguien soberano que está por encima de todos los poderes. Por eso cuando las autoridades le invitaron a negar al Soberano, se negó. Hasta las últimas consecuencias. Porque César podía ser la autoridad pública, pero no era el Señor de la historia, el único que es verdaderamente digno de que las rodillas se doblen ante él.
La resistencia frente a una autoridad malvada es una vocación divina.
La rebelión frente al mal es sometimiento al bien.
Así se honra porque les recordamos que son humanos, no dioses.
Esa es una forma amorosa de actuar.
Levantar la voz frente a un gobierno corrupto, que pisotea a los necesitados y que acomoda la ley a su antojo es un ejercicio de santidad. Cuando se quiere rescatar la humanidad perdida, estamos uniendo nuestro clamor al incesante recordatorio de que fuimos creados para algo más. Estamos evocando el hecho de que el Dios de todo no es el dictador de turno.
¡Que el Soberano del Universo bendiga la valiente resistencia de un pueblo que anhela ver un gobierno que es fiel a lo que Dios ha instituido!
¡Que Venezuela pueda gozar de una autoridad que hace el bien!


©MiguelPulido

1 comentario:

Carlos Esteban Cuervo dijo...

Miguel, gracias por tus reflexiones siempre oportunas. Este es un tema bastante complejo y en principio estoy de acuerdo con tu tesis central, y es que debemos obedecer a las autoridades hasta que ellas nos pidan algo que va en contra de lo que Dios ordena. Pero hay otra dimensión que me parece importante abordar y es como nos oponemos a la autoridad y creo que siguiendo a nuestro fundador nuestra resistencia o rebeldía a la autoridad debe ser firme, sin ceder un pelo en nuestras convicciones, pero pacífica y sacrificial, o sea dispuesta a ,morir por ellas y no a matar.