jueves, 8 de junio de 2017

¿A TI, QUÉ?



"Cada vez que pensemos que nuestra vida religiosa nos está haciendo sentir que somos buenos—y sobre todo que somos mejores que los demás—creo que podemos estar seguros que es el diablo, y no Dios, quien está obrando en nosotros".
C.S. Lewis

La escena es conocida. Descrita en el epílogo del Evangelio de Juan, nos muestra la conversación que Jesús tiene con Pedro después de la resurrección. La restauración baña este encuentro en el que este discípulo se le recuerda el valor, la profundidad y la simpleza de su llamado en una sola palabra que sale de los labios de su Maestro: ¡Sígueme!
Todavía con la resaca de este encuentro con la gracia, Pedro mira a su alrededor para darse cuenta que hay más discípulos con él. Específicamente, fija sus ojos en Juan. Ese jovencito cercano al corazón de Jesús le genera curiosidad. Ya Pedro tenía claro su llamado y la ruta a seguir, pero decide preguntarle a Jesús por lo que pasaría con Juan.
La respuesta de Jesús fue esta:
“Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme”[1].

Tal como lo lees. Jesús—la encarnación de la gracia, de la compasión, de la bondad, de la misericordia, de la ternura, aquel que tenía una personalidad magnética para los más necesitados—básicamente le dijo a su discípulo “¿a ti qué te importa?”.
¿No es esta una escena fantástica?
Porque refleja la fuerte tendencia humana de vivir una espiritualidad comparativa. Estamos frente a la constante tentación de andar mirando el jardín del vecino, bien sea para sentirnos superiores a los otros o para ser convenientemente condescendientes con nuestros fracasos. Sin embargo, el cristianismo no ve en la comparación ninguna virtud, sino un hábito que necesita ser exterminado del alma. Por eso es que juzgar o condenar a otros no es el papel de ningún seguidor de Cristo. Señalar a los demás no está ni remotamente cerca dentro de las responsabilidades de ser discípulos.
De la vida que somos responsables es la nuestra.
No somos dueños del peregrinaje de nadie más.
La razón por la que nos molesta tanto que los seguidores de Cristo inviertan tiempo en juzgar, condenar o señalar el camino de otros (cristianos o no) es que ese comportamiento es contrario a la vocación sagrada que recibieron de su Maestro. Seguir a Jesús ya es lo suficientemente complejo y hermoso, doloroso y revitalizante, confuso y certero, que no necesitamos invertir nuestras energías en andar pendientes de lo que hacen o no hacen los demás. Juzgar es una manera sutil de desperdiciar la fuerza. Condenar es un comportamiento contrario al carácter de Cristo. Señalar es un verbo que no debiera aparecer en el comportamiento cristiano.
La misericordia y la gracia crecen en nuestro corazón cuando genuinamente recorremos el camino que nos corresponde, porque descubrimos que hay momentos de dolor, de dificultad, de dudas, que somos seres falibles, limitados y pecadores. ¿Quién podría enorgullecerse cuando es consciente de lo mucho que ha fracasado y de lo mucho que se le ha perdonado? Un discípulo de Cristo está preocupado por seguir a su Maestro, y eso abre su corazón a ser más como él es.
Mi conclusión es que quizás la tendencia a juzgar y condenar a otros sea un mecanismo de defensa frente al dolor que significa lidiar con nuestra propia basura. Hay tantas cosas por modificar en nuestra vida—y eso implica sufrimiento—que preferimos liberar los cargos de consciencia al compararnos selectivamente con los demás. Es fácil juzgar a otros sólo porque pecan distinto a ti. Ocultamos nuestro rostro detrás de la careta de juez.
Nos hace bien recordar que cuando sentimos el impulso de compararnos, Jesús sigue diciendo “¿a ti, qué?”.
El trono del Juez ya está ocupado…
Y no somos nosotros los que estamos en él.

©MiguelPulido



[1] Juan 21:22

1 comentario:

jose miguel dijo...

Gracias Migue,
excelente, ahora se amplía mucho más la frase de Lewis.

Saludos