viernes, 21 de abril de 2017

MÁS QUE SU PASTOR, FUI SU ESTUDIANTE


La Semana Santa trajo consigo un reto interesante en mi caminar ministerial: organizamos un viaje misionero a la costa caribe colombiana, para servir con una iglesia amiga en comunidades necesitadas. Quince personas decidimos asumir y embarcarnos en este desafío.
La expectativa y la prevención frente a lo desconocido puede generar una tensión difícil de superar. Hay personas que llegan a enfermarse o se desgastan en conflictos interpersonales en situaciones así. Sin embargo, cuando te encuentras con rostros cálidos y una acogida sinceramente amable, como la que tuvimos, se abona el terreno para emprender el trabajo con todo el aliento. Parecía como si los jóvenes que nos recibieron en sus hogares nos conocieran de toda la vida. Eran nuestros hermanos, sólo que nos habíamos tardado en conocerlos.
Porque, aunque no nos corra el mismo tipo de sangre por las venas, nos une la misma sangre que corrió en la cruz por nosotros.
La familia es un regalo más grande que la información genética.
Estos vínculos de amistad hicieron que el trabajo fuera natural y efectivo. Los chicos que pastoreo tenían su deseo de aprender a flor de piel; estaban dispuestos a hacer todo lo posible por llevar esperanza a contextos hostiles. Pintaron postes, cavaron zanjas para colocar llantas, dibujaron murales, cantaron canciones, hicieron coreografías (unos mejor que otros, por supuesto), contaron sus historias, oraron por las personas, aprendieron y enseñaron actividades lúdicas, jugaron con niños…pequeños granos de arena en la construcción de un mundo diferente.
Basta con mirar las noticias o pasearte por los barrios marginales o sencillamente mirar a tu alrededor, para darte cuenta que el mundo parece estarse desmoronando. No sé si te ocurre como a mí, pero nunca antes había vivido en medio de un clima político y social tan tenso. Estamos al borde de una cantidad de guerras civiles en varios países y de un conflicto internacional de proporciones inimaginables. Así que uno podría preguntar, ¿de qué vale pintar los postes de una cancha de fútbol y poner unas llantas de colores para que la delimiten en un rincón olvidado de Colombia?
¿Cómo es que actos tan pequeños se pueden comparar con las grandes crisis mundiales?
¿Realmente sirve de algo?
El último día que estuvimos en la restauración del parque que les menciono, la profesora me dijo que no alcanzábamos a imaginarnos lo significativo que fue para ellos esa obra. Ahora los niños podrían jugar en un lugar seguro, bonito, arreglado. Al ver a todos estos jóvenes desconocidos trabajar por su bienestar, la comunidad entera se inspiró, tomó una nueva bocanada de aire y vio que la sonrisa de un niño puede ser la mejor de las recompensas. Un pequeño que se divierte es feliz.
A veces, queremos cambiar el mundo. Pero, reconozcámoslo, es imposible. Estos jóvenes, aun así, me enseñaron que no debo frustrarme por ello. Porque el valor de la vida no está en cambiar a todo el mundo, sino en transformarle el mundo si quiera a una persona.
Eso puede ser todo lo que se necesita.
Cada vida es importante, cada sonrisa es valiosa, cada ser humano es único, por lo tanto, todo acto de bondad puede trastornar la trayectoria que sigue nuestra sociedad. Nunca sabremos los alcances eternos que pueda tener un simple brochazo de pintura. Quizás algún niño preferirá jugar unos minutos más en esa cancha arreglada que perder su tiempo en los brazos del vicio, y eso hará una diferencia. En su mundo y en el de otros.
Tanto los jóvenes que pastoreo como los que nos recibieron en Barranquilla fueron mis maestros.
Me siento orgulloso de haber sido su estudiante.


 ©MiguelPulido

1 comentario:

Martha Noguera dijo...

Excelente Miguel. Muy cierto todo lo que expresas en este artìculo. La vida de una persona es muy valiosa para Dios y si podemos hacer algo bueno por ella, estaremos contribuyendo con su obra.