miércoles, 8 de marzo de 2017

SOMETIMIENTO: UNA PALABRA A FAVOR DE LA IGUALDAD


Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor
(Efesios 5:22, NVI)
Oigo los refunfuños de desaprobación. Veo las cejas levantadas, reclamando una defensa pronta de esta perspectiva. Algunos están tecleando una respuesta frente a un concepto tan retrógrado, tóxico y dañino como el sometimiento… citado precisamente el día de la mujer.
Denme un momento.
Esta carta de Pablo fue escrita en griego, no español. Es decir, lo que tenemos arriba es una traducción, que en este caso es inadecuada. El original dice esto:
Mujeres, a sus maridos como al Señor.
¿Notan que falta algo?
¡No hay ningún verbo!
Se puede prescindir de un verbo, siempre y cuando esté aclarado anteriormente. El versículo 21 de Efesios 5 dice esto:
Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo.
El verbo es someter. Por eso la mayoría de versiones en español lo agregan en el versículo 22, pero dando la sensación que se está hablando específica y únicamente a las mujeres. Sin embargo, en el original encontramos la idea de “unos a otros”. No se refiere solamente a las mujeres, ¡sino a todos! Tanto hombres como mujeres somos convocados al sometimiento.
Es un error gigantesco desligar el versículo 22 del 21, porque hace suponer que el sometimiento es una cuestión de imposición y de debilidad. Pero el sometimiento no es un mandato de género, es una invitación a una elección del alma. El otro, sin importar su género, raza, posición social o procedencia, es alguien digno de respeto, estima y valor. La palabra original es upotasso, que significa “ponerse por debajo”. Somos llamados a ponernos debajo de los demás, a servirles, a manifestarles la dignidad que tienen con nuestras acciones. Tal y como Jesús lo hizo...
Él, Dios Creador del Universo, se puso a nuestro servicio. En la última cena con sus discípulos, les lavó los pies. A cada uno. Pies polvorientos y malolientes fueron limpiados por el Señor de la Creación. Ese era el trabajo de un esclavo, no un rey. Los discípulos tenían que haberle lavado los pies a su Maestro, no al contrario. Pero fue en ese acto voluntario de sometimiento que Jesús demostró lo valiosos y dignos que eran sus discípulos para él.
Toda persona es digna de respeto.
La cruz, manifestación suprema del sometimiento de Cristo a la humanidad, recuerda que Dios valora a todo ser humano. Jesús no murió por un género, murió por cada persona, tanto hombres como mujeres.
Eres alguien por el que vale la pena morir.
Mujer, vale la pena dar la vida por ti.
Sé que el concepto de sometimiento ha sido usado malintencionadamente, pero hoy quisiera rescatar un poco de su belleza. La persona que tiene la capacidad de ponerse debajo de otro voluntariamente, en realidad es la más fuerte, la más valiente, la más libre. Porque tiene tal seguridad de su dignidad que es capaz de otorgarla a otros por medio de acciones concretas de amor. El sometimiento no se impone, se escoge.
Las relaciones que más nos inspiran son aquellas que están basadas en el sometimiento mutuo. Uno al otro se sirven voluntariamente, sin restricciones, sin reclamos, sin cuentas pendientes. Lo hacen por amor. Y están seguros, porque saben que pueden confiar en el otro. Su sometimiento no es un motivo de resentimiento, sino de gozo recíproco. Se respetan, se aman, generan un círculo de cuidado equitativo que no les hace pensar quién gana o quién pierde. En donde hay verdadero sometimiento no importa quién está en control de quién, porque el control ni siquiera importa.
Por eso el sometimiento es una palabra a favor de la igualdad.


©MiguelPulido

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