jueves, 30 de marzo de 2017

LIQUIDACIÓN TOTAL



El sector estaba lleno de personas, abarrotado de locales e inundado de movimiento. A puertas de un fin de semana de quincena, muchos usaban su dinero frenéticamente. Los comercios vendían una gama diversa de productos, y casi todos tenían clientes adentro.
Excepto uno.
A pesar de estar en plena tarde, ese local tenía las luces apagadas, los estantes prácticamente vacíos y unos pocos productos (lámparas, candelabros, jarrones y otros elementos decorativos) esparcidos por el suelo. Al fondo estaba una mujer de rostro serio, triste, desanimo, en medio de la penumbra, acomodada en una poltrona de plástico, esperando a que apareciera algún cliente. Un afiche impreso en un pliego de papel anunciaba lo que hacía evidente el escenario: “Liquidación Total”.
Estaban vendiéndolo todo…todo lo que quedaba. Ya no iban a seguir adelante. Tan pronto como se vendiera el último de los productos, ese negocio no seguiría trabajando (al menos en ese lugar). Liquidación total son dos palabras que sentencian lapidariamente que una empresa no funcionó.
El problema no era el comercio.
Más bien, pensé en las personas.
Quienes habían comenzado ese negocio, seguramente lo hicieron optimistas, animados, ilusionados de escribir un mejor mañana. Seguramente emprendieron el riesgo que implica una aventura de esta naturaleza con el propósito de obtener dinero, generar ingresos y ganarle una batalla más a la implacable vorágine económica en la que estamos metidos. Nadie se involucra en un proyecto con la intención de fallar. No planeamos equivocarnos ni agendamos la fecha en la que los proyectos finalizarán para no volver a levantarse. Ese local era el testimonio de sueños rotos y expectativas destruidas.
A veces, el fracaso ocurre.
Hay sueños que se van para no regresar.
Sin embargo, lo que más me impresionó de esa escena es que justo debajo del “Liquidación Total” había un “Bienvenidos” encerrado en signos de admiración y con colores vivos. ¡¿En serio?! ¿De verdad estaban dispuestos a invitar a las personas al testimonio de su desgracia alegremente? ¿Por qué ponían letras festivas en un escenario tan oscuro?
Me pareció una fotografía de la hipocresía humana. Podemos estar pasando por los momentos más sombríos de nuestra existencia, pero sentimos la necesidad y el impulso irresistible de seguir manteniendo una sonrisa, de presentar una buena cara, de sostener la apariencia de que todo está bien, como si fuéramos inmunes al dolor que produce el fracaso. Muchos crecieron con la idea que llorar menoscaba su identidad como hombre o como mujer. Tenemos la tendencia a mostrarnos fuertes, aun cuando por dentro estamos completamente destruidos, pulverizados, sobrepasados por la vida.
Una noche antes de morir, la inminencia de la muerte abrumó a Jesús. Mientras el infierno hacía una tosca mueca de triunfo, acariciándose las manos ante el salvaje espectáculo que se daría en el Calvario al siguiente día, la angustia lo estremeció a tal punto que sudó sangre. Sin embargo, no puso una buena cara, no mostró fuerza supuesta, no dijo que todo estaba bien, aunque no lo estaba.
En cambio, fue vulnerable.
Les dijo a sus amigos que lo apoyaran con sus oraciones. No quería estar solo. En lugar de ceder a la natural hipocresía humana, el Hijo de Dios fue completamente honesto, abrió una ventana a su corazón sin ninguna clase de reparos. Sustituyó una fingida sonrisa por una sincera declaración de fragilidad.
A todos nos ha tocado y nos tocará experimentar una experiencia del tipo “Liquidación Total”, y en ese momento nos enfrentaremos a una importante decisión: perpetuar un sistema basado en la falsedad o generar un espacio de franqueza frente a nuestro dolor.
Te animo a que sigas las pisadas de Jesús.


©MiguelPulido

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