jueves, 16 de febrero de 2017

SINCERAMENTE, PERDÓN


Una madre destrozada denunció al sacerdote católico William Mazo por haber abusado sexualmente de sus pequeños quienes, años atrás, cayeron en las fauces de este depredador inmoral. Para esa época, los niños alcanzaban las tiernas edades de 9 y 12 años[1]. Infamia en su máxima expresión.
Sin embargo, como si semejante aberración no fuera suficientemente indignante, la respuesta de la Arquidiócesis de Cali traslada la culpa a los familiares de los niños, a quienes denomina “víctimas indirectas”. Un aparte del comunicado dice “se determina… que la causa del daño es atribuible de manera exclusiva a las víctimas indirectas, quienes faltaron a su deber de cuidado, vigilancia, comunicación, protección, etc.”[2] ¿Esa es su defensa? ¿Inculpar a la familia, revictimizando a los que sufren?
No soy católico, pero tengo la certeza que debo expresarme frente a este hecho. Podría simplemente decir que pertenezco a una corriente de pensamiento distinta, lavarme las manos y dar la sensación que ese tipo de atrocidades jamás tocarán a la verdadera iglesia. No obstante, el problema es que este acto de pederastia fue defendido, indirectamente, por personas que llevan un nombre sagrado: iglesia.
Los seguidores de Jesús asumieron ese nombre para referirse a la comunidad que se reunía alrededor de lo enseñado por el Maestro. Con el pasar de los años, tristemente, se le dio al término un sentido puramente institucional, perdiendo así su sabor de seres humanos que procuraban el bienestar común por amor a Dios. Y estamos en medio de esa confusión, tratando de definir lo que verdaderamente hace honor a ese nombre sagrado.
Coincido con Oswaldo Ortiz, quien sostiene en su más reciente video[3] que la iglesia es un Cuerpo. Bíblicamente, esa es la metáfora más usada para referirse a este movimiento orgánico que pretende revelar en su paso por esta tierra la realidad de Cristo. Por eso es que las personas, creyentes o no, la miran con un aire de esperanza, anhelando que sea coherente con aquello en lo que dice creer. Tal y como lo hizo nuestro Señor, deberíamos procurar la protección, el bienestar y el consuelo de los más vulnerables, los más débiles, los más frágiles.
Pederastia nunca debería compartir la misma frase con Iglesia.
La iglesia no debería ser victimaria de ninguna atrocidad.
Somos llamados a propagar esperanza, no a esparcir dolor.
Sin embargo, difiero con Oswaldo Ortiz en que lo que hizo ese hombre solamente lo hizo una persona, pero no toda la iglesia. Es cierto, no quiere decir que todos los sacerdotes sean violadores; sería una generalización sin sentido. Pero cuando hablamos de la iglesia como un Cuerpo, debemos entender que el concepto miembro no se refiere a un ente aislado, sino que está conectado a un entramado complejo al cual afecta con sus acciones. Si a mí me duele la mano, eso afecta a todo mi cuerpo. La interconexión es una realidad al hablar de la iglesia.
La salida no es escudarnos detrás de la persecución de cierto sector de la sociedad a la iglesia. Podemos elegir otro camino...
La palabra metanoia, de donde obtenemos el concepto de arrepentimiento, significa “cambio de mente”. Se ha querido justificar, esquivar o culpar a otros de acciones atroces como las que ocurrieron en Cali. No existen excusas. Mi propuesta, mi cambio de paradigma, quizás un poco arriesgado, no es entrar en más polémicas y argumentaciones vacías, sino en arrepentirnos.
Así que, como miembro de este Cuerpo llamado iglesia, quiero pedir perdón:
Perdón, porque hemos sido más buenos juzgando que amando.
Perdón, porque nos hemos convertido en seres tan individualistas que nos olvidamos que somos una comunidad.
Perdón, porque dejamos que la gracia de la cruz se diluyera en la burocracia de la institución.
Perdón, porque no hemos seguido los pasos de Jesús.
Perdón, porque seguramente también te hemos lastimado a ti de alguna manera.
Sinceramente, perdón.

©MiguelPulido

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