jueves, 19 de enero de 2017

Un Año Con Luna



El 17 de enero del 2016 ahora está marcado en nuestros corazones. Una jornada más del comienzo de año ahora nos recuerda el día en que Luna llegó a nuestro hogar. Ella, una preciosa Golden Retriever de 6 años, se ha convertido en parte de nuestras vidas, y la experiencia de ser sus dueños nos ha dejado memorias preciosas.
Hace unos meses salí con ella en la mañana. Como tenía que hacer un envío en una oficina que está a unas cuadras de mi casa, decidí llevarla conmigo después de jugar en el parque. No permitían el ingreso de mascotas, así que habían dispuesto un pequeño postecito de metal acomodado en una endeble base de lata. No estaba empotrado en el suelo, pero era apenas suficiente para amarrar la correa y que Luna me esperara.
El local no era muy grande, de tal manera que la mayoría del tiempo tuve contacto visual con ella. El único momento donde dejé de mirarla fue cuando tuve que llenar el formato de envío y pagar. En ese proceso, escuché el ruido de un camión grande que pasaba por la calle, el cual inundó todo el ambiente con el sonido de su estridente pito; justo un instante después, medio aturdido, oí un golpe seco y constante, como si un pequeño postecito de metal se hubiera caído. Rápidamente miré hacia donde se encontraba mi mascota, pero solo vi el postecito…
¡Luna no estaba!
Aterrorizado, salí disparado para buscarla. La vi atravesando la calle, corriendo asustada. Le gritaba con desespero y fuerza, mientras la perseguía, pero ella no se detenía. En estado frenético se dirigía hacia la Boyacá. Mi temor es que no se detuviera, intentara cruzar esa avenida y un carro la atropellara. Una vez más, cruzó la calle. Ahora se encontraba en la acera donde encuentra nuestro conjunto.
Entonces, ocurrió lo inesperado.
Luna cambió de rumbo.
Ya no era hacia una avenida peligrosa sino a nuestro conjunto.
Viendo esto, me tranquilicé un poco, pero seguí a paso rápido porque, obviamente, me había tomado mucha ventaja. Cuando llegué a la puerta del edificio, allí estaba. Cansada. Asustada. Respiraba agitada. El miedo todavía bombeaba con ímpetu por su cuerpo. Me miraba con sus enormes ojos negros, paralizada en la puerta, diciéndome con su miraba que ya quería llegar a casa.
Esta experiencia, aunque difícil, extraña e inesperada, me mostró que el vínculo que teníamos con Luna era mucho más profundo que lo que hubiéramos podido pensar. Porque en semejante estado de pánico, lo más natural es que siguiera corriendo hacia la Boyacá o que, como ocurre con tanta frecuencia, se escapara sin un rumbo definido, se perdiera y, probablemente, nunca más la volviéramos a ver.
Pero eso no ocurrió.
Porque Luna sabe regresar a casa.
La tendencia que todos tenemos cuando hay experiencias que nos asustan, que nos generan miedo, es buscar refugio. Quizás te ha ocurrido, pero te has resguardado en los endebles cambuches que se ofrecen en el mercado de la vida: adicciones, cosas, personas tóxicas, entre otras. Tarde o temprano, terminan por derrumbarse. Entonces te sientes a la intemperie, a merced del furioso oleaje de la vida, y la sensación de soledad asoma su gélida sonrisa mientras te da su frío abrazo. Es normal que te hayas sentido extraviado, que el miedo te haya hecho correr sin rumbo fijo.
Sin embargo, tienes un compás interno que te recuerda que hay un lugar seguro cerca. Puede ser Dios, tu familia o tus amigos.
Siempre hay un lugar adonde ir.
Todos podemos escoger regresar a casa.
¡Corre! Pero hacia donde puedas estar seguro.


-->
©MiguelPulido

No hay comentarios: