viernes, 11 de noviembre de 2016

Principiolatría



“¿Por qué ganó Donald Trump? Por incluir la defensa de principios, vida, familia, libertad religiosa y buenas costumbres… La gente vota por sus principios”[1]
Oswaldo Ortiz

Creo que ninguno de nosotros hubiera podido prever (salvo Los Simpsons) un clima político tan vertiginoso como el que nos ha dejado este año. No soy letrado en la política, así que mis análisis desde esa perspectiva son someros; pero como miembro de la iglesia, seguidor de Jesús y estudiante de la Biblia, noto que la iglesia se encuentra en un momento coyuntural. Y el peligro es que la cantidad de voces que se levantan pueden generar confusiones que, desde mi punto de vista, pueden ser bastante tóxicas.
Algo positivo que nos ha dejado toda esta vorágine en Colombia  es que se han levantado voces para defender principios y valores. Dios, en su gracia, ha permitido que hermanos y hermanas tengan influencia social, mediática y política para sentar desacuerdos con manejos que se dan al país. Hay un aspecto del llamado de la Iglesia que es la preservación de la sociedad. Cuando la niebla del sinsentido se vuelve espesa, los discípulos de Jesús estamos llamados a ser un faro, no una luz que se esconde debajo de la mesa.
Sin embargo, la línea de confusión puede ser muy delgada.
Y creo que se evidenció esta semana.
Tras conocer los resultados de las elecciones en los Estados Unidos, noté el estado de mi hermano Oswaldo Ortiz que cité arriba. Seguí con cierta atención la carrera presidencial norteamericana y escuché los debates entre Trump y Clinton, por eso me llamó la atención que se celebrara el triunfo del primero. Porque aunque podemos estar de acuerdo en algunos principios, no lo estamos en todos. Solo unos principios de Trump, no los  principios de Trump, están de acuerdo con la perspectiva bíblica. Sí, puede ser cierto que en el discurso esté en desacuerdo con el aborto y rechace las políticas del lobby LGBTI, pero también ha tenido propuestas que menoscaban la identidad humana y el respeto que estamos llamados a tener por aquellos que están en mayor necesidad, que son más vulnerables, que están buscando una pizca de gracia en un mundo inundado por las injusticia; su campaña no tenía como slogan la familia, sino que apelaba a la egolatría mesiánica de algunos americanos que quieren seguir aferrados a los vestigios de un imperio que se desmoronó.
Porque Trump, como todos nosotros, sufre de inconsistencias.
Está bien que defendamos principios y valores, pero ese no es nuestro llamado en esta Tierra. Jesús no murió para que tengamos una mejor ética. Jesús murió porque necesitamos una transformación de nuestra esencia, de nuestro corazón, del centro de nuestra alma. Estamos maltrechos. Es un error de grandes proporciones pensar que el cristianismo es simplemente la profesión de un estilo de vida. ¡Es mucho más que eso! La esencia del cristianismo es que todos necesitamos ser rescatados, restaurados, redimidos, transformados.
Por eso es muy peligroso pensar que una sociedad va a ser rescatada si profesa unos determinados valores. También hay ateos que se portan bien. La fe que profesamos sostiene que todos necesitamos no un cambio de valores (principalmente) sino una transformación del corazón. Y eso solo lo puede hacer Dios. Porque todos los seres humanos somos disfuncionales, contradictorios, inconsistentes, predicamos ciertos principios y rechazamos otros, decimos algunas cosas y hacemos otras. Y personas disfuncionales crean familias disfuncionales, y familias disfuncionales crean sociedades disfuncionales, y sociedades disfuncionales crean países disfuncionales…
¡Nuestro mundo no funciona bien!
Toda familia (así esté constituida por padre y madre) necesita ajustes y cambios. Toda jovencita (haya abortado o no) tiene algo quebrantado en su sexualidad que necesita ser sanado. Todo político (republicano o demócrata, liberal o conservador) actúa, al menos en algunos puntos, en contra de los parámetros éticos. La respuesta no está en los principios que profesamos sino en el Dios a quien nos aferramos. No permitamos que lo bueno (los principios) nos cieguen de lo mejor (Jesús); que los síntomas (los valores) no nos hagan olvidar la verdadera enfermedad (el corazón humano). Si permitimos que eso pase, haremos de los principios nuestro dios funcional, y eso es una forma de idolatría: estaríamos desplazando a Dios del lugar que le corresponde. Pensaremos que los principios son la respuesta, y nos estaríamos equivocando terriblemente…como lo hicieron los fariseos en el primer siglo: profesaban una ética impecable, pero aún así terminaron orquestando la injustica más grande la historia humana.
Los principios no podrán hacer lo que sólo Jesús puede realizar.
¡Huyamos de la principiolatría!

©MiguelPulido

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