jueves, 8 de septiembre de 2016

Tonto Orgullo


Indonesia, Agosto 11 de 2016. Después de una semana extraordinaria, compartiendo con personas increíbles y de recibir enseñanzas que calaron en mi corazón, estoy en el aeropuerto de Jakarta en medio de la madrugada. El viaje a casa es extenso: 26 horas de vuelo más escalas.
Con mi tiquete en la mano, medio dormido, escucho por los parlantes de la sala de espera lo que suena muy parecido a mi nombre. Con un poco de escepticismo me acerco a la mesa y pregunto si me habían llamado. “Señor Pulido, aquí está su tiquete para el vuelo Jakarta-Dubai”–informaron amablemente. Les dije que yo ya tenía mi tiquete, así que debía haber un error.
“Señor, usted ha sido ascendido a primera clase”–sentenció.
¿Qué hace uno ante semejante noticia?
Pude estar en YLG2016 porque la organización hizo una donación para mis tiquetes y todo lo relacionado con mi estadía en el evento. Además, personas extraordinariamente generosas me colaboraron para compensar los gastos adicionales. Si fuera por mis medios, seguramente no lo hubiera logrado. Había sido beneficiario de una revolución de generosidad.
Cuando recibí el dinero para comprar los tiquetes, fue precisamente un cyberlunes, día de promociones especiales. Buscando aerolíneas que volaran hasta Indonesia, descubrí que una de ellas era Fly Emirates. Y, quizás por ser ese día, los tiquetes se adecuaban perfectamente al presupuesto que tenía para ello. Así que volaría desde Nueva York hasta Jakarta, vía Dubai, ida y regreso, en la mejor aerolínea del planeta.
Así que, estando allí, recibiendo un tiquete en primera clase para un viaje de 8 horas, estaba profundamente agradecido. Nunca me había sentado (o acostado, porque las sillas se convierten en camas) en un lugar similar. Pantallas gigantes personales, las cuales se manejan desde una tableta que cada cabina tiene. Te ofrecen cualquier tipo de licores, bebidas y snacks. Los acabados de los asientos son en madera. Puedes climatizar tu espacio como lo desees. ¡La entrada–sí, la entrada–del almuerzo era salmón ahumado al estilo hindú!
En un momento la azafata me preguntó si estaba emocionado.    
¿Cómo no estarlo si estoy volando en primera clase de la mejor aerolínea del mundo hacia Dubai?

Bogotá, Agosto 26 de 2016. Jamás había viajado con tanta frecuencia en el mismo mes. 13 días en casa que se sienten muy escasos. Esta vez me dirijo a San Andrés a dictar un diplomado en pastoral juvenil. Un día para otro, un pequeño trámite antes de calmar la vorágine que fue este mes.
Las cosas no comenzaron bien. Una señora bastante grosera me quiere cobrar $25.000 porque no imprimí el pasabordo, pero lo pude solucionar tras una extenuante discusión, ya que descubrieron que todo había sido un error de ello. Solo puedo llevar una maleta, porque de lo contrario incurriría en gastos innecesarios. Y, para hacer todo más interesante, no hay asignación de sillas sino que cada uno escoge el asiento según vayan quedando libres.
Tuve que estar en el asiento de emergencia.
Estaba molesto.
Yo, Miguel Pulido, hace unos días volaba en primera clase de Fly Emirates, y ahora me encuentro en un asiento parcialmente cómodo, en un vuelo en el que si quiero un snack me toca comprarlo. ¡No me merezco esto! ¿Quiénes se creen para tratarme de esa manera?
Y entonces, aterrizamos.
Sin previo aviso, ¡la gente empezó a aplaudir! A unas sillas de distancia, vi cómo una mujer mayor se abrazaba a su hija y le daba gracias por regalarle este viaje. Detrás de mí, un jovencito exultante le preguntaba a su hermana: “¡qué bacano montar en avión, ¿no?. Justo en la ventanilla del frente, un hombre de unos cincuenta años tenía los ojos humedecidos, mientras le repetía a su esposa: “por fin pude ver el mar”.    
Así me di cuenta que mi tonto orgullo estaba, como suele hacerlo, tomando las riendas de mi corazón. Había olvidado que ese viaje también era un regalo. Aunque no me había ganado mi ascenso a primera una semanas atrás, algo dentro de mí pensaba que me lo merecía, que era digno de ese trato. Y al pensar que eso era lo que merecía, dejé de agradecer lo que en realidad tenía.
Para muchas personas que iban en ese vuelo a San Andrés, esa fue la oportunidad en la que pudieron conocer la isla en un precio accesible a su realidad. Muchos tuvieron que esperar años para este momento. Por eso estaban profundamente agradecidos, estallando jubilosos en la cabina de un avión. Y eso es hermoso.
La gratitud es bella.
Ojalá no dejemos de agradecer los momentos simples o los más extraordinarios. La gratitud se puede abrir paso tanto en primera clase como en la cabina turista, solo es cuestión de tener un corazón dispuesto.
No permitas que el tonto orgullo te impida ser testigo de la Gracia.

©MiguelPulido

1 comentario:

Antonia Leonora dijo...

Gracias hermano por ese compartir precioso, y esa lección de vida, aprendiendo a recibir la abundancia pero también lo que es más sencillo, aprendiendo a dar gracias a Diós por todos sus regalos...