jueves, 12 de mayo de 2016

Otra forma de ver las fisuras


Corinto. siglo I. El apóstol Pablo le escribe a una iglesia que está atravesando por retos bastante profundos, especialmente en el área doctrinal. En medio de la comunidad se había levantado un grupo de líderes que se ufanaban de sus capacidades, méritos, dones, talentos y de lo fantásticos que eran como seres humanos y siervos de Dios. Contrario a lo que la intuición nos dictaría, la iglesia no sentía repulsión hacia esa clase de personas sino que las tenían en un pedestal de admiración.
La idealización es extraña.
Y tóxica.
Porque en el inconsciente colectivo se generan expectativas irrealistas respecto a quiénes son nuestros héroes. Esos héroes se convierten en personas que (supuestamente) no se equivocan, que no tienen debilidades, que están a un nivel diferente de los demás seres humanos. Y esto, evidentemente, lleva al orgullo. Una comunidad construida alrededor de personas aparentemente perfectas se basa en el alarde, no en la humildad; en la vanidad, no en la esperanza; en lo ideal, no en la realidad.
Pablo, como pastor, sabía que el peligro de la idealización no radicaba solamente en esos héroes de plástico con vidas impolutas, sino que los miembros de la iglesia querían ser como ellos. Uno siempre busca reproducir aquello que admira. Así que si el ciclo seguía, la comunidad de Corinto se convertiría en un grupo de personas que solamente mostrarían lo asombrosos que son, de tal manera que rechazarían, limitarían y estigmatizarían a todos aquellos que tienen debilidades, que luchan con la crudeza del día a día, que no tienen solamente triunfos en sus tarjetas de presentación…en pocas palabras, que son personas.
La iglesia de Corinto estaba en peligro de convertirse en una comunidad para ángeles.
Sin embargo, la Iglesia fue diseñada para humanos.
Queriendo alterar las fibras de esta tendencia malsana, Pablo (sí, el apóstol-misionero-escritor-predicador-pastor-maestro Pablo) escribe estas extraordinarias líneas:
Pero él me dijo: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.” Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo.
Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte[1].
¡Increíble!
¿No son esas  algunas de las mejores palabras que han leído?
Si había alguien que tenía las posibilidades para enorgullecerse de sus logros, capacidades, dones y talentos, ese era Pablo. Pero él escogió enorgullecerse de sus imperfecciones, sus debilidades, sus luchas, aquellas áreas de su vida que no estaban resueltas, esos cuartos que preferimos tener cerrados para que nadie los admire.
Pero noten que Pablo está diciendo que esto tiene una profundidad que nos conecta con Dios mismo. Es en esos lugares de nuestra vida donde todo está al revés que podemos ver más claramente el obrar del Señor. Es en esas grietas de tu alma donde puedes escuchar la tierna voz de Jesús diciendo: “Yo también estoy ahí”.

Los jarrones orientales son sumamente exclusivos, porque son hechos artesanalmente con materiales finísimos. No son hechos en serie. Cada uno es elaborado cuidadosamente por las manos de un orfebre. No existen dos jarrones orientales iguales. Y eso significa que tener uno es extremadamente costoso. (Si tienes un jarrón oriental en casa, ¡mis más sinceras felicitaciones!).
Pero hay ocasiones donde los jarrones orientales se rompen, se quiebran, se dañan.
¿Qué se hace en esos momentos?
Los japoneses tienen una tradición hermosa. Cada vez que reciben en sus talleres un jarrón quebrado, lo vuelven a unir. Invierten su esfuerzo y sus energías en hacer encajar cada pieza nuevamente en su lugar, para que la obra vuelva a su estado original. Lo magnífico es que las grietas las vuelven a unir…¡con oro puro! Eso significa que un jarrón quebrado termina por valer mucho más que lo costaba originalmente. Y aquí está el principio de porqué ellos tienen esta disciplina: reconocen que el valor del jarrón está en sus fisuras.
Eso no es un principio de orfebrería, es un principio de vida.
Si alguna vez has hablado con personas que tienen la vida resuelta, que todo es perfecto, que nunca se equivocan, que todo ha sido un lecho de rosas, algo en tu interior va a generar una profunda molestia hacia ellos. Aunque a veces es un asunto de envidia, no siempre es así, sino que estás siendo testigo de un comportamiento que lucha contra la esencia de lo que somos. Te sientes escuchando a los héroes plásticos de Corinto, no a seres humanos reales. Son jarrones valiosos, pero en su vida no hay oro.
Si yo te preguntara por lo momentos que te han hecho la persona que eres hoy, seguramente te escucharía hablar de tus derrotas, de tus dolores, de tus heridas, de tus pérdidas, de los instantes en los que sentiste que tu vida se estaba desmoronando a pedazos, de esas noches en las que una almohada fue la única que recibió tus lágrimas en su regazo, de aquellas etapas en las que sentiste que la vida te quedó grande. Los momentos que más atesoras en tu alma probablemente son también los más difíciles, y ahora que miras hacia atrás puedes ver el misterioso valor que tienen. Ahora ves tus cicatrices y te das que una cicatriz no quiere decir que nunca te hirieron; quiere decir que sanaste. Descubres que, por la gracia de Dios, eres un sobreviviente. Te das cuenta que en las fisuras de tu existencia hay oro puro.
Así que no te sientas mal de ser imperfecto.
Porque tu debilidad no es una barrera para Jesús, es el escenario ideal para que Su gracia se manifieste.

©MiguelPulido


[1] 2 Corintios 12:9-10

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