jueves, 26 de mayo de 2016

Omnisciencia y física cuántica



¿Has escuchado el término “omnisciencia”?
Es una palabra compuesta por dos conceptos: omni y ciencia. Omni quiere decir todo, y ciencia significa conocimiento. La omnisciencia es la capacidad de tener un conocimiento absoluto. En la teología sistemática este es un atributo exclusivo de Dios: solo Dios lo conoce todo, aún nuestros pensamientos, e incluso sabe lo que va a ocurrir en nuestras vidas.
Me he dado cuenta que varias personas han crecido con este concepto y, quizás, tengan la duda que yo tenía: “entonces, si Dios sabía que íbamos a pecar, ¿por qué nos creó?”. Para ser honesto, la explicación convencional de la omnisciencia no satisfacía mi interrogante… hasta que aprendí un poquito de física cuántica.
Dentro del universo cuántico existe una realidad llamada “dualidad simultánea”[1]. Los científicos han hecho pruebas de observación del movimiento de las partículas, dándose cuenta de su comportamiento en el recorrido entre dos puntos diferentes del espacio. Cuando una partícula viaja entre A y B, realiza todos los recorridos posibles, pero, al ser observada, solamente revela uno de esos recorridos. Los científicos saben que la partícula estuvo en cada uno de los lugares que podía haber estado, pero solamente pueden ver, probar y atestiguar la única ruta que la partícula les reveló. Cada ruta es real, pero sólo es posible observar una.
Sólo percibimos una de ellas, pero todas coexisten.
Por eso los científicos cuánticos hablan de múltiples dimensiones de la realidad.
Seguramente has pensado en lo diferente que hubiera podido ser tu vida, si hubieras tomado una decisión o no hubieras tomado otras, si hubieras aceptado propuestas que declinaste, si hubieras desarrollado talentos diferentes a los que en este momento tienes, y un largo etcétera. Sin embargo, no podemos ver lo que hubiera podido haber sido. Solamente podemos ver una ruta de la existencia: la de las decisiones que hemos tomado.
Cuando reflexionaba sobre la omnisciencia de Dios, suponía que él seguía el mismo patrón limitado que yo tenía. Pensaba que la existencia seguía una sola ruta. Sencillamente, definía el conocimiento absoluto de Dios como su noción de lo que está por ocurrir. Y, bajo esos parámetros, consideraba que era muy injusto que Dios nos hubiera creado, si sabía que íbamos a pecar.
Por eso la física cuántica me dio esperanza.
La realidad que tenemos ante nuestros ojos es solamente una de los miles de posibilidades que hubiéramos podido tomar. Ahora pienso que, desde la perspectiva divina, todas las probabilidades son posibles y, de alguna forma, reales. Podemos elegir el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto, acertar o equivocarnos; el pecado solamente es una de las rutas de todo lo que hubiéramos podido ser. Lo que ocurre es que cada pequeña decisión, para nosotros, hace que todas las demás opciones desaparezcan.
Pero Dios no solo sabe lo que somos, sino todo lo que hubiéramos podido ser.
Y también todo lo que podemos ser.
Por eso sigue invitándonos a participar en el proceso de restauración del mundo que Jesús inició. Porque somos capaces de cosas terribles, y también de cosas hermosas. Dios, que sabe todo lo que es, era, será o pudo haber sido, (porque es omnisciente) que conoce todas las rutas que una partícula subatómica recorre, y que sabe las infinitas posibilidades que pueden generar nuestras elecciones, nos invita a confiar en su camino.
¡Creo que estamos en buenas manos!

©MiguelPulido

[1] Pueden mirar más en detalle la experimentación hecha para llegar a esta conclusión en: COX, Brian & FORSHAW, Jeff. El universo cuántico: Y por qué todo lo que puede suceder, sucede. Penguin Random, Bogotá: 2015. pp. 32-39.

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