viernes, 19 de febrero de 2016

Luna, Mi Mascota y Maestra



Siempre quise tener un perro.
Por diferentes circunstancias, jamás tuvimos uno en casa. De vez en cuando me entraban algunos arrebatos para adquirirlo, pero nunca se concretaban. Además, como mido más de 1.90 mts, tenía como regla interna adquirir, en caso tal, un perro medianamente grande. Los perros que me encantaban era los Golden Retrieverpero no pensaba en comprarlo, porque me generaba un dilema ético y económico… pero encontrar un perro de esa raza en adopción es casi imposible. Las circunstancias parecían acumularse para no hacer mi posible mi deseo.
El anhelo se fue opacando por las situaciones implacables.
Hasta que llegó diciembre del año pasado.
Paseando por Facebook, encontré que una amiga compartió la foto de un Golden Retriever junto con un Border Collie. En el mensaje bajo la foto se explicaba que los dos animalitos estaban siendo dados en adopción, porque la familia que era su dueña entró en una situación difícil que les impedía seguir manteniéndolos a su lado. Resulta que el Golden no era él, era ella, y su nombre era Luna. Tan pronto vi la foto, le dije a mi esposa que hiciéramos la llamada para ver cómo podíamos tenerla con nosotros. Concretamos una cita y fuimos a recogerla en los primeros días de enero. Mi sueño se hizo posible en un corto nombre: Luna.
El primer día para Luna fue difícil. Después que entendió (como supongo que los perros pueden hacer) que no era simplemente un paseo momentáneo sino un traslado permanente, lloraba. Nunca trató de atacarnos, porque es muy noble; sin embargo, se alejaba con frecuencia y emitía tiernos chillidos que manifestaban su nostalgia. Su vida había cambiado drásticamente. Nosotros solo atinábamos a consentirla y expresarle con palabras, rogando que nos entendiera, que la íbamos a amar y cuidar mientras estuviera en nuestras manos.
Algo que aprendí en mi pequeña investigación de preparación para tener a Luna es que uno debe generar rutinas. Aunque Luna ya tiene 5 años y está acostumbrada a estar en un apartamento, necesitaba implementar esquemas que le dieran seguridad, confianza y aceleraran su adaptación. Así que desde el inicio la sacamos dos veces al día, pero con una correa para que no se escapara.
Después de una semana de forjar este hábito y que Luna nos reconociera como sus dueños, quise ir un paso más allá. Por naturaleza, a los retriever les encanta traer elementos: si le tiras una pelota, la va a traer. Está escrito en sus genes. Generan un vínculo con las personas a las que les traen las cosas, porque los entienden como compañeros de juego. Pero, obviamente, no es algo que se pueda hacer atado a una correa. Entonces, tomando un gran riesgo, decidí que era tiempo de permitirnos generar un vínculo especial al soltarla, que reconociera nuestras voces y nos trajera una pelota. Si fracasábamos en el intento, probablemente se fugaría o tendríamos que seguir saliendo con correa por más tiempo; pero si lo lográbamos, daríamos un paso gigantesco que no permitiría jugar con más libertad y confianza.
¡Y lo logramos!
Desde ese momento, tenemos la confianza para pasear por el parque o al interior del conjunto sin correa. Luna ya reconoce mi voz. Se acerca si la llamo y se detiene cuando le digo. A lo largo de estos días hemos generado un vínculo especial. Y lo que me reveló esto tiene que ver con cobijas, camarotes, estantes y artículos decorativos.
Un día volvíamos de nuestra salida de la mañana con Luna. Acostumbro a traerla con correa mientras cruzamos la calle, y tan pronto como llegamos a la portería, la suelto. Ella corría por los jardines del conjunto y olfateaba elementos, mientras yo seguía caminando al edificio. Ya estaba llegando a la puerta y Luna seguía jugueteando en los jardines. Tan pronto como abrí la puerta, la llamé, pero algo la detuvo. Estaba paralizada. No era capaz de ingresar al edificio.
A la entrada del edificio había distribuidas una gran cantidad de cobijas, camarotes, estantes y artículos decorativos. Alguna persona se estaba trasteando y los encargados acumulaban las cosas en la entrada del edificio para subir todo fácilmente. Yo atravesé por ese entramado de elementos en una especie de camino que dejaron despejado, pero Luna se quedó al otro lado del camino. Podía notar que tenía miedo. Desde su perspectiva, los escaparates eran enormes e incluso atemorizantes. Si alguno de ellos llegaba a caer, le podría hacer mucho daño. En un sentido, era un riesgo atravesarlos.
Pero desde mi perspectiva era distinto.
Yo sabía que Luna no se iba a hacer daño.
Había un camino por el cual podía pasar y llegar segura hasta mí. Si algún escaparate amenazaba con caerse, yo reaccionaría para detenerlo y que no la lastimaría. Pero algo me decía que tenía que hacerlo por ella misma. Lo único que podía hacer era atinar a llamarla y esperar que siguiera mi voz. Ella tendría que confiar en mí.
Y así lo hizo.
Con su mirada tierna e inundada de miedo, vigilaba los elementos amenazantes que se alzaban a su alrededor mientras pasaba. No se detuvo en ningún momento mientras yo le repetía: “Ven aquí, todo está bien”. Su confianza fue más fuerte que su temor. De hecho, fue su confianza en mí lo que le permitió enfrentar su temor.
En ese pequeño acto de valentía Luna me hizo pensar en mi relación con Dios. Porque con mucha más frecuencia de la que quisiera, los miedos me paralizan. A mi manera, también me asustan las cobijas, camarotes, estantes y artículos decorativos, solo que tienen un nombre diferente. Desde mi perspectiva, no es fácil creer que todo va a estar bien. Pero cuando las realidades me abruman, escucho la tierna voz del Padre que constantemente me está repitiendo con su voz, llena de gracia: “Ven aquí, todo está bien”.
Aprendí de Luna que no importa tanto lo que yo pueda ver, sino lo que él ve.
Total, él tiene una mejor perspectiva.


©MiguelPulido 

2 comentarios:

Gloria Esperanza García Rodríguez dijo...

¡Qué refrescante perspectiva!

Atmósfera Sonora dijo...

Hermoso Migue! Gracias por reconfortar nuestra nublada perspectiva con esta historia!