jueves, 3 de abril de 2014

Incontinencia, Destitución, Ácido Y Una Palabra Extraña

Hace un par de semana se dio a conocer el video. En cuestión de unas horas todos sabían lo que había pasado en Barranquilla. En pleno discurso, el candidato-presidente Juan Manuel Santos tuvo un accidente. Su pantalón fue la evidencia fehaciente de la siempre inesperada incontinencia urinaria. Miles de personas en directo y millones en diferido fueron testigos de esta bochornosa situación.
Redes sociales. Periódicos. Noticieros. El incidente del candidato-presidente se convirtió rápidamente en el tema del día en Colombia. Opiniones de todo tipo se podían ver y percibir en el ambiente. Independientemente de las ideologías políticas, había personas que trataban de ser empáticas con Santos.
Pero también había personas hostiles…demasiado hostiles.
No tengo que reproducir todos los comentarios; solo busca y te darás cuenta. Algunos decían que esto demostraba la ineptitud del presidente para gobernar el país (“si no puede manejar su vejiga, ¿cómo maneja el país?”, preguntó alguien irónicamente); otros hacían mofa de su falta de virilidad y carácter; y algunos más crueles solo eran una oscura y odiosa burla encerrada en dos simples sílabas: “ja-ja”.
Más allá de si estamos de acuerdo o no con las políticas del gobierno (yo mismo me he pronunciado en contra de muchas de ellas), ¿qué sacamos con burlarnos de una enfermedad vergonzosa como esta?
¿Por qué tantos sienten placer al denigrar a los demás?
¿Qué sentirían si algo así le pasara a personas que aman? ¿Harían lo mismo?
Unos días después, se dio final a la tan prolongada historia de la destitución del Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. No discuto aquí si fue justa o no (mis conocimientos de derecho son menos que básicos), sencillamente describo un hecho. Miles de personas se congregaron en la emblemática Plaza de Bolívar para darle un espaldarazo al saliente funcionario público. Muchos expresaban su odio contra el Estado y la Contraloría. Quizás por el calor del momento, escuché a un entrevistado decir que estaba dispuesto a tomar las armas por defender la causa.
Pero eso era solo el comienzo.
En el otro lado del espectro había personas que daban su aprobación a la destitución diciendo: “me parece muy bien que hayan sacado a ese guerrillero de la Alcaldía”; “eso es lo que ocurre cuando pones a un guerrillero al mando”; y cosas por el estilo. Algunos colgaron fotos de la época de Gustavo Petro en el M-19 con inscripciones que daban a entender que nunca perdonarían esas atrocidades. Las heridas estaban frescas. Sus palabras lo demostraban.
¿No perdonar nunca?
¿Responder al odio con más odio?
Sin importar si es de Izquierda o Derecha, el odio es odio, ¿no?
¿Qué nos lleva a dar ese salto de la indignación legítima al odio hostil con tanta facilidad?
En los últimos días, el tema de conversación ha migrado hacia el terrible flagelo de las personas (especialmente mujeres) que han sido atacadas con ácido. Sus cuerpos son deformados por una sustancia lanzada por algún sicópata que quiere arruinar sus vidas por alguna razón, que quiere dejarles marcas en su cuerpo y en su corazón. Por una suma irrisoria, adquiere un líquido o polvo que encapsula el sinsentido de la rabia, de la venganza, del rencor.
Esos son los terribles alcances del odio.
¿Justifica el desamor, la venganza o el odio dañar la vida de otro ser humano de una manera tan ruin?
¿Qué sienten estas víctimas atemorizadas y que van a ver constantemente las marcas recordatorias de una acción desalmada por el resto de su vida?
¿Qué de los victimarios? ¿Qué se debería hacer con ellos? ¿Cómo debería actuar la justicia?
Pero hay una pregunta mucho más profunda: ¿qué tienen que ver estas tres historias?
Cuando Dios creó todo lo que existe, dijo que era bueno en gran manera. La Creación, en un principio, tenía orden, tranquilidad, armonía. Nada estaba mal. Posteriormente, los profetas utilizaron una palabra hebrea para describir este estado de completo equilibrio: Shalom. Nuestras versiones la traducen como “paz”, peroes mucho más que eso. Casi puedo escuchar la voz de mi profesora de hebreo cuando definía la palabra: “Shalom no es ausencia de conflictos; es la presencia de Dios”.
Así que tenemos esta palabra Shalom, que nos da la idea de plenitud extraordinaria. Es un testimonio primigenio que está escrito en nuestras almas, todos lo anhelamos, todos queremos experimentar ese Shalom. Sin embargo, nuestra experiencia dista mucho de esa preciada palabrita. Las burlas hostiles a un hombre con incontinencia, las agudas punzadas de un rencor enconado contra un exguerrillero o contra las decisiones del Estado, la terrible tragedia de ser deformado o deformada por la acción de una persona sedienta de cobrar alguna cuenta pendiente, todos son testimonios de nuestra constante resistencia al Shalom. Claro, son distintos niveles de insensatez, pero nos llevan en la misma ruta.
Porque el problema está en el corazón.
Y eso es un problema mucho más grave.
Pensemos, por ejemplo, en los diálogos de paz que se están llevando a cabo en Cuba. ¿De verdad creen que van a funcionar? El problema es que muchos pensamos que es una cuestión de los guerrilleros y el gobierno, no que es una cuestión del día a día, de cristianos, de católicos, de ateos, de hombres, de mujeres, de niños. El conflicto se puede terminar, pero eso no asegura que haya paz, que haya Shalom. Mientras le demos lugar en nuestro corazón al mal en cualquiera de sus expresiones, nos estaremos alejando de lo que Dios tenía en el corazón.
Hemos convivido tanto con el odio que nos acostumbramos a él.
Nos hemos familiarizado tanto con la denigración que ya está en nuestras conversaciones.
Somos tan buenos para el mal que diseñamos armas que infringen terribles sufrimientos cuando queremos vengarnos.
Titulamos al rencor de “obvio” o “lógico”, pero al perdón lo consideramos “ridículo”, “inocente”, “sinsentido”.
Quizás lo que más necesitamos no es que terminen los conflictos (lo cual sería fantástico).
Lo que más necesitamos es la presencia de Dios.

En una palabra, necesitamos Shalom.

©MiguelPulido

No hay comentarios: