sábado, 9 de marzo de 2013

Más Allá Del Feminismo



Domingo en la mañana. Un fin de semana abrumador. Los últimos días habían sido vertiginosos. Abandono. Muerte. Traición. Dolor. El menú de emociones era terriblemente confuso. Su vida no sería la misma después de esas horas. Lo sabían. Les habían quitado a alguien que amaban y que las amó entrañablemente.
Las mujeres se dirigen al sepulcro de Jesús para ungir su cuerpo, como queriendo darle un mejor olor al hedor de la muerte. No esperaban ninguna sorpresa. Después de la muerte no había nada más que esperar. No había tiquete de regreso.
¿Qué podía ser más dolorosamente típico que visitar un sepulcro?
¿Algo extraordinario ocurriría?
Bueno, ese domingo sí.
Para empezar, encontraron que la piedra del sepulcro no estaba bien colocada. No había ni el menor rastro de la imponente guardia romana que custodiaba el lugar. Corrieron el riesgo de mirar dentro de la pequeña cueva, donde se suponía que debía estar el cuerpo. ¡No estaba! Al parecer, alguien lo había hurtado. Pero ¿quién haría semejante cosa?
El desconcierto reinó en el ambiente. María Magdalena, una de las que fue a visitar el sepulcro, se dirigió a los discípulos para contarles la noticia. Sólo atinó a compartirles su conclusión: alguien se había llevado el cuerpo de Jesús. Los discípulos corrieron al sitio para corroborar semejante noticia. María los acompañó.
Ellos, después de pasar por el sepulcro, volvieron a casa.
Pero María no.
María se quedó llorando en aquél lugar. No sólo habían matado a Jesús, sino que ahora habían arrebatado su cuerpo. Dolor tras dolor. ¿Acaso no fue suficiente la terrible crucifixión? 
Un hombre–el jardinero, pensó María–se acercó a ella. Desconsolada, le pidió que le diera una pista o le devolviera el cuerpo de Jesús. La broma ya no tenía gracia.
–María–dijo el jardinero.
¿Por qué un extraño iba a saber su nombre? Ella conocía esa voz. El timbre era familiar. Lo había escuchado alguna vez…¡Era Jesús! Tal y como lo había prometido, se levantó del autoritario lecho de la muerte. El fatídico destino de la humanidad había sido revertido en aquél que fue crucificado unos días atrás. La muerte no pudo contenerlo. El terrible fin que había acompañado a los seres humanos casi desde el principio de los tiempos no tenía poder sobre él. María estaba siendo testigo de un evento cósmico: la inauguración de la nueva creación. Y, de hecho, Jesús la invita a proclamar esta verdad a los discípulos.
Una mujer fue el primer testigo de la resurrección.
¡Revolucionario!
En el mundo judío del primer siglo una mujer no era considerada un testigo digno de confianza. Ningún testigo clave de ningún juicio era una mujer. Incluso si ella había visto lo ocurrido con sus ojos, nada de lo que dijera era tenido en cuenta. Los estamentos religiosos y sociales de la época habían colocado a la mujer en el escalón más bajo de la pirámide social. Se dice que algunos hacían oraciones como esta: “Señor, gracias porque no soy ni extranjero, ni perro, ni mujer”.
Cuando Jesús le dice a María que sea el testigo principal de la resurrección está llevando la cultura de su entorno un paso hacia delante. El Señor creía en ella. Por medio de esta invitación, Jesús restauró la imagen distorsionada que los hombres tenían sobre las mujeres. Ellas están dentro del grupo de sus seguidores, de sus discípulos, de sus testigos. Las mujeres no son un apéndice social, sino las precursoras del movimiento que hoy sigue transformando el mundo. Sobre sus hombros también descansa la responsabilidad de difundir el aroma de la resurrección en cada rincón del planeta.

Obviamente, esto nos hace pensar sobre el feminismo.
Porque el feminismo se levantó como una respuesta al machismo imperante en muchos lugares de nuestro entorno. Las mujeres se sublevaron contra el régimen autoritativo de los hombres. El feminismo ha propuesto que, de hecho, las mujeres pueden ser iguales a los hombres. Por eso se han esforzado por llegar a los mismos puestos que los hombres, tener currículos similares a los de los hombres, ganar la misma cantidad de dinero que ganan los hombres, etc.
Muchas feministas sostienen que la Biblia es un libro retrógrado, cargado de chispas de machismo en casi cada página. La rechazan porque dicen que Jesús y sus seguidores sólo vinieron a apoyar los movimientos centrados en el hombres que siempre se han dado. En la lucha de poderes, dicen ellas, la Biblia siempre le da la razón al género masculino.
¡Eso no es verdad!
Sé que muchos predicadores de nuestro entorno han hecho creer que Jesús, Pablo o los discípulos respaldan cien por ciento todas las acciones del hombre (aún si son atroces) sólo por ser hombres. Este tipo de personas son las que dicen que “como el hombre es cabeza” puede incluso pegarle a su mujer. Sostienen que “someterse” es igual a no denunciar la maldad en la otra persona. ¡Tremendo error!
Si alguien te dice que Jesús era un machista, dile que lea la historia de la resurrección con detenimiento. La primera testigo fue una mujer. Él creyó lo suficiente en una mujer como para convocarla a ser la primera en difundir la noticia del triunfo del Señor sobre la muerte.
Pero que esto no te haga pensar que, entonces, Jesús fue un feminista. No es así. De hecho, el feminismo se queda corto.
Jesús fue más allá del feminismo.
Porque el feminismo dice que la mujer tiene que ser como el hombre. ¡Eso es extremadamente limitado! La invitación que Jesús está haciendo a las mujeres es que sean lo que Dios quiere que sean. Su llamado es más alto que ser como nosotros; su llamado es ser como Jesús. Nosotros somos imperfectos, limitados, nos equivocamos con mucha frecuencia; Jesús no.
Mujeres, tienen en la configuración de su ser la capacidad de darle al mundo lo que para los hombres es imposible. Dios las creó para que fueran mujeres, no hombres.  Y eso es hermoso.
Jesús sigue creyendo en ustedes.

©MiguelPulido

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