sábado, 30 de marzo de 2013

¡Gracias, Vladimir!


Hace unas semanas me invitaron a ser parte de la reunión nacional de iglesias de la denominación a la cual pertenezco. Un verdadero privilegio. Pastores y líderes de distintos lugares del país estuvimos reunidos para ser capacitados y para discutir proyectos, ideas y sueños. Era un espacio perfecto para compartir y conocer nuevas personas. Un ambiente fantástico, por decir lo menos.
Estábamos congregados en una finca de retiros católica. Sus instalaciones están pensadas para crear un ambiente de recogimiento y descanso. Han invertido sus recursos en ser cada vez más excelentes en servir a los huéspedes, sin importar si son evangélicos o católicos.
Para cerrar la semana, celebramos la Santa Cena. Aunque siempre nos habíamos reunido en un auditorio, este último evento se realizó en una pequeña capilla del lugar. Durante la semana había visto la capilla, que tenía una estructura típica del catolicismo. Observé que dentro de ella había varias imágenes y estatuas que rememoraban a algunos santos, símbolos importantes para los católicos. Sin embargo, cuando llegamos a celebrar la Santa Cena, me percaté de un detalle: ninguna de las imágenes ni estatuas estaban en el lugar.
¡Las habían desmontado por nosotros!
Me conmovió.
Por mucho tiempo, una de las grandes discusiones entre los evangélicos y los católicos ha girado en torno al uso de las imágenes y estatuas. La crítica de los evangélicos radica en que estas imágenes no deben ser veneradas ni adoradas, ya que no ocupan el lugar de Dios. Sí, tal vez rememoren a alguna persona extraordinaria, pero esa persona–llámese como se llame–nunca podrá igualar a Jesús. Algunos incluso equiparan el uso de estas imágenes con la idolatría. Pero, al parecer, esos críticos olvidan que la idolatría no sólo se refiere a imágenes; existen muchos ídolos que no tienen una representación en yeso, cerámica u oro: el éxito, los hijos, el dinero, etc.
Hay evangélicos que critican a los católicos por su idolatría a las imágenes.
Pero olvidan que un ídolo no siempre está empacado en una escultura.
Es más sutil que eso.
Porque la idolatría es un asunto del corazón.
Toda esta discusión ha generado que muchos evangélicos ni siquiera quieran pisar un templo católico. Es una especie de protesta al uso de imágenes. Pero, en el otro lado de la balanza, los católicos no van a negociar uno de los pilares de su tradición por caer en gracia con los evangélicos.
Por eso lo que pasó en aquella pequeña capilla fue tan poderoso. Por orden de Vladimir–el encargado del lugar y católico por convicción–, los trabajadores quitaron las imágenes por respeto a nosotros, los evangélicos. Adaptaron el lugar para que fuera un espacio de devoción sin ninguna imagen. Fue mucho más que un pequeño contentillo; fue un acto de amor por nosotros. Casi se podía palpar en el ambiente una presencia real de paz. De alguna forma, ellos habían sacrificado algo importante por llevarse bien con nosotros. Es como ese sentido de “así deberían ser las cosas”.
Al finalizar la celebración, me acerqué a Vladimir. Quería expresarle mi profundo respeto y admiración por haber actuado más allá de lo obvio por nuestra comodidad. Sin embargo, no supe cómo articular todo lo que estaba pensando; sólo atiné a decir: “¡Gracias, Vladimir!”. Él, con una sonrisa tímida pero sincera, respondió con un “con mucho gusto, hermano”.
¿Quién dijo que evangélicos y católicos no podían llevarse bien?

Días después,  la iglesia católica escogió al papa Francisco I. Fue una elección cargada de tintes excepcionales: después de cientos de años, un papa era elegido mientras su antecesor estaba vivo; el cónclave fue bastante corto; se eligió el primer papa latinoamericano; el papa provenía de la orden jesuita; entre otros. Escuché el famoso “Habemus Papam” en casa de mi mamá. Me sorprendió la cantidad de protocolo que se manejaba. El Vaticano se especializó en crear una fuerte aura de expectativa. Después de varios minutos, el recién nombrado papa salió al balcón y, ante la ovación de miles de personas, regaló su primer saludo oficial y dio sus primeras palabras.
En un gesto, para mí, extraordinario, el papa hizo una petición–¡una petición!–antes de cualquier demanda.
–Les pido que oren por mí–dijo en tono solemne.
Se volvió a levantar la pregunta de unos días atrás:
¿Quién dijo que los evangélicos y católicos no podían llevarse bien?
¿Estaba mal orar por el papa?
Al parecer, para algunos sí…
Después de oír el discurso del papa, miré las redes sociales. La mayoría de los evangélicos de los que soy amigo o a los que sigo, ponían comentarios bastante hostiles. Algunos empezaron a promover una campaña en contra del papa. Otros aseguraban que era Satanás encarnado. Leí que cualquier cristiano que orara por el papa era un apóstata, un mercader de la fe y similares. La mayoría de líneas que disparaban los cristianos destilaban hostilidad, odio, rencor, rabia.
Entonces, pensé en lo que había hecho Vladimir, un católico que actuó con amor por los evangélicos.
Es más, me tuve que hacer una pregunta dolorosa: ¿por qué los evangélicos, que nos sentimos orgullosos por la “pureza” de nuestro culto, que nos ufanamos de no tener ídolos (por lo menos físicos), que decimos ser los únicos seguidores verdaderos de Jesús, no podíamos hacer una oración por el papa?
Si alguien había hecho algo tan grande como quitar símbolos de su fe por respeto a nosotros, ¿era tan difícil elevar una oración por el papa?
¿Orar por el papa significaba no amar a Jesús?
¿Orar por el papa era sinónimo de haber rechazado el verdadero evangelio?
Que no esté de acuerdo con que el papa sea el vicario de Cristo, ¿me impide orar para que Dios lo ayude, porque, innegablemente, es una persona que tiene una tremenda influencia a nivel mundial?

Pero hay una pregunta mucho más personal:
¿Quién reflejó mejor a Jesús: Vladimir o los evangélicos hostiles de las redes sociales?

©MiguelPulido

No hay comentarios: