jueves, 10 de enero de 2013

"¡Yo Shabía, Papito Dios, Yo Shabía!"


Tengo un amigo. Se llama Kilan. Tiene 4 años de edad. Lo único que ha puesto en peligro nuestra amistad es que, al parecer, es hincha de Nacional. ¡Qué lástima! Espero que descubra su error con el pasar de los años.
Kilan es el nuevo hermanito de una familia que conozco. Los papás de uno de mis mejores amigos han llegado a ser como sus padres, aunque no posean la misma información genética.
Porque la paternidad no es un asunto biológico.
La paternidad es una postura del alma.
Doña Magda y don Jairo volvieron a aceptar el reto de sacar adelante la vida de un niño. Ya los pañales habían pasado de moda en la casa. Las noches en vela estaban albergadas en el estante de recuerdos. Enseñar el arte de ir al baño era una tarea superada hace mucho tiempo. Sus dos hijos biológicos son adultos. Pero por cosas de la vida y por elecciones del corazón, asumieron el reto de involucrarse en la caótica aventura de criar a Kilan.
Kilan terminó yendo a la casa de mis amigos Jairo (el hijo mayor de doña Magda y don Jairo) y Jennifer por las épocas navideñas. Mis amigos son pastores. Esto significó que el pequeño se convirtió en una figura pública rápidamente. ¡Era el hermanito del pastor! Además, su carisma característico y sus tiernas facciones le aseguraron el cariño de muchos. Él tiene el don de arrancarle sonrisas a la gente.
La navidad se acercaba apresurada. Así que Kilan empezaba, como todo niño, a hacer su lista de regalos. No era muy extensa. Sólo quería un carrito de Cars. ¡Le encanta esa película! Tiene la pijama de Cars, camisetas de Cars, sábanas de Cars, y, bueno, quería completar la colección con el carrito. Anhelaba que fuera de su héroe: el Rayo McQueen.
Cada noche le pedía a Dios que le diera ese regalo Navidad.
Kilan oraba por un juguete.
Si eres económicamente responsable o tienes consciencia del canibalismo comercial que se vive en diciembre, sabes que un juguete original de Rayo McQueen es bastante costoso y las imitaciones son poco menos que pésimas. Así que, en términos puramente racionales, la petición de Kilan estaba fuera del alcance de muchos de nosotros.
Entonces, llegó el 24 de diciembre.
Kilan recibió camisetas, juguetes, abrazos y comida. Estuvo muy regalado. Pero quiénes lo conocían sabían que faltaba algo. Todavía no había recibido el regalo de Rayo McQueen. Su ilusión se opacaba a medida que los paquetes se agotaban. No sabemos qué pasaba por su cabecita, pero su expresión era tan confusa como el color de las envolturas de regalo. Estaba contento por lo regalos recibidos, pero no había visto el regalo por el que estaba rogando.
Sin embargo, abrió ese paquete.
Alguien de la iglesia, que conoce la afición de Kilan por el Rayo McQueen, le dio un auto del personaje. ¡Original! Lo suficientemente grande como para asombrar a aquel chiquitín y lo adecuadamente hermoso como para que se abrazara a él, se arrodillará, cerrara sus ojos, abriera su boquita y pronunciara a media lengua su oración de gratitud:
“¡Yo shabía, papito Dios, yo shabía!”.
Kilan sabía (shabía) que Dios le contestaría.
Vio un milagro donde otros vieron un simple juguete.

En la época de Jesús los niños estaban en el peldaño más bajo de la pirámide social, mientras que un rabino se encontraba en la cumbre del reconocimiento. Por eso los discípulos trataron de impedirles que se acercaran al Señor. ¡Un rabí no se juntaba con los niños! No era aceptable. Sin embargo, Jesús no vio por los lentes del protocolo social. Dijo que dejaran a los niños que se acercaran y que los que eran como ellos podrían ver el reino de Dios.
Esos niños se acercaron a Jesús sin ver en las barreras sociales un impedimento. Fueron audaces. Se arriesgaron. Querían estar cerca del Señor. Traspasaron los estigmas de su entorno y, en respuesta, vieron cómo Jesús hizo lo mismo. A Jesús no le importó que lo asociaran con niños, algo totalmente indignante para un maestro de ese entonces. Los niños se la jugaron por Jesús y Jesús se la jugó por los niños.
Inocencia (que no es estupidez) es no tener consciencia de algo. Lo niños no tenían consciencia de los estigmas de su entorno ni de la posición social que ocupaban; sólo querían estar con Jesús. No se limitaron al cinismo del entorno, al canibalismo social de la época o a la apatía de los discípulos. Se la jugaron por estar en los brazos de Jesús. Estos inocentes tenían consciencia de una cosa y se aferraron a ella: que Jesús los recibiría.
Entonces, pienso en Kilan.
Él no tenía consciencia de las dificultades que económicas que supone tener un Rayo McQueen. Para él era un juguete, no un reto económico. Era inocente del canibalismo comercial de la época navideña. Pero era consciente de una cosa: a Jesús le importan los niños. Sabía que “papito Dios” le podía responder. Él vio La Mano que estaba detrás de la mano que le dio su regalo. Sabía que había una historia detrás de la historia. Sabía que Dios responde a veces usando a seres humanos.
Su Rayo McQueen es testimonio de su inocencia, que se aferró a aquello que sabía, aunque ignorada todo un mundo de realidades.

Date la oportunidad de aprender de Kilan.
Se que pasó la navidad, pero estoy seguro que tienes una petición en tu corazón. Tal vez tu mundo te grita que abraces el cinismo como la mejor opción de vida. ¡No caigas en esa tentación! Hay muchas realidades que ignoras, muchas partes de la existencia de las cuales eres inocente; no tienes consciencia de ellas. No sabes qué va a pasar. No sabes lo que vendrá. ¡Eso no es malo!
Porque por lo menos sabes una cosa: que Jesús no rechaza a los inocentes.
Aférrate a esa verdad.
Y ve milagros donde otros sólo ven juguetes.

 ©MiguelPulido

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