viernes, 7 de septiembre de 2012

¡Es Pastor!


La semana pasada tuve el privilegio de estar en una conferencia fantástica sobre el tema de identidad y quebrantamiento relacional. Me encontré con varios amigos y conocidos, incluso con personas que no veía hace mucho tiempo. Una de estas personas fue una mujer a la que conocí durante mi época de estudiante del Seminario. No puedo decir que era una gran amiga, pero podíamos mantener una conversación protocolaria sin muchos sobresaltos.
Los que me conocen saben cómo me visto: jeans, unos tennis, un saco y una camiseta. Además, siempre que llevo libros o un computador lo hago en una maleta tipo estudiantil, porque es muy cómodo. Nada de portafolios. Sólo tres corbatas en mi haber. Bastante básico, por decir lo menos. Quizás el único elemento que imparte algo de seriedad a mi figura son las gafas que adornan mi precioso rostro y el anillo en mi mano que dice que le pertenezco a mi esposa.
Así soy yo.
La conversación con esta conocida estaba agonizando, cuando llegó su pastor. Me lo presentó. Nos saludamos. Y después de las preguntas obvias, aproveché el momento para escabullirme, ya que necesitaba responder un mensaje por correo electrónico. Tomé mi lugar, abrí mi computador y busqué el correo que tenía que responder. Por el rabillo del ojo (¡qué palabra tan fea!) pude ver que mi conocida y su pastor se sentaron justo detrás mío. Me di cuenta que empezaron a hablar sobre mí, en un tono que parecía disimulado pero llegaba perfectamente a mi oídos.
-¡Es pastor!-dijo mi conocida con un tono claramente displicente.
-¡¿En serio?!-respondió el pastor, quien después dejó escapar una risita burlona.
Me hirió.
Porque estoy en medio de la lucha de aprender a ser un pastor, que si bien no necesariamente cala en los estereotipos establecidos, ama a las personas y les da lo mejor de sí por su bien. No uso corbata, pero trato de enseñar la Palabra de Dios lo mejor posible. No tengo muchos trajes, pero los jóvenes están en el centro de mi corazón. No uso muchas palabras religiosas, pero amo a Dios con todo mi corazón. Sigo en el proceso de aprender a ser un pastor de jóvenes. 
No soy perfecto. Tengo luchas, caídas, tentaciones, pecados, bajones, desánimos, períodos de estancamiento. Mi relación con Dios no puede ser calificada siempre con un 10. Así que no soy pastor porque yo sea muy bueno, sino porque Dios es muy bueno. Soy pastor por Gracia, no por méritos.
Pero volvamos a la historia.
Como se imaginarán, estos comentarios me dejaron pensando. Me desconectaron. No obstante, en ese momento comenzó la conferencia con algunos cantos. Era algo sencillo: un joven, una guitarra, las voces y las palmas. La canción comenzó. El ritmo se empezó a marcar con las palmas del auditorio. Había groove. Sin embargo, había un golpe de palmas que, en algún punto, se descoordinó. ¡Y era el que más duro sonaba! 
Pero no era una descoordinación simple. ¡No! Esos ”¡clap!" iban en contra de cualquier sentido rítmico común. Eran como una síncopa indescifrable. Si la canción estaba en 4/4, este hombre iba aplaudiendo en 7/8. 
Por supuesto, volteé a mirar para identificar al perpetuador de aquella tortura auditiva.
Casi dejé escapar una risita burlona.
Por fin, las canciones acabaron y también la sonora descoordinación de aquél hermano. La conferencia comenzó. Para mi sorpresa, el hombre de las palmas descoordinadas pasó adelante y comenzó a contar su historia. Nos contó lo terrible que había sido su vida. Abandono, drogas, maltrato y homosexualismo eran parte de su historial. Incluso llegó un momento de su vida en que quiso matarse, pero no lo logró. Porque Jesús tenía mucho más planeado para él. Otros lo hubieran descartado, pero Jesús no. Donde otros vieron un caso perdido, Jesús vio un corazón necesitado.
Me sentí arrepentido, porque yo había juzgado a ese hombre porque no encajaba dentro de nuestra manera de aplaudir. Su singularidad nos alterada. Pero, al mismo tiempo, era nuestro hermano. Era una persona absolutamente valiente e inspiradora. Si un momento antes me había incomodado, ahora me había confrontado.
Porque no todos tienen que encajar.
Él no aplaudía como todos los feligreses.
Yo no me vestía como todos los pastores.
¡Eso es fantástico!
Cuando miramos las imágenes que se utilizan para describir la iglesia, la uniformidad brilla por su ausencia. Unidad sí, uniformidad no. Un cuerpo, por ejemplo, debe funcionar como una unidad, pero no todos los órganos son iguales ni tienen la misma función. La uniformidad, en este caso, sería dañina, no benéfica. O una familia, por otro lado, tiene muchos miembros, los cuales desempeñan una función específica dentro de ese núcleo más amplio. ¡Sería caótico donde todos quisieran ser padres, pero nadie aceptara ser hijo! O imagine estar en un pueblo donde todos quieran ser gobernantes, pero ninguno quiera hacer labores de mantenimiento. ¡La anarquía sería el pan de todos los días!
Dios nos hizo particulares, únicos, singulares. Tenemos algo único por darle a otros. Existe dentro de nosotros una configuración exclusiva que nadie más ha tenido, tiene o tendrá. Por lo tanto, el aporte que podamos dar es valorado en el Cielo.
El Buen Pastor dio su vida por todas sus ovejas. Los estereotipos no son una barrera para su amor. Por eso aquellos que desencajan siempre nos recuerdan la verdad que está en el centro de nuestra fe: Jesús vino a morir por cada uno.
Murió por el pastor que se viste con jeans.
Murió por el hombre que aplaude fuera de ritmo.
Murió por ti. 

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