sábado, 7 de enero de 2012

Entre Lágrimas, Abrazos Y Risas


El fin de año tuvimos el privilegio de disfrutarlo al lado de amigos que, personalmente, considero parte de mi familia. Unos reíamos, otros bailaban, algunos simplemente conversaban. Y en algún momento el conteo regresivo comenzó. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. ¡Feliz año!

Los abrazos fueron los invitados especiales por unos minutos. Sin importar qué tan conocidos éramos, todos nos abrazamos. No importaba la edad, el sexo o la raza. Era una buena manera de comenzar el año.

Sin embargo, no todo fue tan homogéneo.

En medio del precioso frenesí de confraternidad, observé que algunas personas reían y otras lloraban. Algunos lloraban de tristeza y otros de alegría. Al recordar el año que había terminado, unas lágrimas hicieron su aparición en la fiesta.

¿Por qué?

Generalmente, cuando está finalizando un año empezamos a planear lo que viene para nuestras vidas en los próximos 365 días. Pensamos lo que queremos hacer y dejar de hacer; lo que queremos alcanzar y lo que anhelamos no repetir. En una palabra, soñamos. Pero cuando llega el fin de año nos damos cuenta que no todo estuvo de acuerdo al plan. No pudimos cumplir todo lo que queríamos cumplir. Tampoco dejamos todo lo que queríamos dejar. Sabemos que la vida es complicada. No se maneja en piloto automático.

Y eso nos hace llorar el 31 de diciembre a las doce de la noche.

Cuando pensamos en lo que queremos para nuestra vida no planeamos las dificultades, sufrimientos y complicaciones que se nos van a presentar en el camino. Nadie planea el dolor. Sin embargo, no tienes que ser un masoquista ni un pesimista empedernido para saber que esas cosas pasan. Tú sabes que en 365 días ocurren muchas situaciones que nos llevan al límite de lo que somos capaces de aguantar. En la vida nos topamos con asuntos que alteran nuestra agenda, nuestras metas, nuestros sueños.

Pero esos son los momentos en los que probablemente más aprendemos.

Porque el sufrimiento saca a la luz lo mejor o lo peor de nosotros.

En el 2011, una de las experiencias más difíciles que tuve que atravesar fue el hecho de que mi mamá caminó junto al precipicio de la muerte por cerca de 2 semanas. Eso no lo tenía planeado. No se encontraba en mis metas para el nuevo año. Pero pasó. Y en ese momento descubrí una de las realidades más poderosas que se clavaron en centro de mi alma. Ver cómo mi papá cuidó a mi mamá fue una de las enseñanzas más grandes que pude recibir. Porque me enseñó lo que significa amar a otro ser humano. Claro, todos nos emocionamos cuando escuchamos una pareja que frente al altar promete amarse en la salud y en la enfermedad, pero en estas épocas eso suena a una utopía poética que no rima con el estilo de vida actual. Hoy en día hay divorcios por asuntos mucho más triviales que una enfermedad grave. Si hay separaciones en la salud, ¡cuánto más en la enfermedad!

Por eso fue algo tan poderoso ver cómo mi papá organizaba su agenda poniendo la visita a mi mamá en el hospital como el evento más importante de su día. Y cuando no podía entrar a saludarla, se ponía absolutamente furibundo. Porque no quería desaprovechar un momento para verla. Sólo eso: verla. Él no podía hacer que sus defensas subieran, que su respiración mejorara o que las medicinas surtieran efecto más pronto. De hecho, hubo un tiempo en que ni siquiera podía entablar una conversación con ella, ya que estaba intubada y sedada. Así que hizo lo único que podía hacer: estar ahí.

Estuvo con ella en la enfermedad.

Y eso, definitivamente, te hace una mejor persona.

Mi papá hubiera podido tomar la decisión de salir corriendo, pero no lo hizo. Él hubiera podido dejar a mi mamá en cama luchando sola por su vida, pero no lo hizo. Incluso hubiera podido resentirse con Dios y reclamarle por algo tan complejo, pero no lo hizo. Si muchas personas hacen ese tipo de cosas, él también lo hubiera podido hacer. Ante un sufrimiento de ese calibre, algunas personas deciden dar la espalda y seguir su vida por un rumbo diferente. Muchos prefieren firmar el papel de divorcio que ir a visitar a su cónyuge en un hospital. Porque una misma situación difícil puede sacar a flote lo mejor o peor de ti.

Podemos escoger cómo vamos a responder al sufrimiento. Tenemos la posibilidad de hacer las cosas correcta o incorrectamente. Pero si escoges asumir esos momentos difíciles de la manera correcta, en algún punto descubrirás que hay cosas mucho más importantes que acumular millas de viajero, tener más dinero en tus cuentas o un carro de mejor modelo. Al final del día, son esos momentos los que forjan nuestro carácter, nos hacen mejores personas. Aunque este tipo de anhelos no suelen aparecer mucho en las metas para un nuevo año, terminarás por darte cuenta que tienen un valor inigualable. Porque sus resultados traspasan los días de un calendario; duran para toda la vida.


No sé si cuando fue la medianoche del 31 de diciembre del 2011 saliste a dar una vuelta a la cuadra con una maleta, comiste doce uvas, te pusiste ropa interior amarilla o sencillamente recordaste lo que te había ocurrido en el año que terminaba. Quizás por tus ojos se asomaron una lágrimas o en tu boca se dibujó una gran sonrisa. Probablemente pensaste en lo que venía para ti en el 2012. Como quiera que hayas llegado al final del año, llegaste.

Y eso significa que atravesaste momentos duros.

¿Cómo respondiste a ellos?


Que en este 2012 los momentos difíciles te lleven a ser un mejor ser humano.

No hay comentarios: