miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cordero Salvaje


Los capítulos 4 y 5 de Apocalipsis nos presentan una visión cósmica magnífica. Hay toda una serie de simbolismos e imágenes que capturan nuestra atención. No es mi propósito detenerme en todos los detalles que allí se presentan. Quisiera enfocarme en un poderoso detalle que está en los versículos 5-8 del capítulo 5:

Uno de los ancianos me dijo: «¡Deja de llorar, que ya el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido! Él sí puede abrir el rollo y sus siete sellos.» Entonces vi, en medio de los cuatro seres vivientes y del trono y los ancianos, a un Cordero que estaba de pie y parecía haber sido sacrificado (…) Se acercó y recibió el rollo de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Cuando lo tomó, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero.

Juan estaba llorando porque no existía ningún ser creado que pudiera abrir el rollo que estaba escrito. Nadie era digno del honor que suponía quitar los sellos que recubrían el rollo. Sin embargo, uno de los ancianos le dice que sí hay un ser que tiene ese privilegio: El León de la tribu de Judá. Pero ahí ocurre un cambio llamativo. Porque el ser que aparece es un Cordero que parecía haber sido sacrificado.

¿Por qué el León se presenta como Cordero?

Si lees con detenimiento el resto del pasaje, descubrirás que el Cordero es Jesús, el Mesías. Así, el contraste de las imágenes se va haciendo más nítido.

Dentro de las esperanzas que se tenían en la antigüedad estaba el hecho de que el Mesías fuera un líder político y militar de magnas proporciones. El título del “León de Judá” así lo demostraba. Irradiaría poder por los poros. Hasta el César se arrodillaría ante semejante imagen. Por eso es que la venida de Jesús fue tan desconcertante para muchos. ¿Cómo es que el Mesías termina muriendo como un criminal, en un espectáculo que desnudaba su debilidad?

Ahora, Apocalipsis está escrito para iglesias que creen que Jesús es el Mesías, que se levantó de la muerte y que está junto al trono de Dios. Sin embargo, ese Mesías no se presenta sólo como León, sino como Cordero. Es temible y humilde; poderoso y tierno; glorioso y sacrificado. Su dignidad proviene de su indigna muerte. El autor es muy intencional en recalcarnos que ambas realidades coexisten.

Jesús es un Cordero Salvaje.

Su poder no es un poder autoritativo, coercitivo y denigrante. Él es diferente al César. Su mandato está en un orden que va en un camino distinto al de tomar el poder por las armas. Es otro tipo de Rey. Pero es Rey. Su humildad no le resta autoridad. No es un Cordero domesticable que se puede poner el regazo y consentirlo. Es un Cordero que también es León. No es un cordero que produce lástima; es el Cordero ante el cual las rodillas se postran y adoran. Es un Cordero digno, no un juguete de felpa.


La imagen del Cordero Salvaje tiene mucho para decirnos hoy.


He notado que muchas veces cuando hablamos de la perspectiva de los judíos sobre el Mesías, pequeñas dosis de orgullo fluyen por nuestro torrente sanguíneo. “No nos pasaría lo mismo” pensamos. Sabemos que Jesús vino como Siervo, no como el gran líder político que ellos esperaban. Ellos se equivocaron, nosotros no.

Recordemos que Apocalipsis está escrito para una iglesia que sabe que Jesús vino como Siervo y que fue vindicado por medio de la resurrección. Ellos también tenían la ventaja histórica de mirar hacia atrás y decir “ellos se equivocaron”. Sin embargo, esta visión de Jesús como Cordero y León nos vuelve a poner el asunto en perspectiva. Porque siempre existe la tentación de creer que el poder de Jesús es igual a los demás poderes de este mundo. Nos encanta el León; preferimos dejar de lado el Cordero. Vivimos pensando en poder, poder y poder; nos choca el sacrificio, sacrificio y sacrificio.

Podemos repetir la historia.

La muerte de Jesús no es sólo la parte sucia de la historia; no es el punto negro en la hoja blanca; es el eje de la dignidad del Cordero y el León. El Jesús que vemos en Apocalipsis sigue siendo tan humilde como el que presenciamos en el Calvario. Su poder es diferente al que nos imaginamos. Él no impone su autoridad; la inspira.

Por eso es tan peligroso cuando los que seguimos a ese Cordero creemos que nuestro poder proviene de una mejor posición política, de una más amplía solvencia económica o cuando nos convertimos en jueces morales del Universo. El poder más elocuente es el de la humildad, el del servicio. Querer el León y rechazar el Cordero es, en últimas, rechazar la totalidad de la obra de Cristo y, por extensión, rechazarlo a él.

No estamos diseñados para imponer, sino para adorar.

Nuestra mejor posición es de rodillas.


©MiguelPulido

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