viernes, 28 de octubre de 2011

El Hombre De La Cartelera


Estábamos con mi esposa y mi cuñado en Medellín. Él había ido a visitarnos para las fiestas de fin de año. Aprovechando la época, una noche salimos a ver la decoración navideña de la ciudad. Decidimos dar el paseo a pie, ya que podríamos disfrutar con mayor detenimiento del bello recorrido. Lo que no tuvimos en cuenta es la cantidad de personas que pensaron exactamente lo mismo. Miles y miles de seres humanos caminábamos como hormigas, guiados por un movimiento inconsciente y constante. El movimiento era tan incesante que en algún punto descubrí que no estábamos mirando nada; sólo estábamos siguiendo el recorrido que la multitud había demarcado.

Me cansé.

Así que le propuse a mi esposa y mi cuñado que nos hiciéramos a un lado por un momento y tomáramos algo. Salimos del río humano y nos detuvimos. Mientras nos entregaban nuestras anheladas bebidas, se me ocurrió mirar alrededor. Me sorprendió la cantidad de personas que había allí: niños, niñas, padres, madres, jóvenes, jovencitas, abuelitos, abuelitas. ¡Parecía que todo Medellín estuviera allí!

En mi recorrido visual, noté que había un hombre que estaba estático en una esquina. Parecía como si la gente lo esquivara. En un par de metros a la redonda no había huellas diferentes a las de él.

Pero todo el mundo lo miraba.

De hecho, miraba lo que él hombre tenía en sus manos.

Algunos leían con detenimiento y parecían reflexionar. Otros terminaban de leer el cartel y mostraban un rostro de escepticismo. Otras personas dejaban escapar una sonrisa de burla y murmuraban con sus acompañantes.

Ese hombre tenía en sus manos una cartelera que decía lo siguiente: “Cristo viene pronto. Dejen de pecar”; y debajo de ese aviso había toda una serie de versículos bíblicos (que, para ser sincero, no los recuerdo).

Ese mensaje levanta varias preguntas: ¿es efectivo ese método de evangelismo?

¿La persona del común saben quién es Cristo? ¿Saben que él viene? ¿Saben cuándo se fue?

¿Su venida es buena o mala?

¿Dejarán de pecar por leer esa cartelera? ¿Alguien puede dejar de pecar?

¿Qué tiene que ver la venida de Cristo con dejar de pecar? ¿La acelera? ¿La hace posible?

¿Y qué de aquellos que no pueden dejar de pecar?

¿Quiénes leerían los versículos que estaban debajo de ese anuncio? ¿Quiénes sabían que se trataban de versículos de la Biblia?

¿Quiénes leen su Biblia? ¿Quiénes tienen una Biblia?

¿Alguno de los seres humanos que vieron esa cartelera sabe dónde queda su Romanos o Levítico? ¿Sabe que esos son nombres de libros de la Biblia?

Pero la pregunta en el fondo es: ¿esa cartelera generó algún cambio?

Mi molestia principal con esa cartelera (no con el hombre) era la asociación que hacía entre la venida de Cristo y el dejar de pecar. Porque mostraba que, de alguna manera, el dejar de pecar solucionaría los problemas que implicaría para nosotros la venida de Cristo. Pero ¿puede alguien dejar de pecar? Aún más, si dejásemos de pecar (si es que se pudiera), ¿por qué nos debería importar Cristo?

Muchas personas definirían la santidad como portarse bien, ser una buena persona, seguir las reglas de la moral o dejar de pecar. Sin embargo, según la Biblia, la santidad es sinónimo de perfección. Échale un vistazo al Sermón del Monte. El santo no es el que no adultera, sino el que no mira a ninguna mujer con deseos impuros. El santo no es el que no mata, sino el que no le dice “estúpido” a otra persona. Al leer la Biblia con detenimiento, nos hacemos una pregunta: ¿quién es capaz de cumplir con todo eso? ¿Existe alguien que no ha mirado a otra persona del sexo opuesto con deseos impuros? ¿Hay algún ser humano que no haya ofendido a otro?

En el núcleo central de la fe cristiana descansa una verdad tan simple y tan compleja a la vez: nadie es capaz. No existe ninguna persona que pueda ir delante de Dios y decirle: “aquí está mi historial. Revisa con detenimiento; no encontrarás ningún pecado”. ¡Nadie puede hacer eso! Claro, tal vez tú no hayas sido la mente maestra detrás de un genocidio, pero sí se te ha salido un “estúpido” en algún punto de tu historia.

Nadie tiene la hoja de su vida en blanco.

Todos somos culpables.

Por eso el mensaje del hombre de la cartelera era tan peligroso. Porque aparte de ser irrealista (porque nadie puede dejar de pecar sólo porque leyó un letrero), pierde la esencia del mensaje de Cristo. Si pudiéramos hacer todo lo que agrada a Dios todo el tiempo, entonces no necesitaríamos de un salvador. ¿Quién necesita un rescate si no se está ahogando? Si pudiéramos dejar de pecar, Cristo sería un agregado sin sentido, no el centro de la historia.

No es coincidencia que las personas que más se niegan a aceptar a Jesús son los que se creen lo suficientemente buenos. Cristo les sobra. Pero tampoco es coincidencia que las personas más apasionadas por Cristo son aquellas que han reconocido que son incapaces de dar la talla. Pregúntaselo a Pedro, a Mateo, a la mujer encontrada en el adulterio, a María Magdalena, a Pablo, a Martín Lutero, y a tantos otros en la historia de la humanidad que descubrieron que necesitaban a alguien que los rescatara.

El primer paso de la fe cristiana no es dejar de pecar; es reconocer que necesito un Salvador.

Pero no todos están dispuestos a dar ese paso.

Muchos prefieren creer el mensaje de la cartelera.

©MiguelPulido

4 comentarios:

Cristian Otavo dijo...

¿Cuál es la diferencia entre abuelitas y abuelitas?

Oiga no me gustó su artículo... he leído cosas más chéveres... ¿Cuál es el problema con la teología empírica... no es analítica pero acaso no es la que ha construido la ética y la dialéctica actual? Para acabarla solo hay que esperar que se mueran mas del 70% de los los cristianos, porque ese discurso ya no cambia... y que muera gran cantidad de misioneros que han dedicado su vida a proclamar ese mensaje por toda Colombia... entre esas mi abuela.... ¿Le digo que ella ha perdido el tiempo?

Jovanni Caballero dijo...

Migue, gracias por ministrar mi vida y ponerme agenda para la reflexión. Que Dios siga properando tu vida y ministerio.

Laura dijo...

Creo que lo que Miguel hizo fue llevarnos al punto inicial: Reconocer la necesidad de Dios. Él no invalidó las formas de evangelizar, sí así lo hubiera hecho entonces hubiera negado las personas que han creído en Dios fruto de la evangelización de otros. Creo que alguien debe volver a leer el artículo.

Carlos David Cano Melani dijo...

Me gustó mucho.