viernes, 23 de septiembre de 2011

La Abuelita Del Palito Verde


En las semanas pasadas, Dios ha permitido que mi familia y yo, como lo definió mi esposa, “fuéramos testigos de un milagro”: mi mamá salió del hospital, aún con todos los pronósticos en su contra. Los médicos que la atendieron todavía no pueden explicar con exactitud todo lo que vivió mi mamá durante el mes que estuvo internada. Incluso nos dijeron que mi mamá volvería a caminar por sus propios medios en un período entre 6 y 12 meses. Sin embargo, ya lo hace muy bien apenas una semana después de semejante augurio.

Lo que, por supuesto, nos hizo sospechar sobre la exactitud de esas apreciaciones médicas.

Así que, al ver que estos médicos no eran muy acertados ni alentadores en sus pronósticos—y al ver una realidad tan distinta a la que esperaban—, pedimos una segunda opinión.

El miércoles de esta semana tuvimos una cita con una doctora que mi hermana había contactado. Es una fisiatra que fue profesora de ella y trabaja en un hospital que se especializa en la rehabilitación de personas que atraviesan situaciones como las de mi mamá. Fue completamente amable y alentadora. Nos dio una luz de esperanza. Dijo que mi mamá iba por buen camino. Aseguró que su rehabilitación era posible. Con estudios en mano, le señaló el camino a seguir.

Pero había un problema: su consultorio era demasiado pequeño.

Y ese es un detalle importante.

Porque significó que yo tuve que esperar a las afueras del lugar de la consulta durante gran parte de la misma. Decidí no alejarme tanto, ya que me podrían necesitar. Por eso me quedé parado en la zona de “rehabilitación cardíaca”, corriendo con tan buena suerte que en ese preciso momento estaban en sesión de trabajo con más de una decena de abuelitos.

Era simplemente fantástico.

En los parlantes del lugar estaba sonando una exquisita cumbia colombiana. Entre tanto, algunos abuelitos montaban bicicletas, otros estaban en caminadoras, otros alzaban pesas, otros ejercitaban sus brazos y otros sus piernas. Todos se esforzaban por salir adelante. Pero lo que me llamó poderosamente la atención es que en cada uno de esos rostros, cincelados por el implacable paso de los años, se dibujaba una sonrisa…excepto en uno. Era el rostro de una abuelita que tenía un palito verde en sus manos. Su ejercicio básicamente consistía en tener sus manos en alto y girar el palito en movimientos circulares. Esta abuelita no sonreía porque no podía, no porque no quisiera. Y digo que no podía, porque estaba enfocando todas y cada una de las fuerzas que había en todos y cada uno de sus músculos para cumplir con su ejercicio.

La abuelita luchaba por hacer girar el palito.

Pero no era sólo eso.

Luchaba por ella.

Cada giro de ese palito verde significa un evidente progreso en su camino de rehabilitarse. Cada lento movimiento era una travesía heroica, una gran bocana de aire en medio del mar de los pronósticos difíciles. Aunque no sonreía, su rostro inspiraba esa clase de esperanza que sólo irradian los guerreros de la vida. Moviendo el palito verde, la abuelita reclamaba ese espacio que le pertenece únicamente a los héroes.

Esa abuelita me inspiró.

Porque no estaba dispuesta a dejar de luchar. Iba a seguir moviendo el palito verde.


Lo que me lleva de nuevo a mi mamá.

Ella había escuchado pronósticos desalentadores, dictámenes médicos que no te arrancan una sonrisa. Pero no se detuvo allí. ¡No lo iba a hacer! Por ella misma, por otros y por honrar a Dios, no se podía quedar a merced de una sola opinión. Ella, a su manera, iba a seguir moviendo su palito verde. Seguiría luchando por tener una vida más allá de los horizontes de una cama.

Lo que me lleva a mí.

Porque es casi imposible ver una luz de esperanza cuando las voces de aliento se distorsionaban tan fácilmente en medio de los gritos de desesperanza. Aunque creo en Dios, tengo que aceptar que mi fe tambaleó. Llegué a pensar que Dios ya había hecho suficiente. Había dejado de mover mi palito verde; había dejado de luchar. Me había resignado. Pero esta abuelita me enseñó que, a veces, el mejor acto de fe es seguir moviendo el palito verde. Quizás cueste, pero me ayudará a seguir adelante.

Lo que me lleva a ti.

¿Has escuchado pronósticos desalentadores últimamente?

Ambos sabemos que no se trata sólo de pronósticos médicos. En ocasiones, muchas voces legislan sobre nuestra vida, sobre lo que somos y sobre lo que somos capaces de hacer. Siempre será una tentación quedarse con el primer diagnóstico. Pero no tienes que hacerlo. Porque Alguien ya dio un diagnóstico más que alentador sobre tu realidad, sobre tu futuro y sobre lo que eres.

¿Te has cansado de luchar?

¿Has perdido la esperanza?

Tal vez hayas llegado a pensar que el tuyo es un caso perdido. No te quieres dar un chance más. Si te comparas con los demás, no tienes mucho que hacer. Los otros están en ejercicios avanzados: bicicletas, pesas y caminadoras; tú, en cambio, sólo mueves un palito verde. ¡Disfrútalo! Probablemente lo mejor que puedas hacer es no detener esos movimientos. ¡Lucha! Por ti, por otros y, sobretodo, por honrar a Dios. Aprende de la abuelita: conviértete en el más inspirador movedor de palitos verdes.

Porque la verdadera lucha se realiza en los escenarios más simples.


Te cuento algo: cuando la abuelita terminó su ejercicio, me miró. Una hermosa sonrisa se dibujó en su rostro cansado. Ella estaba feliz, orgullosa y esperanzada.

Porque no había dejado de mover el palito verde.

Aún estaba viva.

1 comentario:

J Rey dijo...

Yo tambien tengo un palito verde. Mientras otros estan mas avanzados, es mi ejercicio por ahora para honrar a Dios