sábado, 6 de agosto de 2011

¡No Tengo A Dios!


No tengo a Dios.

Pero sí tengo un dios.

No tengo al Dios del que la Biblia habla; ¡no puedo hacerlo! Yo no puedo contener en mis pequeñas manos a Aquél que es más grande que el Universo mismo. De hecho, según la Biblia, Dios nos tiene a nosotros, no nosotros a él: él sostiene al mundo—lo cual, por supuesto, nos incluye—en su mano.

Tal vez “tengo a Dios” sea sólo la expresión de un devoto religioso. Quizá sea solamente parte de nuestra jerga cristiana: “se nota que Fulanito tiene a Dios”. Probablemente, sea una frase sin mayor connotación.

Pero poco a poco va forjando una mentalidad.

Si somos completamente honestos con nosotros mismos al analizar el más profundo sentido de nuestras oraciones, seguramente descubriremos que hemos llegado a pensar que Dios tiene que cumplir mis deseos. Esto se demuestra en el intenso resentimiento que guardamos cuando la vida sigue una ruta distinta a la que teníamos en mente o cuando lo que queremos no se lleva a cabo. Aceptémoslo: nos molesta no tener el control. En consecuencia, hemos invertido de una forma muy creativa la oración de Jesús: ya no decimos “no se haga mi voluntad, sino la tuya”; decimos “que se haga mi voluntad, aún si no está de acuerdo con la tuya”.

Al pensar un poco más en mis oraciones cotidianas descubrí que he pasado mucho tiempo pensando en primera persona. Quiere tener a Dios, como se tiene un camafeo que se guarda en el bolsillo y se saca en la ocasión adecuada. En el fondo, quiero que Dios se someta a mi voluntad. Mis oraciones no son actos de rendición, sino propuestas de trabajo: yo le sugiero a Dios lo que debe hacer. Me es más fácil decirle a Dios lo que yo quiero que preguntarle “¿tú que quieres?”.

Lo reconozco: me cuesta someterme.

La razón es esta: tengo un dios.

Ese dios aparece en el espejo cada mañana y tiene mi nombre.

Ahora, cuando pienso en la invitación fundamental que Jesús hace a sus seguidores es negarse a sí mismo, entiendo su radicalidad. Porque tarde o temprano descubriremos que tiene que haber un sacrificado: o Dios o dios (es decir, nosotros mismos). En la vida no hay espacio para ambos. Hay un punto en el que tenemos que elegir por alguno de los dos. Existen instantes en los que no podremos decir ‘sí’ a los dos; tendremos que decidir a quién decir ‘sí’ y, por lo tanto, a quién decir ‘no’.

Creo que no es coincidencia que los discípulos hayan abandonado a Jesús justo en el momento en que venían a capturarlo. No lo abandonaron cuando había milagros cotidianos, o cuando los panes y los peces se multiplicaban, o cuando los cojos saltaban y los ciegos veían, o cuando las multitudes boquiabiertas se sentaban a escuchar al Maestro. Los discípulos abandonaron a Jesús en el momento en que su vida corría peligro. Se hicieron a un lado cuando la muerte abrió sus amenazantes fauces contra ellos. Prefirieron preservar su vida que acompañar a Jesús hasta la muerte.

Al decir ‘sí’ a ellos mismos, le dijeron ‘no’ a Jesús.

Los discípulos eligieron su propia vida; Jesús eligió la voluntad del Padre. Los discípulos tenían a Dios: era el camafeo que utilizaban según la conveniencia y que recibía sus aplausos en las tarde de gloria; Jesús, por contrario, sabía que Dios lo tenía a él: era un instrumento en las manos de Alguien mayor.

“Sometimiento” nos parece una palabra pasada de moda. Todo nuestro entorno nos hace creer que somos dueños de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de lo que queremos y de lo que no queremos. Al elegir lo que nosotros queremos, estamos haciendo una elección de sometimiento: a nosotros mismos. Porque la vida se trata de interminables elecciones de sometimiento, ya sea a nosotros mismos o a otros. Así que podemos pensar que “someterse” es arcaico, pero lo hacemos todo el tiempo. Por eso la invitación primigenia de Jesús es tan radical y tan cierta: nuestra existencia es un constante proceso de negación.

El asunto es si queremos negarnos a nosotros o negarlo a él.

No existen puntos intermedios.

Siempre será una tentación querer seguir manejando a Dios como un accesorio milagroso. Pero no tiene que ser así. Arriésgate a descubrir que perder la vida, en realidad, es encontrarla. No sigas creando un dios a tu imagen y semejanza; más bien acóplate al diseño del Creador. Abre tus ojos ante el hecho de que ya tienes un Dueño—que no eres tú—, quien quiere lo mejor para ti.


Por favor, no sigas teniendo a Dios; deja que él te tenga a ti.


©MiguelPulido

1 comentario:

Rafael Blanco dijo...

Muy buena amigo.