viernes, 13 de mayo de 2011

¡No Tienes Que Ser Caín!


Todos hemos visto a personas actuar con ira o hemos actuado con ira. La ira es poderosa. Sabemos que nos puede llevar por caminos de difícil retorno; nos guía por sendas muy peligrosas; nos puede impulsar a realizar actos de los que luego nos arrepentiremos. Además, la ira es muy personal e íntima: no todos nos airamos por lo mismo. Es posible que lo que a mí me aíra para usted sea una tontada (y viceversa). Así que, en ocasiones, podemos llegar a sentir que nadie más entiende nuestra indignación.

Sin embargo, la ira en sí misma no es pecado.

Pablo le recomienda a los lectores de la carta a los Efesios ¡que se aíren! (Ef. 4:26). Porque el problema no es airarse, sino lo que se puede llegar a hacer con ira. La ira es un indicador para nosotros. Nos dice algo sobre nosotros, sobre la situación o sobre los demás. Pero siempre debemos detenernos a hacer una pregunta: ¿Por qué estoy airado? Si algún día lo haces, te darás cuenta que responder esa pregunta no es tan fácil. Sobretodo cuando lo que nos molesta es simple: lavar los platos, recoger la mesa o subir la ropa al lavadero.

En los primeros días de la humanidad esa pregunta la hizo Dios. Y se la hizo a un ser humano. Para ser más exacto, se la hizo al primer hijo de los seres humanos: Caín[1].


La historia de Caín y su hermano, Abel, es enigmática, concreta y diciente. En unos cuantos versos el autor nos muestra el crecimiento exponencial del pecado de una generación a otra[2]. Nos habla, de hecho, del tremendo poder de la ira mal canalizada.

La historia cuenta que estos hermanos tenían oficios diferentes: Abel era pastor y Caín era agricultor. No hay ningún indicio en el texto que nos muestre que un oficio es más noble que el otro. No podemos inflar el pecho y decir que Abel era mejor que Caín porque era pastor. Tampoco es muy claro el porqué ellos deciden presentar una ofrenda (del hebreo “minjá”) ante Dios. Por alguna razón, ellos consideran que deben darle parte del fruto de su trabajo a Dios. Sin que exista un mandato o una tradición al respecto (claro que no había mucha historia hasta ese momento) ellos se presentan a Dios. Pero tampoco sabemos porqué Dios miró con agrado la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. Lo que digamos es pura especulación. ¡El texto no responde estas preguntas!

Pero hay otras cosas que sabemos.

El texto nos dice que Dios miró con agrado la ofrenda de Abel (lo cual da la idea de aceptación), no así la ofrenda de Caín. Esto aíra a Caín. Lo enfurece. ¿Por qué Dios mira dos ofrendas de formas diferentes? ¿Por qué Abel sí y él no? No obstante, Dios hace con Caín algo que no hizo Abel: habla. ¡Caín tiene una conversación con Dios! O más bien debería decir: Dios inicia un diálogo con Caín.

Dios quiere saber qué pasa con él.

Por eso le hace la pregunta que todo airado debe responder: “¿Por qué estás airado?”

No sabemos la razón por la cual Caín estaba airado. Él nunca respondió con sus palabras. Lo único que sabemos es que Dios le dijo a Caín que tuviera cuidado, porque estaba muy cerca del abismo. Estaba en la encrucijada de hacer el bien o el mal. Él todavía tenía la posibilidad de escoger. La ira es poderosa, pero no invencible. Todavía Caín tenía la opción de reflexionar, detenerse y volver por el camino indicado. O podía rendirse ante la indignación que latía en su corazón.

Porque siempre tenemos la capacidad de elegir. La ira no tiene la última palabra.

La encrucijada a la que se enfrentó Caín es esta: dominar la ira o ser dominado por ella. La primera es buena; la segunda es mala. La primera lo llevaría a la reflexión; la segunda lo llevaría al fondo del principio. La primera mostraba su atención a la voz de Dios; la segunda manifestaba el deseo de escuchar más a su corazón. La primera le presentaba una oportunidad; la segunda era un camino sin salida.

Ya sabemos lo que ocurrió.

Caín escogió la segunda opción.

Caín mató a Abel.

La ira es poderosa. Cuando le damos a ella el control podemos llegar a puntos inimaginables. Seguir la voz de la ira nos puede llevar por un camino totalmente distinto al de nuestra propia identidad. Podemos llegar a hacer algo completamente opuesto a lo que somos. Caín pasó de ser labrador a ser el primer homicida de la historia. Ya no era el que cultivaba para que germinara la vida desde la tierra, sino el que sembró sobre esa misma tierra la sangre del primer ser humano asesinado: su hermano.

El juicio divino ante este hecho nos demuestra que la pregunta de Caín (“¿Acaso soy guarda de mi hermano?”), para Dios, siempre tiene la misma respuesta: “Sí. Eres guarda de tu hermano”.

Todos somos guardas de nuestros hermanos.


Si lo piensas detenidamente, los más grandes perjudicados cuando la ira toma el control no somos nosotros mismos; son los demás. Siempre hay víctimas. Cuando la ira está al volante, tarde o temprano otra persona saldrá lastimada. Es nuestro hermano el primer opcionado para entrar al grupo que abrió Abel. Cuando la ira toma el control siempre termina dañando la vida de los demás. No le gusta hacer daños sólo en primera persona; también afecta al “tú”, al “él”, al “ellos”.

Así que la próxima vez que estés en una encrucijada ante la ira, te invito a que vuelvas a escuchar la misma pregunta que Dios le hizo a Caín: “¿Por qué estás airado?”

Detente. Reflexiona.

Trata de darle una respuesta adecuada.

Porque tú eres guardián de tu hermano. No tienes que dañarlo, lastimarlo o asesinarlo para descubrir esa verdad.


¡No tienes que ser Caín!


©MiguelPulido



[1] Puedes revisar la historia en Génesis 4. Creo que uno de los ejes sobre los que gira el pasaje es, precisamente, la ira. Tal vez no es el tema central, pero sí es uno de los hilos conductores. Lo digo porque (1) la palabra se repite a lo largo del pasaje; (2)se nos cuenta que eso fue lo que se generó en Caín; y (3) es el término que se usa en el comienzo del diálogo entre Dios y Caín.

[2] Bell, Rob.& Golden, Don. Jesús Quiere Salvar A Los Cristianos. Miami: Vida. 2009. P. 23.

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