viernes, 8 de abril de 2011

Lanzadores De Duraznos



Estaba con mi familia en la ciudad de Bogotá. Era una época en la que salíamos de una recesión económica bastante grande. No teníamos todo el dinero para hacer un mercado mensual (como ahora se suele hacer), sino que teníamos que recurrir al famoso ‘menudeo’: hacer mercado de a poco o cada vez que nos entraba algo de dinero. Obviamente, esto significaba ir a la tienda o al mercado en horarios tan diversos como la hora en la que pagaban. Recuerdo bien que casi siempre era en la noche.

En una de esas noches nos dirigimos a hacer compras en uno de los mercados más tradicionales de la ciudad. ¡A mi papá le habían pagado, así que debíamos aprovechar la oportunidad! Por eso, los cuatro (mi papá, mi mamá, mi hermana y yo) nos metimos en el carro para emprender la dichosa aventura de ir a comprar comida para la semana. Llegamos al lugar con una sonrisa en el rostro.

Pero pronto se nos borró.

El parqueadero estaba abarrotado de autos. No parecía haber espacio en ningún lugar. Todos los autos se habían confabulado para no dejarnos parquear.

Sin embargo, las cosas cambiaron.

Mientras mi papá buscaba un lugar donde parquear (porque el lugar no tenía estacionamiento privado), observó a un hombre que, a lo lejos, le hacía señas con su trapo rojo. Evidentemente, era un cuidador de carros. Estaba en un tremendo frenesí de llamado. Hacia sus señas con una tremenda fuerza, como queriendo que sólo nosotros nos parqueáramos en ese lugar. Mi papá siguió sus indicaciones. Se dirigió al lugar donde el hombre le indicaba y dejó el carro allí.

¡Por fin habíamos encontrado dónde parquear!

Al bajarnos del carro, el hombre dijo la frase típica de todo cuidador de carros bogotano: “¡Bien cuidado, mono!”. Eso no era anormal; lo anormal fue la petición que nos hizo a continuación: “Si me pueden colaborar con algo de comida, se lo agradecería”. Digo que era anormal, porque uno no espera una petición tan cruda y directa de estos personajes. Es común que ellos pidan dineros, un par de monedas, pero no algo de comida.

Entramos al mercado y empezamos a comprar lo que necesitábamos para la casa: leche, pan, huevos, carne, entre otras. Caminábamos por el pasillo tratando de mirar si había alguna promoción que nos ayudara a obtener más comida por menor precio. Efectivamente, la encontramos. En el pasillo de las frutas observamos que había una tremenda promoción de duraznos. ¿Quién desaprovecharía semejante oportunidad? Les puedo asegurar que mi papá no. Incluso aprovechó la promoción para tomar unos duraznos de más para el cuidador de carros.

Después de pagar la cuenta, le pedimos a la cajera que empacara un par de duraznos en una bolsita aparte. Entonces, salimos del supermercado. Todos llevábamos varias bolsas (por supuesto, yo llevaba más, porque soy el hermano mayor). Pero mi padre se hizo el absoluto responsable de la bolsita de los duraznos. Junto con todos los paquetes que tenía en la mano, allí estaba su bolsita. Ella ocupaba un lugar especial.

Llegamos al carro. El cuidador se acercó a nosotros y nos abrió la puerta. Ayudó a mi mamá y a mi hermana con sus paquetes. De hecho, también les abrió las puertas para que se sentaran. Después se dirigió hacia mi padre. De alguna forma, ambos sabían que faltaba algo, una “deuda” por saldar. Mi papá sonrió y le entregó al hombre la bolsita. Si mal no recuerdo le dijo un profundo “Dios lo bendiga” y entró en el carro. El hombre empezó a guiarnos hacia la salida, pero no miró el contenido del paquete inmediatamente.

Lentamente, mi padre empezó a alejarse de donde estaba el cuidador de carros. Todos sonreíamos en el carro; aparte de estar contentos por tener comida en la alacena, nos sentíamos orgullosos de haber cumplido una labor humanitaria: darle comida al que lo necesita. De hecho, no pude evitar mirar para atrás: no me quería perder la cara de este hombre cuando viera un par de duraznos en la bolsa. Me imaginaba que sonreiría. Pensaba que unas lágrimas se asomarían por su rostro al ver ese regalo. Lo menos que podía hacer ese hombre era dar un aplauso de gratitud ante semejante gesto de bondad (bueno, creo que ya estoy exagerando).

Pero no ocurrió nada de eso.

Sí, el hombre abrió la bolsa. Sí, vio lo duraznos. Pero, tan pronto como los vio, dirigió su mirada hacia nuestro carro, el cual se alejaba lentamente del parqueadero. Su mirada no era de ternura, gratitud o adoración; era una mirada de profunda rabia. ¡Ese hombre estaba airado! Así que cogió los duraznos y ¡bum! ¡Bum! Los tiró con todas sus fuerzas contra nuestro carro. Después, levantó sus puños con odio y empezó a gritar toda una serie de blasfemias que no vale la pena recordar.


¿Qué hace a una persona actuar así?

¿Por qué, si tenía hambre, terminó lanzando duraznos contra el carro de mi familia?

Estas personas no tienen un contrato o una escritura del sitio que cuidan. Sencillamente, tienen que conseguirse un trapo rojo, guiar a los carros a su lugar de parqueo y esperar que los conductores les den unas monedas. Algunos dan; otros no. Nadie tiene que hacerlo. Si la gente lo hace, en el fondo, es porque quiere, no porque le toca. No existe nada que obligue a los conductores a darles un par de duraznos a los cuidadores de carros. Es un acto de voluntad. Si se quiere, es un regalo.

Pero ese hombre no estaba conforme.

No estaba dispuesto a aceptar dos duraznos en una bolsita.


Creo que el gran peligro que todos corremos es convertirnos en lanzadores de duraznos.

¿Has visto personas que nunca están conformes? ¿Eres, acaso, una de ellas?

¿Has visto personas que nunca dicen “gracias”? ¿Eres, acaso, una de ellas?

¿Has visto personas que quieren más y más y más? ¿Eres, acaso, una de ellas?


Recuerda que no merecemos lo que tenemos: Alguien nos lo dio.

No hay comentarios: