viernes, 25 de marzo de 2011

La Historia De Las Cucarachas

A Laura: mi editora favorita


Un cambio de ciudad siempre implica ajustes. Significa adaptarse a contextos, en ocasiones, muy diferentes a lo que antes conocías. Es una verdadera transformación. Pues bien, uno de los ajustes que con mi esposa tuvimos que hacer en este proceso de adaptación era en nuestra relación con el medio ambiente.

En mi ciudad natal (Bogotá) el frío es un vecino al que saludas todos los días. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que vi a alguna cucaracha correr el riesgo de enfrentarse a la intemperie. De hecho, si en la noche estabas muy cansado como para lavar toda la loza de la cena, la podías dejar con tranquilidad en el lavaplatos para lavarla a la mañana siguiente. Era infinitamente remota la posibilidad de ver en la mañana a alguna cucaracha alimentándose de los residuos de la cena.

En Medellín es distinto.

Con mi esposa íbamos a recibir nuestro apartamento (en arriendo, por supuesto). La emoción latía entre nosotros. Recibí la llave como si fueran las escrituras del mismísimo Palacio De Nariño. Se me inflaba el pecho de sólo saber que era el primer apartamento de la familia Pulido Calderón. Abrimos la puerta con la solemnidad requerida para esos casos. Una lágrima quiso asomarse por mi rostro (pero yo no se lo permití). Ante nosotros se imponía el paisaje de lo que sería nuestro terruño de amor.

Pero algo nos hizo bajar del cielo a la tierra.

Al mirar el piso nos dimos cuenta que había varios punticos negros danzando entre las baldosas de casa. No eran uno, ni dos, ni tres, sino ¡decenas! Eran diminutos puntos sorprendidos por nuestra irrupción en su espacio. Ellos estaban asustados, pero yo no. Nunca había visto puntos negros moviéndose. Me parecía una escena hasta cómica. Sin embargo, en un acercamiento más detallado, descubrí una cruel verdad: los puntos negros no eran puntos negros, ¡eran cucarachas! Toda una turba de pequeñas cucarachas estaba en medio de un frenesí descontrolado en el piso de la sala de mi casa.

Así que decidí enfrentar mi destino. Como todo un rolo valiente…corrí a preguntarle a mi esposa sobre lo que se debía hacer en esta situación.

Nunca me había enfrentado a las cucarachas.

Ellas eran todo un mundo nuevo para mí.

Decidimos fumigar la casa mientras nos íbamos de luna de miel, pero no con los venenos del mercado. Contactamos alguien que elaboraba un pesticida natural que era muy efectivo y no afectaría nuestra salud. Este pesticida parecía un chicle de color hueso. Se adhería a las paredes o hendiduras donde pudieran salir las cucarachas. Este chicle llamaba la atención de los animalitos porque era como un manjar para ellos, de tal forma lo comían. Pero eso no los mataba. Lo que les generaba el mordisco de ese chicle era mucha sed. Así que irían a un lugar donde hubiera mucha agua o, en su defecto, morirían.

Cuando volvimos de nuestro viaje no pude evitar el movimiento involuntario de mirar hacia el piso tan pronto como abrimos la puerta de la casa. Otra vez vi algunos puntos negros. Pero esta vez no se movían. Yacían paralizados con sus diminutas patas mirando hacia el techo. Esa me pareció una escena trágicamente irónica: las cucarachas habían muerto por lo que tanto anhelaban.

Haberle dado un mordisco al chicle las hizo sentir sed. Y su sed destruyó su resistencia: ¡las mató!


Creo esta historia se repite con mucha frecuencia. En mi propia vida he observado que hay ciertas promociones que se me presentan como algo llamativo y hasta delicioso; tentaciones que tienen una apariencia bastante atractiva. Después de todo, si el chicle no fuera rico, nadie lo comería ¿no?

Día tras día nos enfrentamos a situaciones que se presentan como la respuesta a nuestra necesidad o a nuestros impulsos. Prometen saciar nuestras demandas. De hecho, nos gustan. Saben bien.

Yo sé que sabes de qué estoy hablando.

Porque, como yo, también las has probado.

Sin embargo, los dos sabemos que ese sólo es el principio.

Nadie lee las instrucciones que están al respaldo de esos “chicles”. Actuamos impulsivamente, tratando de acallar esa voz que nos grite para que le demos una mordida. De pronto nos prometemos que será sólo una mordida o que será la última vez. Pero ¿cuántas últimas veces han transcurrido desde entonces?

Por experiencia propia sabemos que esos chicles, en el fondo, producen sed. No cumplen todo lo que prometen. En su catálogo de presentación no exponen los efectos secundarios que producen. Aunque saben bien en el paladar, amargan el alma. Sólo hasta que los pruebas sabes que, de hecho, nos llenan momentáneamente. Después, viene un extraño vacío, un sentido de que algo no está del todo bien; es una especie de decepción por lo ocurrido.

El chicle siempre produce sed.

Entonces, tienes tres opciones:

1. Seguir comiendo del chicle. Aunque suena estúpido, no te preocupes; no serás un extraño. Existen muchas personas que siguen abrazando aquello que les arruinó la vida. Nunca dejan de comer “chicles”.

2. Rendirte. Dejar de luchar contra la corriente siempre es una posibilidad. También existen muchos que están en un punto intermedio: no siguen comiendo chicle, pero tampoco buscan agua.

3. Saciar tu sed con Agua, no con más chicles. Probablemente, llegues a dar otras mordidas; seguramente, habrá más últimas veces. La esperanza es que siempre podremos acudir a la Fuente. El chicle nunca saciará nuestra necesidad. Sólo el Agua puede calmar nuestra sed.


Aprendamos de las cucarachas.


No necesitamos morir para dejar de morder el chicle.