jueves, 13 de enero de 2011

Bello Insulto


Imagina que tienes que escoger un equipo. No importa si es un equipo de fútbol, de natación o un equipo de contabilidad para una multinacional. Deja que tu cerebro innove al respecto. Lo importante es que tú tienes que hacer esa elección. Estás a cargo. La responsabilidad está sobre tus hombros.

¿Quiénes pertenecerían a ese equipo?

¿Quiénes, obviamente, estarían? ¿Quiénes, evidentemente, se irían?

¿Escogerías a los fuertes o a los débiles?

¿Cuáles serían tus parámetros de juicio?


Siempre me han gustado los deportes. Tal vez (por no decir “seguramente”) no tengo un buen estado físico, pero definitivamente la actividad física me relaja y me emociona. Y aunque no sea muy diestro para los deportes, me gusta aprenderlos y jugarlos.

De hecho, el deporte fue una parte muy importante de mi vida.

Corrían los años 90. Eran tiempos mucho más simples. En ese entonces para aprobar la materia de Educación Física tenías que saber lo básico sobre las diferentes disciplinas deportivas que los profesores enseñaban. En mi caso tenía que aprender cuatro deportes: atletismo, fútbol, baloncesto y voleibol. Aunque no era el más diestro en los primeros tres, en el voleibol me iba muy bien. Aprendía con rapidez. Me movía como pez en el agua. Además, mi siempre particular estatura me daba una ayudita extra.

Fue en todo este ambiente que mi profesor me propuso ser parte del equipo del colegio. Así que empecé a entrenar con el equipo. Eran entrenamientos duros. Para ser honesto, eran algo más que exigentes. Trotábamos. Corríamos. Estirábamos. Sudábamos. Estudiábamos jugadas. Nos deshidratábamos (no siempre). Y, por supuesto, jugábamos voleibol.

A pesar de ser un régimen fuerte, lo disfrutaba.

Porque cuando amas algo no importa lo que exija.

El equipo al que pertenecí era realmente bueno. No lo digo porque fuera mi equipo, sino porque era verdad. De hecho, hoy en día varios de mis compañeros juegan para la selección Colombia de voleibol. Yo empecé a subir mi nivel hasta el punto que llegué a ser titular. Bien recuerdo que jugaba como rematador desde el centro. Fuimos un verdadero equipo de ensueño. Éramos tan buenos que ganamos el campeonato distrital. Derrotamos a todos y cada uno de los equipos de la capital que se enfrentaron contra nosotros. Y eso significaba que debíamos representar a Bogotá en los juegos nacionales.

Pero también significó que el técnico llamó a otros jugadores.

Y esos jugadores eran muy buenos.

Sin embargo, yo pasé dentro del grupo de los elegidos.

Miguel Pulido era parte del equipo que representaría a Bogotá en el campeonato nacional de voleibol en la categoría juvenil.

El lado oscuro de la historia es que sólo jugué en un set de un partido de todo el campeonato. El resto del tiempo me pasé observando al equipo desde la banca. Yo era bueno (estaba dentro del equipo), pero no era tan bueno (no estaba dentro del campo de juego). Estaba y, al mismo tiempo, no estaba. No cumplía con los parámetros del técnico para ser parte de los titulares.

Sólo era un suplente.

¿Te ha pasado alguna vez?

¿Has tenido que observar el partido desde la banca?


Pablo le está escribiendo a la iglesia en Corinto. En el primer capítulo de su primera carta está hablando de la locura que significa la cruz como la estrategia del Cielo para salvar a la humanidad. Los filósofos griegos (que ciertamente abundaban en una ciudad griega como lo era Corinto) consideraban que la verdadera de la libertad provenía de desarrollar la mente, el intelecto y la sabiduría. El fin del ser humano sensato era ser un mejor filósofo. Y es en ese contexto que Pablo les dice a los corintios que lo importante no es tanto el conocimiento que se tenga o la filosofía que se desarrollo, sino el hecho de estar cobijado a la sombra de la cruz. Ese es el plan de Dios. Por eso es que el apóstol les dice esto a sus lectores:

“También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada…”

(1 Corintios 1:28)

Ese es un bello insulto.

Porque si los que leen esta carta se consideran escogidos del Dios, entonces es porque son lo más bajo. El plan eterno de salvación no tenía su mira puesta principalmente en aquellos que eran el orgullo de su madre, sino en aquellos que eran observados por encima del hombro. Al Creador se le ocurrió la grandiosa idea de elegir a los rechazados, a aquellos que habían escuchado más “no” que “sí”, a esos que deambulaban las calles de la vida topándose con la fría madera de las puertas cerradas.


Él quiso que los suplentes jugaran de titulares.


Por eso es un problema cuando los hijos de Dios nos enorgullecemos de lo que somos y empezamos a considerarnos indispensables. Cuando los escogidos empiezan a mirar por encima del hombro, entonces es porque se olvidaron que son despreciados. Nunca podremos levantar el pecho y decir “somos escogidos” sin agachar el rostro y reconocer “…a pesar de haber sido despreciados”. Erramos cuando pensamos que merecemos el favor del cielo. ¡No merecemos nada!


Así que la próxima vez que pienses que no vales nada, recuerda el bello insulto. Recuerda que Él te dio un par de palmadas en la espalda cuando estabas sentado en la banca y te dijo: “quiero que juegues este partido”.

Y la próxima vez que pienses que Dios te debe algo, recuerda el bello insulto. Recuerda que tú también estabas sentado en esa banca. Él no dijo que debías jugar porque fueras el mejor, sino porque él quiso.


¡Qué preciosamente extraña es la Gracia!

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