viernes, 5 de noviembre de 2010

Medios De... ¿Comunicación?


Hace poco le dije a mi esposa que me gustaría tener un Black Berry. Ella se rió. Sin embargo, yo no entendí cuál era el chiste. ¿Qué tenía de chistoso querer tener un Black Berry? Entonces, le pregunté sobre cuál era el motivo de su risa:

—Porque nunca te desconectarías de ese aparato—me dijo—. Después de todo, te mueres por revisar tu correo electrónico constantemente y por estar conectado a Facebook.

En principio, semejante declaración me molestó. Pero luego salió a flote mi espíritu competitivo. Le quería demostrar que no era de esos esquizofrénicos que viven y mueren por actualizar su estado en cualquiera de las redes sociales a las que pertenece. No soy de los que necesitan conectarse a Facebook como si fuera una suerte de respirador artificial para un moribundo. Así que le propuse a mi esposa que no entráramos a Facebook por 3 días.

Ella, por supuesto, aceptó.

El primer día fue fácil. El segundo… no tanto. Ya en el tercer día me di cuenta que estar conectado a esa red social se me había convertido en una necesidad. Descubrí que algo tan trivial se había vuelto parte de mi cotidianidad. Noté que las preguntas respectivas empezaron a tomar un tono bastante existencial:

“¿Qué habrá pasado con Fulanito?”

“¿Qué será de la vida de Menganito?”

“¿Será que alguien me escribió un inbox que puede determinar mi vida de aquí en adelante?”

Mi esposa tenía razón…

Estaba caminando la delgada línea entre la necesidad genuina y la adicción compulsiva.

Ahora bien, eso no quiere decir que piense que las redes sociales son demoníacas, que Facebook es del diablo, que Twitter es el anticristo y que el Black Berry es la marca de la bestia. Son servicios amorales[1]; es decir, no son malos en sí mismos. No son ni buenos ni malos. Lo que los hace buenos o malos es el uso que les demos. Porque la moralidad es un asunto que recae en el campo de responsabilidad como ser humano. Yo puedo usar el Internet compulsiva o adecuadamente. Decidir entre una u otra opción es un asunto mío, no del Internet. El problema no está en el Internet; el problema está en mí. Y esta es una tensión cierta, real, común. Es una lucha—muchas veces inconsciente—con la que nos enfrentamos con más frecuencia de la que creemos.

Caminamos constantemente la delgada línea entre la necesidad genuina y la adicción compulsiva.

El problema es que nuestra naturaleza como seres humanos es tendiente a las adicciones.


Pablo entendió esta tensión en la que vivimos. Por eso, también habló de un asunto amoral: el vino. Porque si tomar vino fuera malo en sí mismo, entonces Pablo hubiera dicho que nos alejáramos de ello. Punto. Pero él le recomendó a Timoteo que tomara[2] un poco de vino por causa de sus problemas estomacales (1 Tim 5:23) y en la misma carta le dijo que los que servían en la iglesia no debían ser dados al mucho vino (1 Tim 3:8).

Una cosa es tomar un aperitivo; otra muy distinta es emborracharse a punta de aperitivos.

Sin embargo, es una línea muy delgada.

Y siempre es posible cruzarla.


Pablo comprendía que el ser humano es propenso a extralimitarse con los asuntos amorales.


Lo interesante es que no dio una metodología por cumplir; tampoco escribió “los siete pasos para el triunfo sobre las adicciones”. Pero no dejó a Timoteo a su suerte. Por el contrario, le dio un parámetro para aprender a caminar sobre las delgadas líneas de la posibilidad de extralimitarse. Pablo le dijo a su discípulo: “Sé ejemplo en las distintas dimensiones de la vida” (paráfrasis propia de 1 Tim 4:12). En otras palabras, “vive una vida digna de ser imitada en todo”.

Timoteo tenía que escoger: podía tomar un buen aperitivo o convertirse en un borrachín.

Debía ejercitarse en el arte de tomar decisiones sabias.

Porque es posible (con la ayuda de Dios) aprender a existir en medio de las tensiones cotidianas.


Confieso que me di cuenta que los medios de comunicación actuales pueden convertirse en medios de aislamiento. En ocasiones podía estar junto a mi esposa mientras estaba conectado a Internet, pero optaba con mucha frecuencia por chatear con alguien más por Facebook que conversar con ella cara a cara. Y digo que me estaba aislando porque—aceptémoslo—estar conectado a una red social puede ser uno de los ejercicios más solitarios e impersonales que hay. Me estaba aislando por hacer un uso irresponsable de un medio de comunicación.

Me había extralimitado.

Había hecho lo malo con un asunto moral.


El medio de comunicación me estaba aislando.

Paradójico, ¿no?


Y esto levanta toda una serie de preguntas:

¿Cuántas de nuestras relaciones por Facebook son exactamente las mismas cuando nos vemos frente a frente?

¿Has visto que hay gente que lo cuenta todo por chat, pero ni siquiera te saluda cuanto te ve?

¿No es cierto que es más fácil contar nuestras intimidades cuando de por medio hay un computador que cuando sólo tenemos ante nosotros los ojos de otra persona?

¿Has tratado de entablar una conversación cara a cara con una persona que está conectada a internet con su Black Berry? Es difícil, ¿no es cierto?

¿No es esa una especie de soledad velada?


¿Será que estos medios a veces nos aíslan de nuestro entorno?


¿Es posible desconectarse de los medios de comunicación—al menos por un momento—para poder disfrutar por un instante de la inmensurable riqueza de relacionarse con alguien que puedo ver directamente a la cara?


Esta es la esperanza: se pueden tomar decisiones sabias en medio de las tensiones cotidianas.


Siempre se puede hacer de lo amoral algo malo…o bueno.



[1] Con eso no quiero decir que todo lo que nos rodea es amoral. Evidentemente, hay cosas que sí pueden resquebrajar nuestra moralidad por su misma naturaleza. Pero hay cosas que pueden ser bien o mal utilizadas, y a eso es a lo que me refiero con “amoral”.

[2] Valga la pena recalcar que en el griego original lo dio como un orden. Esto es obvio en el hecho que el verbo principal de la oración (u`dropo,tei) está en imperativo.

1 comentario:

Steven Lopez dijo...

Es una buena reflexion....sobre todo porque muchoa estamos pendientes del face....jaja
ademas me gusto mucho...porque al final da una buena conclusion..yo puedo hacer de mi face algo que me ayude a formar relaciones..o solo aislarme aun cuando lo cuente todo a alguien en mi pantalla.
Finalizo..con resaltar la importancia de hablar con alguien cara a cara...Tal como lo dijo Miguel..