viernes, 19 de noviembre de 2010

Cantar Con Las Manos


El Apocalipsis es un libro complejo. No es fácil interpretarlo o entenderlo. La cantidad de conexiones que establece con el Antiguo Testamento y el apabullante lenguaje simbólico que utiliza son solo dos ejemplos de su complejidad. Y, como si fuera poco, al enfrentarnos a él tenemos que limpiar mucho del polvo de las malas interpretaciones que se han hecho de este libro por años. Si no me crees, hagamos la prueba con la siguiente pregunta:

¿Crees que el Apocalipsis habla exclusivamente de eventos futuros?


Si tu respuesta fue afirmativa, me acabas de dar la razón. Porque esa forma de entenderlo supone que Juan (el autor del Apocalipsis) no tenía nada para decir a su contexto, sino que pensó que su libro tendría relevancia para cristianos posteriores. ¿Será que Juan pensó: “esto que voy a escribir le va a servir bastante a unas personas que van a existir en unos dos mil años”? Eso es lo que suponen las personas que creen que Apocalipsis habla exclusivamente de eventos futuros.

Apocalipsis es mucho más complejo que eso.

No es libro que podemos domesticar con simplezas.


Sin embargo, una de las cosas más evidentes de Apocalipsis es la visión de Cristo exaltado. Las descripciones que Juan hace son gloriosas, inspiradoras y esperanzadoras. Mantiene una perspectiva de tensión, propia vida cristiana: vivimos entre la inauguración del Reino de Dios y la consumación total del mismo. Estamos entre un ya, pero todavía no[1]. En este momento degustamos una “probadita”; todavía no somos testigos de la manifestación final de la restauración de la Creación.

Dentro de sus descripciones, Juan incluye una que siempre me ha llamado poderosamente la atención. El texto bíblico dice así:

Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación.

(Ap. 5:9)

Y justo después:

Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos.

(Ap. 5:13)

¡Qué imágenes tan sobrecogedoras!

¿No te parece?

¡Todo el mundo, toda la creación, todo ser viviente, todo humano, todo lo que existe adorará a una a su Creador!

El plan original de Dios va a ser restaurado. Lo que se echó a perder con el pecado por fin será restaurado. Eso es esperanzador. Porque implica que Dios no ha renunciado a su plan original. La Creación será restaurada, no aniquilada. Este lugar al que llamamos hogar es valioso; la Creación sigue siendo buena en gran manera. El pecado no pudo opacar la bondad divina. El triunfo final será del Creador.

La Biblia termina como comenzó.

La creación estará en perfecta relación con su Creador.

Me encanta imaginarme ese momento. Me imagino a todo ser viviente adorando a Dios. Las indomables bestias del África doblegarán su poder ante el Buen Creador. Los frondosos árboles de la Amazonía se inclinarán (si se me permite la expresión) ante Dios. Los imponentes montes Pirineos quedarán opacados ante la gloria del Cordero. Y allí, justo allí, estaremos todos los seres humanos—provenientes de cada rincón del planeta—adorando al Señor, cada quien en su propia lengua. ¡¿Te imaginas cómo será eso?! Judíos y árabes, colombianos y filipinos, sudafricanos y canadienses, ingleses y japoneses: todos adoraremos a Dios en nuestro propio idioma.

Será un concierto de lenguas.


El fin de semana pasado tuve el privilegio de estar predicando en un retiro de jóvenes. Fue una experiencia maravillosa. Por una extraña razón que desconozco, cuando voy a este tipo de eventos termino recibiendo más de lo que puedo dar; aunque se supone que son ellos quienes van a recibir. Es la eterna paradoja de los que tenemos el privilegio de enseñar de vez en cuando: aprendemos más de lo que enseñamos. Y esta ocasión no fue la excepción.

Resulta que en el retiro había un jovencito sordomudo que se llamaba Juan. Mi primer contacto con él fue básicamente informal. Me lo encontré a la entrada de la mi habitación y lo saludé, pero, obviamente, él no me dijo nada; sólo me señaló la puerta del cuarto, luego me señaló a mí y luego se fue. Un primer contacto bastante raro, la verdad. Y como para esas alturas yo no tenía ni idea que él era sordomudo, entonces quedé más extrañado aún. Así que fui a donde la persona a cargo del retiro y le conté lo que me había pasado. Fue entonces cuando ella me dijo que Juan era sordomudo. Y seguramente debió ver mi cara de preocupación, ya que inmediatamente agregó: “pero puedes estar tranquilo, porque aquí tenemos una intérprete”.

Era la primera vez que tenía una experiencia de este tipo.

Cuando tuvimos el primer momento de alabanza me dediqué a mirar a Juan y a su intérprete. Noté que él llevaba el “bum, bum” del ritmo con su pie y, al mismo tiempo, hacía las señas que indicaba la intérprete con sus manos. Era muy coordinado. Movía sus manos con una destreza sorprendente.

Juan cantaba con sus manos.

Lo acepto: algunas lágrimas se escaparon de mis ojos.


Porque Juan me hizo ver una nueva dimensión de la esperanza que transmite el texto en Apocalipsis. Yo había pensado que la adoración de la gente de “toda lengua” no incluía a aquellos cuya lengua son las señas. No había pensado que también se podía oír la alabanza en el silencio.


Juan me enseñó que era posible.


Y me hizo pensar en que algún día estaré junto a él adorando a nuestro buen Dios…obviamente, cada uno lo hará en su propio lenguaje.


Yo hablaré y cantaré con la voz; él lo hará con las manos.



[1] Es lo que los teólogos han denominado la “tensión escatológica”. Si quieren aprender más en detalle sobre el tema recomiendo la lectura de los libros del Doctor N.T. Wright. Bueno, de hecho considero la lectura de cualquier cosa que encuentren de él. No se pierdan el privilegio de disfrutar de una profundidad como la que él emana en sus escritos.

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