sábado, 2 de octubre de 2010

Dios Parece Colombiano


La semana pasada fue muy pesada. Estuve sometido a una dosis de stress bastante más amplia que la común. Resulta que organizamos un evento de alta envergadura con un equipo espectacular. Sin embargo, como persona que estaba a cargo, me sentía particularmente responsable por el buen desenlace de toda esta historia. Sobre mis hombros descansaba un gran peso. De esos pesos invisibles que son imposibles de explicar, pero que todos conocemos perfectamente.

Pues bien, anunciamos el evento en todos lugares que pudimos, según nuestras capacidades. Pusimos a la venta los bonos de entrada, y empezamos a establecer contactos para saber un número promedio de cuántas personas nos acompañarían ese día. Estábamos presupuestando un mínimo de 250 asistentes.

Pero a tres días del evento teníamos ¡30 inscritos!

Las esperanzas no eran muchas.

Y el desespero hizo su aparición.

Para ser honesto, fue una semana sumamente difícil. Era presa de mucha tensión. Ni siquiera podía dormir bien durante las noches, aún cuando estaba cansado de todo un día de trabajo. Además, no entendía porqué sucedía tal cosa si habíamos estado trabajando duro para que todo saliera bien. No tenía sentido que a tres días de un evento tan especial la gente no hubiera tomado el tiempo para comprar sus entradas.

Así que me rendí. Seguí trabajando. Pero decidí esperar haber qué pasado en los siguientes días. La verdad, pensé que no pasaría mucho, porque si no había pasado en los días anteriores, ¿cómo iba a pasar a menos de 48 horas del evento?

¡Pero pasó!

El día del evento, de un momento a otro, aparecieron más de 180 personas en las mesas de inscripciones. Lo que se presupuestaba como un completo fracaso, en el último momento se tornó en una luz de esperanza. La gente había dejado para último momento la asistencia al evento.

Porque así somos los colombianos: solemos dejar las cosas para el último momento.


Hace poco me encontré con una historia en la Biblia que es bastante peculiar y conocida. Está en 1 Samuel 10-12. Allí el autor nos cuenta que Saúl es consagrado como rey de Israel. ¡El primer rey del pueblo de Dios! Ungido por Samuel, Saúl empieza a ejercer su posición de liderazgo. Sin embargo, el día de su proclamación real Samuel le dice que se dirija a Guilgal y que lo espere para ofrecer holocaustos y sacrificios, y para que Samuel le diga lo que debe seguir haciendo.

La tarea parece sencilla: Saúl sencillamente debe esperar.

Si seguimos leyendo la historia, veremos que Saúl es obediente, se dirige a Guilgal y espera a Samuel. El problema es que en ese sitio no estaba sólo Saúl, sino sus enemigos: los filisteos, quienes, evidentemente, no venían para hacer una fiesta de recibimiento para el nuevo rey; venían a hacerle guerra. Pasaron uno, dos, tres, cuatro y hasta ¡siete días! Y Samuel no llegaba.


Ahora, ¿qué hubieras hecho tú?

Imagínate que tienes al frente a todo un ejército que está dispuesto a acribillarte apenas se les dé la orden, mientras que estás esperando a venga el hombre de Dios que te dijo que le esperaras. Pero se está tardando mucho más de lo debido. La paciencia está a punto de desgastarse. Es entendible que sea un anciano, pero demorarse siete días es exagerado ¿no? Y a eso le tienes que sumar que todo el ejército que está bajo tus órdenes empieza, obviamente, a desesperarse.

¿Cómo actuarías?

¿Qué les dirías?

¿Seguirías esperando?

La Biblia dice (1 Sm 12-8-10) que Saúl decidió dejar de esperar: ofreció holocaustos y sacrificios. Pero eso era algo que no le incumbía. Un rey—por más rey que fuera—no estaba autorizado para realizar esos ejercicios rituales.

Pero eso no es todo.

En una escena profundamente irónica, el autor nos dice que justo en el momento en el que Saúl terminó de ofrecer los holocaustos ¡Samuel llegó! No se había acabado de disipar el humo del sacrificio y ya Samuel estaba presente. Saúl sólo tenía que haber esperando unos momentos más.

Samuel llegó en el último momento.


Yo no soy quién para juzgar a Saúl. Es una tendencia incorrecta el creerme más santo que él y cuestionarlo por no haber esperado a que el profeta llegara y, en consecuencia, ser desobediente a la voluntad de Dios. Porque yo he pasado por la misma situación que Saúl: he estado contra las cuerdas a punto de tirar la toalla. Es muy fácil decir que Saúl debía esperar para los que estamos de este lado de la historia. Pero es que nosotros sabemos cómo terminó todo.

Sin embargo, ¿qué podemos decir cuando se nos dice que esperemos cuando no sabemos cómo termina la historia?

¿Es fácil esperar en tu propia historia?

¿Es fácil esperar cuando no sabes que te espera?

¿Es fácil esperar cuando piensas que Dios no va a llegar?

¿Es fácil esperar cuando estás contra las cuerdas?

¿Es fácil esperar cuando tienes a un ejército al frente y tu entorno te pide a gritos que hagas algo?


En ocasiones, Dios parece colombiano: aparece en el último momento. Cuando ya no hay esperanzas a tres días del evento. Cuando tal vez ya has desesperado y has cometido errores. Cuando el humo del holocausto apenas se está disipando. Cuando ya sientes que esperaste mucho y trabajaste hasta donde tus fuerzas te lo permitían.

Recuerda que la confianza no se demuestra sólo cuando puedes nadar tranquilo en las aguas; se demuestra cuando la barca está a punto de hundirse.

No se demuestra sólo cuando te han nombrado rey; se demuestra cuando tienes a tus enemigos al frente.

No se demuestra sólo cuando aparece el número de gente que necesitas; se demuestra cuando las inscripciones son insuficientes.

No se demuestra sólo cuando vas ganando la batalla; se demuestra cuando estás contra las cuerdas.


Espera.


Tal vez Dios aparezca en el último momento.


A veces le gusta parecerse a los colombianos.

1 comentario:

Sara dijo...

Definitivamente... sos mi escritor favorito :)
te quoiero mucho migue, que buen escrito