domingo, 17 de octubre de 2010

Carta Divina (Un Imaginario)


Este escrito no pretende expresar una teología sistemática ni desarrollada. Evidentemente, muchos de los conceptos que se ven aquí son una mera visión personal, una concepción bastante vulgar y simplificada, pero no surgen de un estudio exhaustivo. Sencillamente, es un imaginario. Espero que se entienda como tal.


Hola,

¿Cómo estás?

Te escribo esta carta porque Miguel me dijo que era muy importante para él que la gente supiera lo que me ha estado ocurriendo. No sé qué tanto te ayude lo que vas a leer. Sencillamente, te voy a contar mi historia—o mejor, nuestra historia. Si eso te ayuda en algo para tu vida, entonces habremos ganado un punto extra. Pero principalmente te quiero contar mi historia para que me conozcas un poco más.

El sufrimiento es una realidad. Desde que el orden creado se dirigió en la dirección incorrecta, existe la posibilidad del dolor. Es una posibilidad latente con la cual la humanidad tiene que vivir. Y, aunque es algo conocido, no es controlable. El dolor es impredecible. Nadie presupuesta las dosis de sufrimiento que le llegarán a lo largo de su vida. Es una probabilidad escalofriante; algo que, para ser honestos, nadie espera.

Pero, de todas formas, ocurre.

Es bastante irónico que precisamente cuando amas estás más expuesto al sufrimiento. Digo que es irónico porque el amor es, al mismo tiempo, la realidad que más felicidad le puede dar a cualquier ser que esté en la capacidad de amar. Cuando amamos, somos felices. Cuando amamos, nos abrimos al dolor. Porque cuando amas, te haces vulnerable.

Piénsalo así: ¿Te duele más cuando te traiciona la persona a la que amas o cuando un desconocido te grita unas ofensas por la forma como conduces?

¿Quién es el que tiene más poder para herirte?

Ahora, el problema se amplía aún más cuando piensas que no sólo nos puede afectar negativamente lo que nos hacen aquellos que amamos, sino lo que les hacen a aquellos que amamos. Es decir, también nos va a doler el sufrimiento de los que están arraigados en nuestro corazón. Nos duele ver el dolor.

Especialmente, cuando se trata de nuestros hijos…

Mi hijo siempre ha sido muy especial. Un ser que desde siempre ha sido cercano a mi corazón. Aún recuerdo el momento en que nació. Parecía tan frágil, tan humano y, a la vez, el pequeño gran milagro de la creación. Porque toda vida es un milagro, ¿no es cierto? Sus ojos, sus manos, su tierno cuerpo y sus ininterrumpidos movimientos me cautivaban.

He amado, amo y amaré a mi hijo.

Creció como cualquier niño común. Sé que puedes pensar que digo esto sólo porque soy su padre, pero otros también aseguran que era muy inteligente y despierto. Tenía un pensamiento crítico muy agudo, pero eso no lo hacia orgulloso. Tenía el don de la humildad para relacionarse. Su conocimiento no nublaba su corazón. No sólo enseñaba; inspiraba. Desde sus primeros años era evidente su ángel—si se me permite la expresión.

Como lo dije, su capacidad con la gente lo caracterizaba. Ello fue un elemento esencial para que se diera a conocer. Su fama se fue extendiendo. Pero no se hablaba sólo de sus conocimientos, sino de él. Se convirtió en una figura pública. Incluso llegó a tener influencia política. Y, como era de esperarse, tuvo seguidores y contradictores. Contradictores mordaces, obstinados, tajantes, críticos.

Mi hijo tuvo contradictores que desearon asesinarlo…

Y lo hicieron.

Ver morir a un hijo es algo doloroso. Pero ver cómo matan a tu hijo es inexplicable. Ese día no se borrará de mi memoria. No es algo que se olvida así no más. El sufrimiento es punzante, aterrador. A menos que seas una máquina, es imposible no sentirse abrumado. Y ese día—por razones que algún día entenderás—yo estaba maniatado. No me era posible intervenir. Tuve que sufrir en silencio, y ver cómo lastimaban a mi hijo como si fuera un testigo no-presente. Las gotas de sangre que corrían por su rostro y por su cuerpo eran un incesante clamor de una ayuda que no podía ser brindada. Sin embargo, el dolor no menguó la valentía de mi hijo. Sufría. Pero era valiente. Esa era la torturante paradoja que él encarnaba en aquella tibia tarde.

¡Cuánto quise detener semejante masacre!

Eso hubiera hecho las cosas más fáciles.

Pero la vida no siempre funciona así.

Seguramente algún día te haz sentido así: abrumado por el dolor; maniatado por las circunstancias. Ver sufrir a alguien que amas sinceramente hace que el dolor te atropelle. Es como quedarse atrapado en medio de una estampida de animales salvajes. Y ahora súmale a eso que el sufrimiento de ese día fue injusto. ¡Mi hijo era inocente! ¡No tenía porqué pagar semejante precio! ¡Pero decidió hacerlo!

¿Qué hacer cuando el dolor es injusto, cuando en sencillamente parte de esta creación maltrecha?

¿Qué haces con ese dolor que no planeaste?

¿Cómo puedes responder a esas realidades abrumadoras y dolorosas?

¿Qué decir cuando todo se hace bien y aparentemente todo sale mal?

¿Cómo explicar el sufrimiento de los inocentes?

A veces el consuelo no se recibe cuando sacias intelectualmente tus necesidades. De nada sirve saber las razones o los propósitos de las cosas cuando se está sufriendo. La satisfacción intelectual no funciona cuando el dolor consume el corazón. Seamos honestos, son preguntas que no tienen una respuesta fácil. Las preguntas pasan a ser una forma de expresar la frustración, la inconformidad, el desespero, la incapacidad que produce el sufrimiento.

A veces sólo se necesita saber que alguien va a estar ahí.

La compañía es más significativa que las respuestas.


Si te sirve de algo, puedes contar conmigo. Te puedo entender. Después de todo, no sé como es el dolor sólo por conocimiento; lo sé por experiencia. He atravesado el camino del sufrimiento. lo que eso significa.


Con cariño,


Dios

1 comentario:

Sara dijo...

MIGUEL ANGEL PULIDO!!! QUE ES ESTO TAN BACANO!! WOW... MIGUE.. ME QUEDE SIN PALABRAS,ES UN ESCRITO QUE ESTREMECE BASTANTE!! QUEDE COMO PASMADA :)