viernes, 3 de septiembre de 2010

El Pagano Pueblo De Dios


Si algún día se te ocurre leer el libro de Jueces en tu Biblia, te encontrarás con uno de los libros más oscuros del Antiguo Testamento. Las historias que narran son macabras, terribles, algunas incluso son obscenas. Es uno de esos libros de los que un pueblo no se sentiría muy orgullo. Porque las historias que nos cuentan harían sonrojar hasta a Sodoma y Gomorra. La decadencia moral de Israel en esta época es obvia. Es evidente que el pueblo, y empezando por sus líderes, no se caracteriza por ser un ejemplo de santidad y el reflejo de Dios para las demás naciones. Israel no se convierte en un referente de rectitud. ¡Todo lo contrario! Su comunión con pueblos paganos lleva al pueblo a prácticas paganas y, eventualmente, a un modus vivendi pagano. En otras palabras, Israel se convierte en uno más de los pueblos cananeos. Su identidad pierde claridad y se fusiona pasmosamente con la de los demás pueblos. Y no sólo es un problema religioso o de metodología ritual. El problema es que Israel se olvida paulatinamente de su naturaleza como pueblo del pacto. Se convierte en una nación más del montón.

Israel hace lo que se supone que no debía hacer.


Israel se convirtió en una nación pagana.


El pueblo de Dios fue un pueblo pagano: El pagano pueblo de Dios.


Uno de los grandes puntos que tocan los estudiosos de las religiones comparativas del Medio Oriente Antiguo es la “novedad” que incluye la religión israelita de un Dios moral. Al leer los relatos de la creación del mundo o de las cortes de dioses notamos que la moralidad no es un tema de preocupación para las divinidades. El concepto de bien y mal está básicamente ausente. La vida del creyente promedio no era de la incumbencia de los dioses, siempre y cuando cumpliera con las demandas religiosas específicas según el caso. Había una clara división entre religión y cotidianidad.

Sin embargo, el Dios de Israel es diferente.

Cuando empezamos a escuchar la historia de los orígenes del mundo desde el concepto israelita nos podemos percatar de la revolución que están causando: ellos sostienen que su Dios es un ser moral. De hecho, el concepto de bien y mal es inherente nuestra realidad como seres humanos. El ser humano es un ser moral. Ello no depende de su oficio religioso, su posición política o el dios al que siga. El ser humano es moral por ser humano. La moralidad es parte del paquete cuando hablamos de una persona. Aparte de ser un concepto innovador, tiene implicaciones bastante complejas. Porque si decimos que todo ser humano es un ser moral, entonces la cotidianidad es parte de la relación con Dios. En otras palabras, no se trata de actos que sólo tienen que cumplir aquellos que están inmiscuidos de tiempo completo en los oficios religiosos; se trata de la gente del común, se trata de toda la nación. La correcta moralidad no es propiedad de unos pocos. Por eso es que se puede hablar de Israel como “nación de sacerdotes”. Porque la moralidad y el acto religioso van de la mano. Una cosa no se puede desligar de la otra.

Es en este contexto donde los mandatos de un libro como Levítico tienen sentido.

Si miramos el denominado “código de santidad” (Levítico 19) con detenimiento, nos daremos cuenta que el concepto de santidad no se limita exclusivamente al oficio religioso o es potestativo de unos pocos. Por el contrario, la santidad del pueblo se ve reflejada en la cotidianidad, en la simpleza, en el trato con otros, en el reflejar con la moralidad propia lo que es la moralidad divina. No es sólo un asunto de buen comportamiento. Se trata, más bien, de llenar la medida que implica tener un Dios moral.


Vez tras vez nos encontramos en el libro de Jueces el reclamo constante de la inmoralidad del pueblo. El problema de Israel no son las derrotas, aunque las hubo. El problema de Israel no es la presencia de un mal liderazgo, aunque la hubo. El problema de Israel no es la escasez de comida, aunque la hubo. ¡No! El problema de Israel es que empezó a vivir como si Dios no existiera. Y un tema tan sensible donde se reflejó, al menos en primera instancia, fue en la debacle moral de toda una nación. La pobre moralidad del pueblo es la señal más evidente de su lejanía del Dios de sus padres.

El problema de Israel no fue la muerte de Josué.

El problema de Israel fue olvidar.

Olvidaron la historia de quiénes eran. Se olvidaron de su esencia. Dejaron de contar la historia que les gritaba que eran el pueblo de Dios. Y ese fue su problema. Porque al olvidar su historia, se olvidaron de Dios. Y al olvidarse de Dios, se convirtieron en todo lo que se supone que no deberían ser.


Y eso levanta toda una serie de preguntas teológicas:

¿Por qué Dios insistió con un pueblo como este?

¿Por qué no renunció y sencillamente echó a una nación como esta por la borda?


¿Será posible que un libro tan oscuro nos grite con más fuerza una verdad que nunca debemos olvidar: Dios es fiel aunque nosotros seamos infieles?

¿Será que Dios no se cansa de insistir con Su pueblo nunca?


¿Qué lo motiva? ¿Por qué sigue estando presente? ¿Por qué sigue insistiendo con un pueblo tan incapaz?


¿Será que en la oscuridad es donde con más fuerza resplandece la gracia?


Porque siempre es un peligro olvidar esa parte de la historia…

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