jueves, 12 de agosto de 2010

¿Somos O Seamos?


Es extraño: cuando escuchamos tanto algo, tendemos a omitir su valor. Tendemos a dejarlo pasar por nuestra mente sin ni siquiera cuestionarlo. Sabemos lo que va a pasar.

Damos las cosas por sentado.

Ahora, eso también ocurre con nuestro acercamiento a la Biblia. Sobretodo si las has leído con frecuencia, has estudiado acerca de ella o has escuchado varias enseñanzas respecto a ciertos temas. Es fácil seguir esa tendencia. Ello no implica que, en consecuencia, nos debamos sentir condenados. Sencillamente, somos propensos a seguir ese comportamiento: recibir sin cuestionar. Y muchas veces, ¡ni siquiera recibimos nada!

Cuando nos acostumbramos a algo, olvidamos su valor.

Pasa en casi cada aspecto de la vida.

Piensa en tus amigos, tu novio/a, esposo/a, tu casa, tu auto, tu cocina, tu nevera, lo que hay dentro de tu nevera, la ropa que llevas puesta, tu computador, el servicio de internet que te permite leer esto, y un larguísimo etcétera.

El problema no es acostumbrarnos. El problema es perder la riqueza de lo que está ante nuestros ojos.

Pues bien, hablando de un texto bíblico muy conocido, me di cuenta que me había acostumbrado a él—o mejor, yo lo había acostumbrado a mí. Lo había domesticado en mi mente. Ya sabía cómo se debía aplicar y cómo se suponía que debía vivirlo. Su significado me parecía tan obvio, tan evidente. Estaba pasando por alto un detalle, el cual es de suma importancia. Incluso, estaba enseñándolo sin tener en cuenta ese detalle.

Estoy hablando del pasaje donde Jesús les dice a sus discípulos que son la sal y la luz de la tierra[1].

¿Cuál era el detalle que estaba omitiendo?

¿Qué era lo que había perdido de vista?

Puede que parezca una trivialidad. Pero descubrí que estaba descartando un asunto fundamental.

Cuando leía este texto o cuando lo escuchaba, sabía que la aplicación iba en el sentido de cómo ser sal y luz. Buscaba la forma de inspirarme para ser sal y luz. De hecho, cuando lo predicaba invitaba a la gente a seguir el mismo camino. “¡Seamos sal y luz!”—decía con entusiasmo.

Sin embargo, estaba equivocado.

Era algo que daba por sentado.

Pero lo que dijo Jesús fue diferente a lo que yo creía.


Cuando Jesús trasmitió este mensaje dijo: “ustedes son la sal de la tierra…y son la luz del mundo”.

¡La afirmación de Jesús va en una dirección diferente a la que yo consideraba correcta!

¿Por qué?

Porque es diferente “ser” a “poder ser”. Lo primero es un hecho; lo segundo es una posibilidad. Lo primero es una realidad; lo segundo es una invitación. Y esa diferencia—por pequeña que parezca—cambia completamente las cosas. Porque el mensaje de Jesús adquiere un matiz distinto.

Ya no se trata tanto de inspiración, sino de reflexión.

Jesús quiere que su audiencia piense no en lo que pueden ser, hacer o llegar a ser, sino en lo que son.

No los invita a querer ser; los invita a pensar sobre sí mismos.


“Sal” y “luz”—para un israelita del primer siglo—eran un par de palabras que contenían una gran riqueza de significado. Eran dos términos conectados a su llamado, realidad y constitución como pueblo de Dios. La sal era tomada como un símbolo de preservación no sólo en el sentido físico, sino que se relacionaba directamente con la santidad de Dios que el pueblo debía reflejar[2]. A eso súmale esto: en esa época no existía una nevera. Entonces, ¿cómo conservaban los alimentos? Por supuesto, con sal.

Por otro lado, ser luz era una metáfora muy poderosa que se vinculaba directamente con la esencia del llamado del pueblo de Dios: La nación que debía iluminar a las demás naciones. ¡Es el fundamento de su identidad!

Ahora, junta esa carga de significado con la declaración de Jesús: “Yo soy la luz del mundo”.

¿Qué significa eso?

¿Qué quiere decir Jesús?

Está demostrando que él cumple a cabalidad la esencia del llamado que Dios hizo al Israel de antaño. Y no sólo eso, sino que dice que sus seguidores adquieren esa misma identidad. En ellos prevalece el llamado que resuena desde los inicios del pueblo de Dios: son la sal y la luz de la tierra. No que deban serlo, sino que lo son. Si sigues a Jesús, es tu realidad.

Ello tiene implicaciones muy profundas.

Implica que el entorno (el mundo) no refleja si estamos haciendo bien o no nuestra tarea; refleja en realidad quiénes somos. El mundo está bien cuando la luz está colocada en el lugar que debe y no escondida bajo una mesa. De una manera muy directa, la gente que nos rodea nos habla no sólo de quiénes son ellos, sino de quiénes somos nosotros.

El problema no es tanto que no tengamos las estrategias correctas o los métodos acertados de alcance; tal vez el problema está en que hemos perdido de vista nuestra esencia.

Hemos pasado tanto tiempo en entender lo que dijo Jesús, olvidando fácilmente vivir lo que dijo Jesús.

También podemos dar sus palabras por sentado.


Y en ocasiones juzgamos tanto cómo nuestro entorno se desmorona. Pero olvidamos que ellos reflejan algo de lo que somos los seguidores de Jesús.


Porque la sal puede perder su sabor.

Porque la luz puede esconderse bajo una mesa.


Por eso la pregunta de Jesús sigue resonando con la misma fuerza:

“Si la sal pierde su sabor, ¿con qué puede recuperarlo?”




[1] Ese texto, si quieren mirar los detalles, está en Mateo 5:13-16. Si descubren algo más de lo que estoy tocando aquí, por favor, háganmelo saber. ¡La Biblia es un fascinante y profundo mundo!

[2] Hay varios textos del Antiguo Testamento donde se demuestra esto. Merece un estudio detallado al respecto para entender cómo se dirige este hilo temático en la historia y cosmovisión israelita. Véase, por ejemplo, Nm 18:19; Lv 2:13 y 2 Cron 13:5. Al leerlos todos observamos que el término no se refiere sólo a los sacerdotes del pueblo, sino ¡a todo el pueblo!

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