jueves, 5 de agosto de 2010

En El Silencio


Aquí estás.

Nadie habla.

La noche es densa, fría, indiferente. Puedes ver su espalda temblando por el frío…pero no es sólo el frío. Parece que hay algo más dentro de ese hombre. Su fuerte cuerpo de carpintero tiembla como el de un niño indefenso. Es terriblemente humano en esta noche. Atrás quedaron las tardes gloriosas en las que miles de personas lo seguían para escucharlo.

¡Qué tiempos aquellos!

Pero quedaron atrás. Son simples recuerdos. Y el pasado nunca es suficiente para sobrellevar el presente.

Ahora está aquí, justo una noche antes de su muerte.

Sus amigos están a unos metros de distancia, pero… ¡están dormidos! Sus compañeros de jornada, sus discípulos, sus seguidores, los seres más cercanos están dormidos mientras él pasa estos momentos de angustia. Una angustia que estaba atravesando completamente sólo.

¿Fueron minutos?

¿Fueron horas?

No lo sabemos.

Sin embargo, la ausencia casi absoluta de cualquier sonido hace más eternos los instantes. Por eso, si te detienes por un segundo a observarlo, te darás cuenta que quiere decir algo. Tenuemente sale de su boca la siguiente oración: “¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras” (Mc 14:36). Pero el silencio sepulcral que sigue a esas palabras casi se puede palpar en el ambiente.

El cielo guarda silencio.

Sólo eso puede escuchar: silencio.

¡Qué duro es cuando sólo se escucha el silencio!


El eco de esas palabras retumba en tus oídos y te hace preguntar:

¿Dónde está su fe?

¿Es esa la clase de oración que debe hacer el llamado Hijo de Dios?

¿No debería confesar la victoria en vez de resignarse a la muerte?


Pero escuchándolo a él, terminas escuchando tu corazón.

La resignación: esa es la palabra que has cambiado por la obediencia. La fe: ese es el título que le has puesto al cumplimiento de tus caprichos materiales. La oración, que ya no es un diálogo, sino una larga lista de peticiones que van dirigidas a una energía impersonal que se encuentra dentro de ti.

Eso escuchas en tu corazón.

La oración de este hombre te muestra que estás creyendo más en ti mismo que en Dios. Su oración desnuda tu corazón para mostrarte que tu fe no está demostrada en tu obediencia, sino que la has cerrado al marco de recibir todo lo que pides. Su oración—y sólo su oración—verdaderamente te muestra lo que es la oración: sometimiento a la voluntad soberana del Creador de los cielos.


Y sigues escuchando.

El viento paseándose por las ramas de los árboles es el único sonido emitido, mientras gotas de sangre delinean el rostro delirante de aquel mortal. Su angustia incontenible casi lo ha convertido en presa del pánico. La Creación admira reverente la escena, como clamando para que La Voz de los cielos se pronuncie. El Universo entero palpita—como si estuviera murmullando—para escuchar la respuesta a la oración de ese carpintero. Los ángeles del cielo dirigen su mirada hacia El Trono, mientras esperan que el Padre se pronuncie. Tan sólo ruegan por una palabra…

Pero el agónico silencio permanece inmutable.


Él lo sabía. Sabía que el silencio era en sí una respuesta.

La única respuesta posible.


Entonces, lo ves ponerse de pie.

La Voz se pronunció en el silencio. La copa no había sido pasada. La cruz era la única opción.

Para él. Para mí.

Para ti. Para todos.


Esa es la desconcertante realidad: el destino de la humanidad fue definido en el silencio…

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