miércoles, 7 de julio de 2010

Insuficientemente Buenos


Hace un par de semanas, una amiga me pidió que escribiera sobre una pregunta que ella tenía. Aparte de sentirme muy honrado (porque para ella mi opinión era importante), vi en esa pregunta un reto. Así que le pedí que me diera un tiempo para pensar al respecto. No creo que la mía sea la última palabra, pero quiero plasmar aquí mis conclusiones (preliminares) con relación a dicho interrogante.

La pregunta que ella me lanzó fue: “¿Por qué no es suficiente con ser bueno?”.

El asunto que está en juego tras de esa pregunta es: ¿suficientemente para qué o en relación a qué?

Ella se estaba refiriendo al hecho de ser tan buenos como para agradar a Dios y, en consecuencia, ganar nuestra salvación. Por ende, la bondad no es un concepto meramente subjetivo. La bondad es una realidad objetiva. En otras palabras, existe una medida que todo ser humano debe llenar. Y ese estándar no es impuesto por criterios propios, relativos y acomodados según la conveniencia, sino que es un orden inalterable que nos compete a todos.

Y ese concepto, para que cumpla con semejantes requisitos, sólo puede tener un nombre propio: Dios. Es decir, la medida de bondad con la que nos debemos medir es la perfecta, inalterable y absoluta bondad de Dios. Así pues, la pregunta toma este nuevo matiz: ¿qué tan bueno soy si me comparo con la bondad de Dios?

Ella estaba indagando por la esencia del cristianismo, de las enseñanzas de Jesús.

Su pregunta, por lo tanto, es fundamental. Así que, como cristiano, debo responder a esa pregunta.


Por lo general, definimos nuestra bondad comparativamente. Es decir, somos buenos en relación a alguien más. Por ejemplo, la mayoría de nosotros se considera más bueno que Adolfo Hitler (eso espero). No obstante, al compararnos con la Madre Teresa de Calcuta no creo que muchos, honestamente, ni siquiera daríamos la talla. Así, al ver los dos extremos, establecemos un parámetro promedio de lo que es la bondad y, en la medida de lo posible, tratamos de vivir correctamente. Algunos, entonces, se consideran buenos; otros, no tanto; otros, medio buenos y medio malos; y así sucesivamente.

Desde un punto de vista bíblico, la bondad también es comparativa: definimos nuestra bondad en relación a alguien más. Sin embargo, ese “alguien más” no es otro ser humano; es Dios.


Eso cambia radicalmente las cosas.

Porque la bondad significa perfección.

La medida que deberíamos cumplir es la de ser perfectamente buenos.


El asunto, entonces, se simplifica y al mismo tiempo se complica.

Se simplifica, porque ya nadie tiene de qué ufanarse. Si nuestra medida de bondad es Dios, lo más sensato (si somos honestos con nosotros mismos) sería no presentarnos al concurso de la persona más buena de la historia. Porque ninguno alcanzaría la medida. Todos sabemos que no somos absolutamente buenos. Todos caemos. Todos nos equivocamos.

Y se complica, porque ahora ninguno de nosotros puede, por sus propias capacidades, agradar absolutamente a Dios. No porque todo lo que hagamos sea malo, sino porque no todo lo que hacemos es bueno. Somos buenos por momentos. Y eso se traduce en que no podemos generar, por más buenos que seamos, un camino de acercamiento a Dios. Es como querer construir el edificio Empire State sólo por haber jugado a los Legos cuando éramos niños. Nuestra capacidad es insuficiente. Somos insuficientemente buenos. Lo cuál implica que no podemos generar una salida completa para nosotros. A lo sumo serán parciales. Nunca serán totales.

A menos que Alguien más nos ofrezca otra solución.


Algunos han dicho que la Gracia es la excusa perfecta para pecar. Sostienen que hay una dualidad entre la Santidad de Dios y su Gracia: son incompatibles. Dicen que el mensaje de Jesús no es exigente y no muestra la perfección de Dios.

¡Perdieron de vista la esencia!

Te invito a que un día leas el Sermón del Monte (Mateo 5-7). ¡Ese es un mensaje exigente! ¿O no te parece exigente que la mejor opción para el lujurioso—en palabras de Jesús—sea quitarse un ojo o perder un brazo?

Jesús nunca rebajó la Santidad de Dios. Jamás opacó la perfecta bondad divina. Y, por otro lado, no dio salidas fáciles. Demostró que el peor problema humano es el pecado. Amó al pecador, pero nunca condonó sus maltrechas acciones.

La Gracia no es la antítesis de la Santidad de Dios.

Es la única respuesta.

La única solución posible para seres imperfectos que desean acercarse a un Dios perfecto.

El evangelio no es la línea divisoria entre buenos y malos, sino que es la demostración que ninguno de nosotros es bueno[1]. Pero que aún así es amado incondicionalmente.


¿Por qué no es suficiente con ser bueno?

Porque nuestra bondad siempre es limitada.


¿Por qué no es suficiente con ser bueno?

Porque al descansar en nuestras propias obras podemos, con mucha facilidad, olvidar nuestra necesidad de la Gracia. Podemos olvidar que nuestra relación con Dios depende primordialmente de Su bondad, no de la nuestra.


¿Por qué no es suficiente con ser bueno?

Porque cuando nos refugiamos en nuestra propia bondad como medio para relacionarnos con Dios, caemos en el orgullo. Y el orgullo es contrario a la humildad, que es el fundamento para reconocer nuestra necesidad del perfectamente bondadoso Dios.


Tal vez el primer destello de verdadera bondad comienza cuando reconocemos nuestra propia maldad.



[1] Esta brillante idea la escuché en un hermoso sermón del Doctor Daniel Brown hace un par de semanas.

1 comentario:

Sara dijo...

COMO EXTRAÑABA LEERTE....
SIGUE ESCRIBIENDO, CADA VEZ ERES MEJOR MIGUE