miércoles, 21 de abril de 2010

¿Dónde Estás?


Los primeros seres humanos fallaron. Decidieron darle la espalda a los parámetros establecidos por el Creador. Optaron por seguir la seductora y convincente voz de La Serpiente.

En el ambiente se podía palpar un sentido de decepción. Después de todo, nuestros primeros antepasados descubrieron que las aparentemente bondadosas ofertas de la tentación no eran del todo ciertas. Su interior los delata. No tienen ese sentimiento de gallardía que está dentro de los personajes que descubren una novedad, sino un profundo sentido de vergüenza, el cuál nos empapa cuando sobrepasamos el límite de lo permitido.

Ese tipo de vergüenza que nos hace ocultarnos; que nos impide mirar a otros a los ojos con toda libertad.

La primera pareja humana ya no se sentía cómoda consigo misma ni con lo más íntimo de sí: la desnudez propia.

Desde entonces, nadie ha asociado la vergüenza con algo bueno. A nadie le gusta sentirse avergonzado. La vergüenza no es deseable. Por el contrario, funciona como una señal que nos hace recordar que no todo está como debería. La vergüenza es una brújula que emite su señal de aviso cuando hemos perdido el rumbo.

Sin embargo, escuchar esa señal no necesariamente nos reubica automáticamente.

Por lo general, cuando escuchamos esa señal estamos tan desubicados que no sabemos cómo retomar el rumbo. Por eso es que algunos optamos por guardar silencio y no le contamos nada a nadie, porque “podemos manejarlo todo nosotros mismos”; otros se sumen en un profunda depresión, que los aísla de su entorno y les hace creer que todo está terminado; otros optan por ceder a los vicios y las adicciones (propias de nuestra raza) en un deseo (muchas veces inconsciente) de autodestrucción; otros deciden esconder su confusión tras una amplia capa de hipocresía moralista, la cuál tarde o temprano los lleva a creerse mejores personas que los demás.

En los primeros humanos, en todo caso, la vergüenza generó una reacción simple.

Sencillamente, se ocultaron.

La vergüenza produjo en ellos el deseo de esconderse.


¿Será que todas las posibles reacciones a la vergüenza, en el fondo, develan el mismo deseo de nuestros primeros padres de ocultarse?

¿Es posible que sigamos tratando de escondernos?


Aún así, piensa por un momento en esta idea:

¿Puede el ser humano ocultarse de Dios?


La respuesta no es tan fácil…


El autor de Génesis dice que Dios estaba paseando en el jardín del Edén y vio algo que no encajaba en el cuadro. ¿Dónde estaba el hombre? ¿Dónde estaba la mujer? Así que decide hacer una de las preguntas más profundas que haya podido escuchar cualquier oído humano: “¿Dónde estás?”

A veces, en mi muy limitada capacidad comparativa, me imagino esta escena como un niño que juega a las escondidas con su padre. Seguro que la has visto. Ponen sus manos sobre sus ojos (ya que un par manitos tan pequeñas no son capaces de ocultar todo un rostro), y piensan que eso los hace desaparecer de su entorno. Sus manitos son un refugio perfecto para no ser descubiertos. Según ellos, se ocultaron. Pero, obviamente, están a la vista de todos. Y, aún así, el padre, para seguirle la corriente, hace la pregunta mágica: “¿Dónde estás?”

Ahora, evidentemente lo que ocurre en el Edén no es ningún juego. Sin embargo, la pregunta del padre es la misma para el niño. No hace la pregunta por ignorancia, sino por gracia.

Gracia es la palabra que utilizamos para definir cuando Alguien nos busca aún cuando le hemos fallado y lo sabe.

Y las cosas no se hubieran podida dar de otra manera. Porque la gracia es el punto opuesto de la vergüenza.

La vergüenza nos hace pensar que todo está perdido; la gracia nos muestra que todo puede volver a empezar.

La vergüenza nos hace crear un vestido; la gracia nos provee abrigo.

La vergüenza nos aleja; la gracia nos invita a acercarnos.

La vergüenza nos lastima; la gracia nos restaura.

La vergüenza nos recuerda que estamos desubicados; la gracia nos ayuda a reubicarnos.

La vergüenza nos oculta; la gracia nos descubre.

La vergüenza revela los planes de La Serpiente; la gracia emana el amor de Dios.

Porque Dios no rechaza al pecador, sino que lo busca. Dios provee vestido para que el pecador se cubra de su vergüenza. Dios no se avergüenza de buscar al avergonzado. Dios da el primer paso en búsqueda de aquél que está sumido en el pecado.


En el interior de la gente religiosa prevalece la idea de que las personas deben estar bien para acercarse a Dios[1], mientras que las líneas de La Escritura irradian precisamente lo contrario: Dios busca al pecador maltrecho. Dios busca al ser humano en su vergüenza. Y ese es el punto en el que el cristianismo se diferencia de otras religiones: no es una forma de hallar a Dios, sino que es la predicación de esta verdad impresionante, asombrosa, misteriosa y alucinante: Dios busca al hombre. Por eso, cuando seguimos la tendencia de hundir a las personas en la vergüenza que les produce su culpa, estamos yendo en contravía del camino establecido por Dios. En otras palabras, la condena sin restauración nos hace ser más como La Serpiente que como nuestro Creador.


Ese Creador—el Eterno Buscador—que siempre sigue haciéndonos la misma pregunta:

“¿Dónde estás?”



[1] Esta idea está presente, aunque tocada desde otro punto de vista, en el extraordinario video “Rain” de Rob Bell.

2 comentarios:

Catalina dijo...

BRUTAL!!!!
Me encantó lo que escribiste, y muchas cosas me cayeron como anillo al dedo en este momento.

Te felicito por tu blog...gracias por compartirlo conmigo

Sara dijo...

¿Dónde estás?
se quedó retumbando en mi mente....
me encanta...