lunes, 5 de abril de 2010

Cambiar La Pregunta


Todos hemos sufrido. Aún si unos han sufrido más que otros, el dolor sigue siendo real para cada uno. Y lo más irónico es que, aunque sabemos que vamos a sufrir, nos sigue doliendo el sufrimiento. En otras palabras, saber sobre el sufrimiento no necesariamente nos prepara para afrontarlo. Porque el sufrimiento tiene la facultad de imposibilitarte a ver otros caminos, otras salidas. Te hace pensar que no hay más caminos por recorrer o más salidas por buscar.

El sufrimiento es una realidad humana poderosa e ineludible.

Y, como si fuera poco, es más frecuente de lo que quisiéramos. Algunas veces llega en dosis tolerables. En otras ocasiones nos atropella como una estampida de animales salvajes.

El sufrimiento es una constante en la historia humana. Sus diferentes dimensiones han acompañado a nuestra raza desde sus inicios.

Hace poco leí el libro de Job. Antes lo definía como una biografía, pero ahora lo veo como una colección de diálogos, en especial entre Job y sus “amigos”[1]. Diálogos bastante poéticos. Diálogos que presentan diferentes perspectivas sobre el sufrimiento y la calamidad. Diálogos que pasan fácilmente a ser análisis teológicos y antropológicos de las desgracias humanas. Diálogos que en su mayoría, para ser sincero, me chocaron.

Porque es molesto cuando el sufrimiento se convierte en un motivo de diálogo.

La persona deja de ser alguien para ser un simple tema de conversación.

Es fácil analizar las razones, los motivos, las posibles soluciones, las respuestas, las verdades teológicas que se esconden detrás del sufrimiento de ese alguien. Tendemos a pensar (como los “amigos” de Job) que el infinito, misterioso e incomprensible Universo de Dios se rige por una eterna ley de causa y efecto: si te pasa algo malo es porque hiciste algo malo; sufres porque te lo mereces. Estamos convencidos que todo ocurre por alguna razón y, para colmo de males, ¡nosotros sabemos cuál es!

¿No es eso arrogante y, en un sentido, deshumanizante?

¿Qué hace que dejemos de ver a las personas como alguien (ser humano) para empezarlas a ver como algo (un tema de conversación)?

¿Será posible el acompañamiento sin análisis?

¿Por qué es casi imposible sencillamente ‘estar ahí’ sin necesidad de entablar una cantidad inaudita de diálogos que muchas veces no tienen ninguna respuesta real?

¿Por qué es tan difícil guardar silencio ante el sufrimiento?

¿Será que la línea entre el orgullo (creer que podemos dar una respuesta a todo) y la compasión (identificarnos con la miseria del otro) es tan delgada que la podemos pasar fácilmente?


Hacia el final del libro de Job, Dios entra en escena. Se hace parte de los diálogos. Pero no para atacar a Job por expresar sus sentimientos, su desespero o su desolación, sino para confrontarlo en su humanidad. Porque, después de todo, el sufrimiento no es tan fácil de encasillar: por un lado, no muestra el abandono de Dios y, por otro lado, no siempre es la consecuencia de un castigo divino. Hay toda una serie de posibilidades que oscilan entre esos dos extremos.

El sufrimiento tiene matices impredecibles, incalculables y excepcionales.

No obstante, cuando Dios entra en escena no responde cada pregunta de Job. No le explica porqué pasó todo. Tampoco le expresa el propósito por el cuál sufrió. Sencillamente, vez tras vez, lo único que hace Dios es mostrarle a Job quién es él (Dios).

¿Acaso Dios ignora el sufrimiento humano?

¿Tiene algo que ver el conocerlo a él con el porqué de nuestros sufrimientos?

¿O será que tiene todo que ver?

¿Será que debemos cambiar de parecer y comenzar por mirar a alguien más que a nosotros mismos?


El libro termina con Job rendido a Dios con esta oración saliendo de sus labios: “De oídas te había oído, pero ahora te veo con mis propios ojos”. Su pregunta dejó de ser “¿por qué me pasa todo esto?” y pasó a ser “¿a dónde puedo dirigir mi mirada?”

Job cambió de parecer. Cambió la pregunta.

Dejó de ver a Job para centrarse en Dios. Y así, paradójicamente, se pudo ver a sí mismo mejor que nunca. Descubrió que el sufrimiento no refleja a un Dios mezquino o sádico; ni siquiera muestra a Dios como un policía cósmico que espera que nos equivoquemos para juntar todo el dolor del mundo y mandárnoslo por correo directo. El sufrimiento, en el caso de Job, era una prueba diabólica. Y, para todos, el sufrimiento hace parte de nuestra humanidad. Si estás vivo, lo vas a enfrentar. El sufrimiento pasa. Y el reto seguirá siendo el mismo: transformar el “¿por qué me pasa esto?” en “¿a dónde puedo dirigir mi mirada?”.

A veces, lo único que vas a necesitar es cambiar la pregunta.

Cuando nos centramos en Dios, probablemente descubriremos que sí le importamos. Tal vez el sufrimiento nos lleve a experimentar a Dios de una manera tan única, especial y personal, que de otra forma seria imposible. Probablemente descubriremos que su corazón no se cansa de amar, cuidar y fortalecer al que lo necesita.


Porque a él no le importan tanto las razones; le importan las personas.



[1] Lo pongo entre comillas porque esa es la pregunta que queda abierta al terminar de leer el libro: verdaderamente, ¿qué tan amigos eran los “amigos” de Job?

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