viernes, 19 de marzo de 2010

Tu Nombre


Esa noche era peculiar. Jacob había llegado a un punto crítico de su existencia. Había dejado de ser parte de su familia para convertirse en un prófugo. Estaba cerca del límite de sus fuerzas.

La Biblia nos cuenta que Jacob está luchando con un hombre, de quien nunca sabemos el nombre. Durante toda la noche lo único que hacen es eso: pelear. Jacob sale herido, pero no deja ir a su oponente; por el contrario, le pide que lo bendiga. ¿Qué lo bendiga? Es bastante extraño, ¿o no? En ese momento yo pensaría en otras opciones, pero seguramente no le pediría al tipo que me acaba de herir que me bendiga. Yo trataría de devolverle el daño que me hizo; le pagaría con la misma moneda. O, dadas las circunstancias tan oscuras que atraviesa Jacob, le pediría que acabara con mi vida de una vez por todas. Después de todo, no hay nada que perder. Yo deseo salidas, esperanzas, respuestas, un cambio de vida, ¡pero no que me bendigan!

Jacob recibió la bendición de la primogenitura, pero parece como si eso no hubiera servido de nada; por el contrario, es como si le hubiera traído cada vez más problemas. El último que lo bendijo fue su padre, pero esa bendición generó todo este caos. Para Jacob, la bendición no se ha convertido en un motivo de gozo, sino en el gran martirio de su vida. De hecho, ¡Esaú, su hermano, lo quiere matar por haber recibido esa bendición!

Para Jacob, la bendición no es precisamente el oasis en medio del desierto.

Sin embargo, ¡Jacob pide otra bendición! ¿Por qué?

Además, la bendición que el hombre le da a Jacob es cambiarle el nombre. No le da una cátedra sobre la importancia teológica de la bendición; tampoco pronuncia un sermón sobre la importancia del legado que va a seguir de aquí en adelante; ni siquiera saca a la luz un corolario de beneficios por la bendición impartida. Simplemente le pregunta el nombre y le da uno nuevo.

Un nombre.

Una bendición.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Para la cultura del Cercano Medio Oriente Antiguo, el nombre era mucho más que un conglomerado de letras que ayudaban a distinguir a las personas. El nombre era la identidad. El nombre de una persona, de alguna manera a veces misteriosa, revelaba quién era. Cuando alguien te preguntaba el nombre no sólo quería saber cómo llamarte, sino que quería saber quién eras.

El nombre ‘Jacob’ proviene del verbo hebreo ’aqab, que significa ‘engañar’ o ‘suplantar’. Da la idea de aprovecharse de la situación para tomar ventaja. Es el que toma el pedazo más grande del pastel cuando ve la oportunidad. Así, por definición, llamarse Jacob es ser un engañador, un suplantador, un aprovechado. Las expectativas que se impusieron sobre Jacob definitivamente no han sido defraudadas.

Cada vez que escucha su nombre, escucha su destino, su vocación y también su mayor desgracia.

Jacob ya no quería seguir con el destino que su nombre le había impuesto; deseaba romper los parámetros que habían sido escritos en su alma desde el mismo momento de su nacimiento. Por eso es que el cambio de nombre más que un acto social, se convierte en una profunda transformación personal: es una bendición. “Ya no tienes que seguir llamándote engañador—le dice este hombre—, te llamarás Israel”.

El nombre ‘Israel’ significa ‘el que pelea con Dios’, lo cuál es muy sugestivo si estamos pensando en descubrir la identidad del personaje con el que Jacob está contendiendo. El nombre sugiere que ese personaje anónimo con el que peleaba Jacob es Dios mismo. Aunque no se lo revela cuando Jacob le pregunta, este hombre sí le muestra quién es. Es decir, la pregunta “¿por qué preguntas mi nombre?” tiene una respuesta en el nuevo nombre de Jacob.

Así, una forma de entender la pregunta no es como una evasión, sino como una pregunta retórica: “¿por qué me preguntas mi nombre? Tú ya sabes la respuesta. Tú nombre contiene mi nombre”.

Ya Jacob no tiene que ser el engañador que huye, que se esconde, sino que será el que es capaz de hacerle frente a Dios. Dejó de ser el que escapa para convertirse en el que persevera aún al enfrentarse al Señor mismo.

Su nombre siempre le recordará su transformación.

Su nuevo nombre es una bendición.

Su nuevo nombre le recuerda no sólo quién es él, sino que le permite vislumbrar algo de quién es Dios: el que es capaz de cambiar los nombres.


Tal vez nos parecemos a Jacob mucho más de lo que pensamos.


Cuando nos acercamos ante Dios, venimos con un pasado marcado (positiva o negativamente) por lo que han dicho (otros o nosotros mismos) de nosotros, por los nombres que nos han impuesto. Son como etiquetas que marcan nuestra identidad: “incapaz”, “inteligente”, “inútil”, “deportista”, “bueno para nada”, “soñador”, “alcohólico”, “homosexual”, “buen hijo”, “drogadicto”, “divorciado”, “adoptado”, “cristiano”, “ateo”, “mal hijo”, “buen padre”.

Lo que se dice sobre nosotros es muy poderoso. De alguna forma, empieza a determinar lo que pensamos de nosotros mismos y, aún más, guía lo que somos.


¿Cuál es tu nombre?

No me refiero a cómo te llamas; estoy hablando de quién eres. ¿Qué es lo que otros, o aún tú mismo, han dicho sobre ti?

Con esto en mente, te vuelvo a preguntar:

¿Cuál es tu nombre?

Por favor, nunca olvides que Dios siempre está dispuesto a cambiar nombres. Tal vez esa sea la mejor bendición que te puede dar.


La pregunta es: ¿estás dispuesto a cambiar de nombre?

2 comentarios:

Sara dijo...

Nunca me hubiera dado cuenta de la profundidad de ese encuentro que tuvo Jacob con aquel personaje... que bacano.. en serio que nota que Dios pueda cambiar el significado de lo que somos... en todos los aspectos...
MIGUEL ANGEL!!! SOS UN TESO (QUE NO SE TE SUBA EL EGO JEJE)
mmm creo que tu nombre perfecto seria:
הוא שמציל חיים של אחד לעזאזל

gabriel dijo...

hey buenisimo puli.