sábado, 23 de enero de 2010

Vale La Pena Morir (Parte 3): Los Hombres En El Matrimonio


Al entrar en este punto no debemos perder de vista el marco general que se nos presentó en Efesios 5:21: el sometimiento mutuo. Si tenemos eso en cuenta, entonces vamos a ver que la responsabilidad del hombre dentro del matrimonio es aún mayor que la de la mujer (tristemente, nuestro entorno nos ha hecho pensar que las cosas son al revés). A la mujer se le recordó el respeto que implica el sometimiento. Ahora al hombre se le suma algo más: debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. Es decir, el hombre se debe someter y debe amar.

Una vez más, Pablo echa mano de la relación Cristo-iglesia para mostrar cómo debe ser el amor del hombre por su esposa. Así como Jesús entregó su vida por la iglesia, el marido debe estar dispuesto a dar todo de sí por su mujer. Debe darle el mismo valor que Jesús le dio a la iglesia al morir por ella. De la misma manera que Jesús valoró a su cuerpo (la iglesia), el hombre debe amar a su esposa. Ella tiene un valor suficiente como para que alguien entregue todo de sí por amor a ella. Pensar en algo menos es tan antinatural como el hombre que aborrece su propio cuerpo.

El principio que sostiene el amor del esposo por su esposa es simple: Ella es alguien por la que vale la pena morir.


Mujer, vale la pena morir por ti.


No tienes que demostrarle a nadie nada. No tienes que andar buscando el amor en relaciones que lo único que hacen es dañarte la vida. “Eres suficientemente buena tal como eres”[1].

Recordarlo tal vez sea difícil. Oír esa voz con todo el ruido del entorno se hace cada vez más complicado. Pensar en algo diferente va a ser la tentación que te persiga. Pero debes luchar contra eso. Aún cuando nuestro entorno nos hace creer que la mujer más bella es la que más muestra, la que revela más de sí, la que está dispuesta a usar su cuerpo para obtener una relación sexual que las haga sentir amadas.

Nada está más lejos de la realidad.

Cuando las relaciones sexuales se convierten en una búsqueda, hay un problema. Porque la relación sexual es la manifestación final de algo que se ha encontrado. Es el sello final que certifica la relación entre esas dos personas como algo profundo, sincero, íntimo, verdadero y amoroso. Cosificar a una mujer a ser un juguete de diversión sexual es sencillamente aberrante.

Nadie moriría por un juguete. Por una mujer sí vale la pena morir.

Todo hombre que decide casarse está llamado invertir toda su existencia en ella. Esa única persona que vale tanto como para entregar toda la vida por amor. En lo que se refiere al matrimonio, el hombre está llamado a seguir las pisadas de Cristo: tener una razón de suficiente valor como entregarse hasta la muerte. Significa tener incrustado en el corazón el nombre de ese alguien por el que estoy dispuesto a dar todo lo que soy porque la amo. Para Jesús ese nombre era Iglesia. Para mí ese nombre es Laura. ¿Cuál es ese nombre para ti?

Creo que aquí podemos encontrar el mejor argumento para defender la monogamia: la vida solo se puede dar una vez por una sola persona. Después de todo, descubriremos que una vida no va a ser suficiente para hacerla feliz. Te pasarás el resto de tus días dando todo de ti por recordarle a ese tesoro el invaluable valor que tiene.

Nuestro machismo cultural, unido a la lujuria y el hedonismo (culto al placer) propios de nuestro entorno, nos ha hecho pensar que esta verdad en sencillamente una quimera, una ilusión. Pensamos que el hombre es más hombre por la cantidad de mujeres con las que se acueste. Pero eso es algo antinatural. Deshumanizante. No en vano, pienso yo, a este tipo de personas se les califica como ‘perros’. Porque son seres humanos que se comportan como animales: se guían sólo por sus instintos. Y eso, como última consecuencia, lleva a las personas en un camino de muy difícil retorno.

Empiezas a escuchar que esa persona es incapaz de amar. Se le hace imposible comprometer e invertir su vida en una única relación.

Pensamos que ese hombre es más valiente, porque no involucra sus sentimientos. Pero, otra vez, nada está más lejos de la realidad. Ese hombre es un cobarde: tiene temor a ser herido, a mostrarse vulnerable. Es una persona incapaz de sacrificarse por otro. No está dispuesto a morir por ninguna de esas mujeres con las que durmió. Es un egoísta que fundamenta su existencia en el placer que puede ganar de ellas. Un ser humano que se deja guiar sólo por sus instintos. Un hombre que se convirtió en un perro. Un ser humano hecho un animal.


La promiscuidad deshumaniza.


Todos sabemos que una relación sentimental es exclusiva; no se comparte con otras personas. Aunque no está escrito en un contrato, la pareja sabe que es un acuerdo inquebrantable. Ese el orden de las cosas. Eso es lo correcto. Es la manera de restaurar la humanidad que Dios creó. La fidelidad, la exclusividad y el amor de un hombre por una mujer nos permiten degustar el plan original de Dios.

Por eso nos emocionamos tanto cuando alguien decide casarse. Aunque después de años lo olvidemos, todos sabemos que el amor entre esas dos personas nos transmite esperanza. Nos recuerda el elevado proyecto de Dios desde el principio de los tiempos.

Siempre es maravilloso ver a un hombre que está dispuesto a morir por una mujer.

Tal vez por eso en las ceremonias matrimoniales se conjugan con tanta facilidad sonrisas y lágrimas de alegría.

Y la Biblia, según nos mostrará Pablo, también celebra el matrimonio.

Continuará…



[1] BELL, Rob. Sexo. Dios. Miami: Vida. 2007. p. 123. Notarán que muchas de las ideas reflejadas en este escrito provienen de este impresionante, excelente, fascinante y precioso libro. Recomiendo con urgencia su lectura.

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