jueves, 7 de enero de 2010

Un Mesías Que Se Baje De La Cruz (Parte II)

Cuando estaba almorzando con el joven que me hizo recordar la película ‘La Pasión de Cristo’, él me preguntó si la cruz había sido tan terrible. Él tenía la idea que la muerte de Jesús no había sido tan sanguinaria. Lo más dramático que había escuchado era ‘el sermón de las siete palabras’ en Semana Santa. En su mente no cabía que la cruz fuera algo tan salvaje, tan sucio, tan violento.

Yo le tuve que responder que esa era la realidad. La cruz sí fue salvaje, sucia y violenta.

¿Se podía esperar menos del imperio romano, el cuál tenía como su principal carta de presentación para la conquista el temor infundido a la fuerza?

La muerte para ellos se había convertido en una forma de diversión. El circo romano así lo demostraba. Ver a una persona devorada por animales no producía angustia, ¡hacía divertir a la gente! La cruz, entonces, como castigo para los criminales, se convertía en un medio indicado para descargar toda la barbarie que alberga la naturaleza humana. Jesús murió en un espectáculo que alimentaba la saña propia de nuestro género. La gente aplaudía mientras este hombre derramaba su sangre por cada una de las heridas que tenía su cuerpo. No se bajó de la cruz; a Jesús lo bajaron de la cruz tras su muerte.

Mel Gibson (director de ‘La Pasión de Cristo’) tenía razón: el sufrimiento de Jesús en la cruz fue algo terrible.

Pero la cruz, en su fondo, demuestra la realización completa de todo lo que Jesús había enseñado. Él no sólo propuso una agenda; vivió la agenda. Amó a sus enemigos. Oró por los que lo maldijeron. Caminó la segunda milla. Perdonó hasta setenta veces siete. No sólo habló del Reino de Dios; lo vivió. La cruz es la síntesis más perfecta de la propuesta del Mesías.

El Calvario te demuestra que es posible vivir lo que dices y no sólo morir por eso.

Y eso siempre tiene un precio.

Cuando las personas le estaban pidiendo a Jesús que se bajara de la cruz, en realidad estaban demostrando una especie de esperanza: anhelaban un Mesías que no fuera a una muerte tan deplorable. Ese no era un precio aceptable. “Si eres el Mesías, bájate de la cruz”. Un Mesías era Mesías debajo de una cruz, no sobre ella.

Pero ¿qué pasa si la cruz era el propósito del Mesías? ¿Qué pasa si la muerte es el precio por seguir los pasos del Maestro? ¿Qué pasa si ese es el precio?

Al pie de la cruz, pueden pasar dos cosas: o le pides a Jesús que se baje de allí, o decides seguir sus pisadas. Esencialmente, la decisión es simple: le pides a Jesús que sea lo que tú quieres que sea, o aceptas ser lo que Jesús quiere que tú seas. Puedes hacer un Mesías a tu imagen y semejanza o puedes rendirte y reconocer que él tiene la razón y, por lo tanto, tú estabas equivocado.

En mi opinión, al pie de la cruz se encuentran dos puntos de vista opuestos: el del que rechaza y el del que acepta; el que pide a Jesús que baje de la cruz y el que dice “verdaderamente, este es el Hijo de Dios”. La muerte de Jesús produce ambas reacciones. De hecho, cualquier decisión implica tanto rechazo como aceptación: si rechazo a Jesús, entonces acepto que yo estoy en lo correcto (aún si estoy equivocado); y si acepto a Jesús, entonces rechazo tener la razón. Como lo expresó Bonhoeffer, “en el fondo, sólo existen dos eventualidades en el encuentro del hombre con Jesús: el hombre o bien ha de morir, o bien ha de matar a Jesús”[1].

Siempre existirá la posibilidad de pedirle a Jesús que se baje de la cruz. Siempre es más llamativo un Mesías que se baje de la cruz.

Asimismo, la invitación a aceptar un Mesías que muere como un criminal en un madero siempre está abierta.

Se nos ha dado el privilegio escoger uno de los dos caminos. No hay un punto intermedio.

La siempre impresionante escena del Calvario nos recuerda que el Mesías se hizo maldición por nosotros. Cargó en sus hombros los fracasos de la humanidad. Sufrió en su cuerpo los azotes de nuestro pecado.


Ese era el precio.

El precio por ti. Por mí. Por ellos. Por todos nosotros.


Nos guste o no, Jesús no se bajó de la cruz.


El verdadero Mesías no tenía que bajar de la cruz para demostrar quién era.



[1] BONHOEFFER, Dietrich. Escritos Esenciales. Sal Terrae: Santander. 2001. p. 70.

2 comentarios:

gato dijo...

Miguel que biene stas escribiendo, el texto conjuga una buena teología y una agradable narración que atrapa. Te felicito y no dejes de escribir....
Demos gloria a DIOS por ese Mesias que decidió no bajar de la cruz..

Sara dijo...

eso te iba a decir migue... pues bueno este no es mi escrito favorito tuyo pero todos me han parecido muy interesantes y faciles de entender...... esa es la teologia que me gusta... la que se hace entendible para los que no son teologos...... te admiro muchisimo sigue escribiendo me encanta!!!!!