lunes, 14 de diciembre de 2009

Los Niños Y 'La Regla de Oro'

La semana pasada estuvimos en una actividad especial con los niños de la iglesia a la que asisto (por eso no subí nada al blog, ya que estaba muy ocupado). Hicimos varias actividades bastante divertidas: preparamos pizza, practicamos jiujitsu, vimos películas, fuimos al planetario, entre otras muchas cosas. Y fue estando con esos niños que pude reflexionar sobre la radicalidad de una de las propuestas de Jesús.

Estábamos en el bus que nos iba a llevar a uno de nuestros destinos, cuando ocurrió lo inesperado (o, hablando de niños, ¿lo siempre esperado?): un pequeño niño comenzó a ofender a otra chica de su edad. Él está en esa edad en la que las niñas son los objetivos militares de cualquier movimiento masculino…y viceversa. Los niños odian a las niñas y las niñas odian a los niños. Juran solemnemente que jamás tendrán un noviazgo y, mucho menos, se casarán. ¿Recuerdas esa edad? Seguramente se te dibujó una sonrisa en el rostro al hacerlo.

Sus ofensas no eran punzantes ni agudas— como las de los adultos—, pero no por eso dejaron de ser hirientes para la pobre víctima. Aunque los insultos sonaban tan ‘inocentes’ como “huevo podrido”, “silla de buseta”, y cosas por el estilo, la niña estaba verdaderamente molesta. Y estalló. Llevó su queja ante el encargado, o sea, yo.

Así que, como era de esperarse, me enfrenté a un complejo dilema:

¿Dejaba todo como estaba (total, era una cosa de niños) o tomaba parte en el asunto y le decía al inquieto chiquillo que respetara a la niña?

Entonces, en un acto de valentía, decidí encarar al niño. Lo insté a respetar a la niña. Y le recordé, como suele hacerlo cualquier adulto en un momento como estos, la famosa ‘regla de oro’ que enseñó Jesús: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.

El niño se retractó y pidió perdón.


Fin del conflicto.


Sin embargo, tras pensar y recordar un poco, me di cuenta que la propuesta de Jesús no había sido “no hagas a los demás lo que no quieres que hagan a ti”. De hecho, fue completamente al contrario. Jesús no lo dijo en sentido negativo, sino en sentido positivo: “Has a los demás lo que quieres que te hagan a ti” (Mateo 7:12). No se trata solamente de no hacer el mal; se trata de ser generadores del bien.

Es diferente. Es más complejo. Es la radicalidad de la propuesta de Jesús.

Puedes pensar que esta diferencia no es la gran cosa, pero la verdad es que así estamos predicando un principio que discrepa con la enseñanza de Cristo. Eso, de hecho, fue lo que Jesús tanto criticaba de los religiosos y legalistas de la época: acomodaban los principios bíblicos a su antojo. Porque el legalismo es una suerte de monstruo que ocupa uno de dos extremos, según su propio beneficio. Por un lado, reglamenta detalladamente algunas responsabilidades. Por otro lado, es convenientemente laxo con otras responsabilidades.

Esa fue la crítica de Jesús a los fariseos. Porque el legalismo y el espíritu religioso esconde tras sus fauces una doble moralidad:

Una doble moralidad que pone las reglas por encima de las personas.

Una doble moralidad que a veces va más lejos, a veces se queda corta; es torpe para encontrar un equilibrio.

Una doble moralidad que condena a alguien por recibir la sanidad un sábado y, de la misma manera, crucifica al que amenaza las bases de su reino de opresión selectiva.

Una doble moralidad que en su fondo esconde la incapacidad humana de cumplir con las demandas propias de la santidad de Dios.

Una doble moralidad que es la fachada perfecta para evitar relacionarse con un Dios santo y lleno de gracia.

Una doble moralidad que, como lo expresó Jesús, “¡cuela el mosquito y se traga el camello!” (Mateo 23:24[1]).


Una doble moralidad que, al verla en otros, descubre mi propia tendencia hacia el legalismo.


Uno de los grandes problemas del legalismo, desde mi punto de vista, es que tiene la capacidad de ocultarse detrás de una cortina de términos espirituales o piadosos. Es natural enseñarle a un niño que no le haga a otros lo que no quiere que le hagan. Suena “cristiano”. Pero no es bíblico. De hecho, en la mente de Jesús, al declarar la famosa ‘regla de oro’ era, precisamente, que sus seguidores no fueran sencillamente reactivos al sistema. Jesús quería que sus seguidores fueran generadores del bien. En esta ocasión, el legalismo se había quedado corto.

Porque es más fácil reaccionar al mal que generar el bien.

Probablemente, ese ha sido el problema fundamental para que el cristianismo sea tan irrelevante en nuestro entorno. Nuestra voz no se escucha, ya que sólo reaccionamos (a veces de manera poco inteligente) ante las propuestas del entorno. No propusimos, por ejemplo, programas a favor de la vida, sino sólo hasta que el aborto se convirtió en una opción legal.

No reaccionar al mal con el mal puede resultar fácil. Es una cuestión de resistencia.

El reto de Jesús, sin embargo, es más complejo. Es la oportunidad de hacer el bien por nuestros semejantes. Es el privilegio de promover la bondad en un entorno hostil. Es el honor de ser generadores de una revolución de gracia.


Es la invitación a seguir el camino del Único que nos ha demostrado el alto precio que se debe pagar por vivir ‘la regla de oro’ a cabalidad.



[1] Si se quiere estudiar la crítica de Jesús, en forma sucinta, al doble moralismo que encerraba el legalismo farisaico, recomiendo la lectura detenida del capítulo 23 del evangelio de Mateo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Miguel, esta muy buenos tus artículos y en especial este donde lo da una pequeña radiografía de lo que somos algunas veces los creyentes gente que solo ve lo malo, para censurarlo, pero no hacemos nada bueno.

godfordummies dijo...

Muy buen post, gran verdad.

lianaju_22 dijo...

Migue la verdad te felicito, y es un gran exito, nos dejas grandes enseñanzas

Te quierooo muchooooo

S.V.A dijo...

migue estan demasiado buenos tus articulos te felicito no se como de cosas tan simples llegas a sacar enseñanzas tan importantes para la vida. me encanta la forma como redactas tus historias de una manera realista pero divertida impidiendote dejar de leer en la mitad de la historia. te kierooo