miércoles, 4 de noviembre de 2009

Piedras, Jabalinas Y Un Poco De Metal (Segunda Parte)

David se encuentra frente a Goliat. Antes que comience el enfrentamiento, Goliat se burla de la situación. ¡¿Cómo es que un muchacho con rostro de modelo de pasarela viene a enfrentarse en una batalla a muerte?! Y no sólo eso, sino que ¡ni siquiera tiene la decencia de venir vestido para la ocasión! ¿Así es como el pueblo israelita pretende ganar?

David, entonces, le ofrece a Goliat un discurso que encierra dos puntos fundamentales de la fe judía: (1) Dios actúa en la historia y (2) lo hace de maneras inesperadas o que van, incluso, en contra de la lógica humana.

Tras esto, el filisteo avanza para acabar con David. Pero, en un acto de habilidad, el muchacho israelita toma una piedra, la coloca en su honda y la dispara justo a la frente del filisteo.

El gigante se desploma muerto.

Dios volvió a actuar en la historia, aún cuando las apuestas estaban en contra de los suyos.

Y es por esta vía donde podemos encontrar la relevancia de esta historia para nuestra agitada vida en el siglo XXI. No se trata simplemente de decir que todos tenemos un gigante al cuál vencer. Tal vez sea cierto, pero este no es el texto para hablar de ello. Se trata, más bien, de dos realidades fundamentales que trascienden los tiempos y las culturas.

(1) Dios actúa en la historia.

Cuando David escucha las blasfemias del filisteo, decide que él va a silenciar al gigante de una vez por todas. Su confianza descansa en que ha podido matar a los predadores que vienen a acabar con el rebaño de ovejas que está protegiendo. Sabe que estos triunfos se han dado porque el Señor Dios lo ha cuidado a él. David reconoce que sus victorias descansan en la realidad de un Dios que actúa en la historia. David confía en un Dios que ha actuado en su historia.

“Pero, David—podría objetar alguien—, las reglas aquí son diferentes. Que Dios te haya librado de unos animales no quiere decir que te vas a salvar en una lucha militar”.

Es entonces cuando David mostraría que estamos viendo el asunto al contrario. Es natural pensar que la confianza en Dios va a ser real al atestiguar algo apoteósico. Si David hubiera matado a Goliat, entonces podría tener la confianza para matar a un león. ¡Pero David dice exactamente lo contrario! Porque así nos recuerda que son esos cientos de cosas “pequeñas” las que en realidad nos ayudan a ver la magnitud de la bondad de Dios.

Piénsalo así: ¿Qué es más sorprendente: que el Dios de todo el Universo derribe a un gigante en la mitad de la guerra o que te proteja en un apartado punto del desierto? Ambas son sorprendentes, verdaderamente. Pero la lógica de David nos muestra que confía precisamente en Dios porque ha cuidado de él en lo más íntimo, en lo más “pequeño”. David ha conocido en su historia que el Dios que abre el mar en dos, también cuida del hijo más pequeño de una familia numerosa.

Así, David nos muestra una nueva dimensión de la fe: aquella que se fundamenta en la historia.

Tendemos a alabar a Dios por lo que puede hacer o hará—y eso no está mal—, pero lo que hace David es recordar lo que Dios ha hecho. Nuestra seguridad del futuro debe descansar, precisamente, en el hecho que Dios no nos ha olvidado. La fe, por lo tanto, no es una espera vacía de un futuro incierto, sino una confianza sincera en un Dios que ha demostrado ser fiel. Por eso, un pilar fundamental de nuestra fe debe ser la realidad de un Dios que ha actuado en la historia, en nuestra historia.

(2) Dios actúa de maneras inesperadas.

No siempre la historia va a decir que cayó fuego del cielo; en este caso nos cuenta de un muchacho que venció a un gigante con una piedra. A veces, por esperar lo primero, pensamos que Dios no actúa en lo segundo. Consideramos que todo milagro debe ser impresionante, pero así nos podemos perder la obra del Señor en lo sencillo. Aún así, todos somos testigos de ese tipo de milagros.

Los soldados israelitas habían pasado tiempo en el campo de batalla antes que llegara David. Ellos habían visto la superioridad de los filisteos. Sabían que las jabalinas de madera jamás podrían vencer las espadas metálicas. Ellos esperaban que la salida para un conflicto militar se diera por un medio militar. Cuando se pasa mucho tiempo en la guerra, se llega a pensar que la única forma de ganar es teniendo la ventaja militar. Por eso le recriminan a David. Sin embargo, este muchacho les recuerda algo:

Habían aprendido cómo funcionaba la guerra, pero habían olvidado cómo actuaba Dios.

Habían perdido de vista lo esencial. El temor los devolvió a una visión limitada de la situación. Lo único que veían era a Goliat. Había olvidado que Dios salva por encima de las estrategias militares.

Pero llegó David.

Y les demostró que esa realidad seguía vigente.

Siempre se puede olvidar que Dios salva sin necesidad de armas de corto o largo alcance.

Probablemente, la situación de unos israelitas temerosos refleje una tendencia muy humana.

Nos acostumbrarnos a lo que vemos. Nuestro universo, generalmente, pasa a ser una constante ley de causa y efecto: si hacemos esto, entonces resultará aquello. Pasa en la guerra, en el amor, en el trabajo, en el ministerio o en cualquier área de la vida. Los problemas vienen cuando ese orden, de alguna manera, se altera.

Los israelitas vieron a Goliat, pero sabían que no le podían vencer. En el universo de la causa y el efecto es evidente que iban a perder. Sólo se puede vencer a un filisteo vestido de metal con más metal. Como mínimo, cualquiera esperaría ver surgir un militar diestro en el manejo de la espada para que fulmine al gigante.

Sin embargo, David derrotó a Goliat con una piedra... y sin metal que lo recubriera.

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