jueves, 8 de octubre de 2009

El Puma Con Síndrome De Down Y La Iglesia

Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar un zoológico junto a unos amigos. Era un lugar bastante grande y tenía en sus haberes una diversidad impresionante de animales salvajes. Había, entre otros, leones, tigres, osos, gatos monteses y pumas. Sobretodo, había muchos pumas. A lo largo del recorrido, había cerca de cuatro puntos en los que se podían ver pumas. Pero el puma que más me llamó la atención estaba en la primera jaula de pumas que se encuentra en el camino. ¿Qué hizo a ese puma tan llamativo?

Este puma rugía todo el tiempo, siendo que los pumas por lo general sólo rugen para atacar. Este puma rugía cuando veía gente, cuando no la veía, cuando sentía muy cerca a otros pumas, cuando se sentía demasiado solo, cuando veía un suculento plato de carne servido a la mesa, cuando no había nada para comer. ¡Este puma rugía por todo! Aparte de eso, no era un rugido profundo, agudo y retador—como es el rugido común del puma—, más bien era chillón, torpe y desesperante. Sonaba como el gruñido constante de un gato con laringitis. Al principio causaba curiosidad escucharlo, pero después de un tiempo la rutina de sus rugidos se volvía desesperante.

Cuando estábamos a punto de seguir nuestro camino tras este desconcertante paso por la jaula de este puma, llegó el encargado de los felinos. Se acercó a la jaula, y el puma, por fin, dejó de rugir. Además, el puma se aproximó a los barrotes de la jaula para dejarse tocar por este hombre. En una escena sencillamente conmovedora, el puma de los rugidos chillones calló para tener un momento de quietud junto al ser con quien se sentía seguro. El tiempo se detuvo para regalarnos ese instante de la historia.

Entonces, el encargado de los felinos nos contó que este puma era especial: tenía una alteración genética que lo hacía diferente a los otros pumas. Si fuera un ser humano, este puma lo catalogaríamos dentro de aquellos que tienen el síndrome de Down. Su alteración genética había afectado su crecimiento en todo sentido. Desde el mismo día de su nacimiento, se podía ver que este no era un puma normal: no tenía garras, era mucho más chico que los demás y tenía un rugido peculiar y constante, lo cuál va en contra de la carta de presentación de cualquier puma. Lo más triste es que su madre, instintivamente, lo rechazó y lo trató de asesinar. Sabía que su hijo no podría sobrevivir como puma, por eso intentó acabar con su vida cuando tuvo la oportunidad. Después de todo, ese es el destino que le corresponde a un puma con síndrome de Down.

Pero llegó el encargado de los felinos.

Y lo salvó.

Llevó al puma a su casa. Lo cuidó, lo mimó y lo vio a crecer. Y después de un tiempo, corrió el riesgo de llevarlo a una jaula para que viviera con otros pumas. Ahora no lo intentaron matar, pero nunca le permitieron estar cerca de ellos. Sólo lo observan, pero no se le acercan. Lo dejan comer, lo dejan vivir. Sin embargo, ese puma nunca va a ser uno de ellos. Siempre será el puma con síndrome de Down. Su alteración genética siempre clamará por encima de su naturaleza como puma.

Pero todos los días llegará el encargado de los felinos para recordarle que su vida vale la pena. Ser un puma con síndrome de Down, después de todo, no es una barrera para que ellos, a su manera, tengan una relación.

He llegado a pensar que, como iglesia, todos tenemos algo de ‘pumas’.

Nos sentimos seguros con los que son iguales a nosotros, por eso cuando llega alguien diferente es complicado aceptarlo. Es natural que queramos estar con otros pumas que puedan correr, saltar y comer como cualquier otro puma. Los pumas quieren estar con pumas. Así nos sentimos seguros, tranquilos, rodeados. Después de todo, el orden correcto, natural, siempre nos provee un ambiente para desarrollarnos. Por eso, no es normal, es anti-natural, que un puma con síndrome de Down venga a alterar la tranquila vida de nuestra manada de ‘pumas normales’.

Pero si tenemos algo de ‘pumas’, entonces todos también tendríamos algo de ‘pumas con síndrome de Down’.

Tal vez no sea una alteración genética o física que sea notable a primera vista, pero todos somos susceptibles de ser rechazados por eso que no encaja en la vida de un ‘puma normal’. Eso que ocultamos, que somos incapaces de revelar por temor a dejar de ser de la manada o, en su defecto, ser asesinados por nuestros semejantes. Todos sabemos cómo se comporta un puma, por eso necesitamos ocultar todo vestigio del ‘puma con síndrome de Down’ que haya en nosotros. De lo contrario, sabemos lo que nos espera: críticas, rechazo, cejas levantadas y soledad. Por eso nos volvemos expertos maquilladores de la realidad. El temor a ser descubiertos nos acecha, pero hemos aprendido a vivir como ‘pumas normales’. Sin embargo, en el fondo, sabemos que tenemos algo de ‘pumas con síndrome de Down’…


Pero siempre hay un encargado de los felinos.

2 comentarios:

mbteologia dijo...

Me parece interesante la comparación entre el puma y la iglesia. Estoy de acuerdo con tigo. Muchas veces, por no decir siempre, por no sentirnos aceptados por otras personas nos cuesta mostrarnos tal cual como somos....nos parece terrible la idea de ¡sentirnos desnudos frentes a otros!

Ánimo,
Muy buena tú comparación

Daniela dijo...

Me gusta la forma en que nos comparas con 'pumas con síndrome de Down' la verdad muchas veces sin darnos cuenta no queremos que la gente vea lo que realmente somos, pero lo que me encanta ver acá es como dijiste "siempre hay un encargado de los felinos" este siempre está ahí y nos acepta tal como somos, así como este hombre a quién no le importaba que el puma tuviera este síndrome, lo quería y cuidaba y así el puma podía sentirse en un lugar seguro y estar en paz.

Está bueno tu blog.